La selección española de waterpolo inició su andadura en el Campeonato de Europa con una victoria aplastante en el estreno, un resultado que refuerza su condición de vigente campeona y marca territorio desde el primer día. Más allá del marcador, el debut dejó señales tácticas y de profundidad de banquillo que explican por qué España vuelve a ser una de las grandes referencias del continente.

Un estreno sin concesiones

España no tardó en imponer su jerarquía en el debut europeo. El equipo dirigido por el cuerpo técnico nacional salió con intensidad desde el primer parcial, elevando el ritmo defensivo y castigando cada pérdida rival en transición. El resultado fue un marcador muy abultado, reflejo de la distancia competitiva entre ambos conjuntos en esta primera jornada.

Las primeras crónicas difieren en la identificación del rival del estreno —Israel o Serbia—, una circunstancia que algunos medios han atribuido a ajustes de calendario y a la secuencia de partidos iniciales del grupo. En cualquier caso, sí hay consenso en el dato clave: España resolvió el trámite con claridad extrema, con un tanteo que llegó a situarse en 28-3 según una de las referencias publicadas, y sin permitir que el encuentro entrara en discusión en ningún momento.

Defensa asfixiante y rotaciones tempranas

Desde el arranque, el equipo español apostó por una defensa adelantada, con ayudas constantes en primera línea y un alto porcentaje de recuperaciones que derivaron en contraataques limpios. Esa solidez permitió abrir brecha muy pronto y gestionar el encuentro con rotaciones tempranas, una decisión relevante pensando en la acumulación de partidos que exige un Europeo.

El seleccionador repartió minutos y responsabilidades, una señal de confianza en la profundidad del grupo. Las jugadoras o jugadores, según la categoría menos habituales respondieron con eficacia, manteniendo el nivel de exigencia y sosteniendo el ritmo hasta el final. El dato no es menor: España no solo gana, sino que no baja la intensidad cuando cambia el quinteto.

 El peso del campeón

España llega a este Europeo con la etiqueta de defensora del título, un rol que condiciona cada partido. El estreno confirmó que el equipo asume esa presión desde la normalidad competitiva. En los últimos grandes torneos continentales, la selección ha destacado por su regularidad y por una identidad reconocible: defensa sólida, lectura táctica y paciencia en ataque posicional.

Las cifras del debut refuerzan esa narrativa. Más allá del resultado final, el número de goles encajados fue mínimo, un indicador que el cuerpo técnico suele priorizar por encima del volumen ofensivo. En campeonatos cortos, la fiabilidad defensiva es un factor decisivo para avanzar rondas y llegar con opciones reales a los cruces.

El partido inaugural dejó también una lectura interna: el grupo entiende que el torneo no se gana en la primera jornada, pero sí puede empezar a perderse si no se marca el listón adecuado. España lo fijó alto desde el inicio. El equipo evitó relajaciones, incluso con el marcador resuelto, y mantuvo automatismos y disciplina táctica hasta el último parcial.

Ese enfoque conecta con una de las claves del ciclo actual: competir cada encuentro como parte de un proceso mayor. El debut sirvió para ajustar detalles, probar variantes defensivas y ganar confianza colectiva sin asumir riesgos innecesarios.

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