Luis Aragonés dejó una frase que terminó convirtiéndose en la educación sentimental del fútbol español: “ganar, ganar, ganar y volver a ganar”. Años después, Lamine Yamal la resumió sin palabras. España acababa de conquistar su segundo Mundial cuando señaló el escudo, mostró las dos estrellas y reclamó una más.

La escena no habla únicamente de ambición. Habla también del momento en el que se encuentra la selección. España es campeona del mundo, pero muchos de sus futbolistas todavía no han alcanzado la plenitud. Por eso la segunda estrella puede no ser la culminación de una generación, sino el principio de algo aún mayor.

Cuando llegue el Mundial de 2030, Lamine Yamal tendrá 23 años; Pau Cubarsí, 23; Pedri, 27; Gavi, 25; Nico Williams, 28; y Álex Baena, 28. No se trata, por tanto, de imaginar una reconstrucción completa, sino de proyectar la evolución de un grupo que ya sabe ganar y que llegará al siguiente campeonato en una edad competitiva extraordinaria.

España no ha conquistado el Mundial con una selección que apura sus últimos días. Lo ha ganado con un equipo que todavía está aprendiendo hasta dónde puede llegar.

La final confirmó esa sensación. El título no dependió únicamente de los veteranos ni de futbolistas instalados en el último tramo de sus carreras. Cubarsí y Lamine ya formaban parte del escaparate principal. Pedri, Nico Williams, Ferran Torres, Mikel Merino, Martín Zubimendi o Eric García también intervinieron en el recorrido decisivo.

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Buena parte de la selección que levantó la copa debería estar en condiciones de volver a competir por ella dentro de cuatro años.

El futuro ya estaba jugando la final

El caso más evidente es el de Lamine Yamal. Con 19 años ya no puede ser presentado únicamente como el futuro de España. Es también su presente y está llamado a convertirse en su gran jefe ofensivo.

Ha disputado su primer Mundial, ha sido titular en la final y ha condicionado cada plan defensivo rival. Incluso cuando no pudo jugar con la exuberancia habitual, su sola presencia obligó a los contrarios a modificar ayudas, coberturas y vigilancias.

España no necesita esperar a que aparezca su próxima gran estrella. Ya la tiene. Y acaba de hacerla campeona del mundo.

El desafío de cara a 2030 no será encontrarle un sitio en el equipo, sino acompañar su transformación definitiva en líder. Dentro de cuatro años ya no será el adolescente extraordinario al que se permite crecer alrededor de otros referentes. Será uno de los futbolistas obligados a reclamar el balón, decidir eliminatorias y soportar el peso emocional de una selección anfitriona.

A su lado aparece Pau Cubarsí, otro futbolista cuya precocidad altera cualquier planificación habitual. El central ha demostrado que puede defender lejos de su portería, convivir con grandes espacios y comenzar el juego con una naturalidad impropia de su edad.

En 2030 tendrá 23 años. España puede encontrar en él al defensa alrededor del cual construir el equipo durante una década.

Cubarsí presenta, además, una ventaja difícil de fabricar: ya ha conocido las grandes noches. Ya ha defendido en una final mundialista, ya ha jugado bajo una presión extrema y ya sabe lo que significa que cada acción sea observada por todo un país.

La experiencia que otros centrales adquirían a los 27 o 28 años, Cubarsí la ha acumulado antes de cumplir los 20.

Pedri y Gavi: ha llegado la hora de los galones

La transformación más importante del próximo ciclo deberá producirse en el centro del campo.

Rodri ha sido el gran ordenador de España, el futbolista capaz de dar sentido a la posesión, corregir desequilibrios y marcar el ritmo de cada partido. Llegará a 2030 con 34 años. Puede continuar siendo importante, incluso decisivo, pero la selección no debería construir todo su futuro sobre la certeza de que mantendrá el mismo nivel físico y competitivo.

Eso obliga a mirar a Pedri y Gavi El canario llegará al próximo Mundial con 27 años. Ya no será razonable hablar de él únicamente como un talento exquisito, un futbolista diferente o una promesa permanentemente pendiente de explotar. Pedri deberá ser uno de los dueños del equipo.

Tendrá que pedir la pelota cuando el partido queme, elegir cuándo acelerar, sostener al equipo en los peores momentos y asumir una autoridad que hasta ahora ha compartido con jugadores de mayor edad. Su fútbol siempre ha tenido calidad para mandar. El siguiente paso consiste en hacerlo también desde el carácter.

Gavi, por su parte, llegará a 2030 con 25 años. Su energía, su agresividad y su capacidad para elevar la tensión competitiva pueden convertirlo en uno de los líderes emocionales de la selección. Pero el próximo ciclo deberá servir también para recuperar su mejor ubicación y evitar que su versatilidad termine alejándolo de las zonas donde más influye.

España deberá resolver cómo conviven la pausa de Pedri, la intensidad de Gavi y el control de sus mediocentros.

En ese relevo tendrá una importancia especial Martín Zubimendi. Hasta ahora ha tenido que convivir con la presencia de Rodri, pero en 2030 tendrá 31 años y deberá llegar como un futbolista plenamente consolidado, no como un simple recambio.

Sustituir a Rodri no consistirá únicamente en encontrar a alguien que ocupe su posición. Significará repartir entre varios futbolistas todo lo que aporta: salida de balón, mando, equilibrio, físico y lectura defensiva.

De secundarios de lujo a referentes

España conserva también una segunda línea de jugadores que llegará a 2030 en plena madurez.

Nico Williams tendrá 28 años. Su velocidad y su capacidad para desbordar seguirán siendo recursos esenciales ante defensas cerradas. El próximo paso deberá ser convertir su influencia intermitente en una autoridad constante dentro del ataque. No bastará con que cambie partidos. Estará llamado a gobernarlos junto a Lamine.

Álex Baena, también con 28 años en 2030, ha mostrado condiciones para convertirse en mucho más que un futbolista de rotación. Su agresividad en la presión, su calidad entre líneas y su capacidad para entender diferentes posiciones pueden transformarlo en una pieza estructural del siguiente ciclo.

También deberían continuar Dani Olmo, Ferran Torres y Mikel Merino. No llegarán al próximo Mundial como jóvenes emergentes, pero sí con edad suficiente para mantener un papel importante y con la experiencia necesaria para asumir peso dentro del vestuario.

El caso de Mikel Oyarzabal requerirá una gestión particular. Su inteligencia para moverse dentro del área, atacar los espacios adecuados y ofrecer soluciones al juego colectivo sigue siendo difícil de sustituir. Sin embargo, llegará al próximo Mundial con 33 años.

Puede continuar en el grupo, pero España necesita desarrollar durante los próximos cuatro años un delantero capaz de competir con él y, a medio plazo, heredar su posición.

Los campeones que empiezan a mirar hacia la salida

Pensar en la tercera estrella también obliga a hablar de quienes pueden estar ante su último Mundial.

No se trata de jubilar a nadie inmediatamente después del título ni de confundir renovación con una limpieza indiscriminada. Las transiciones mejor gestionadas no expulsan a los veteranos: reducen progresivamente su dependencia.

Aymeric Laporte ha sido uno de los grandes jefes defensivos de la selección. Su jerarquía, su juego aéreo y su capacidad para iniciar desde atrás han resultado fundamentales. Pero tendrá 36 años en 2030.

España deberá aprovechar el próximo ciclo para encontrar a su sucesor sin renunciar antes de tiempo a todo lo que todavía puede aportar.

Algo parecido sucede con otros integrantes del bloque veterano. Alejandro Grimaldo alcanzará los 34 años; Marcos Llorente, los 35; y Borja Iglesias, los 37.

Incluso Unai Simón, asentado durante años como guardameta titular, llegará con 33. Su continuidad es perfectamente posible, pero la portería es una de las posiciones donde España cuenta con alternativas preparadas para competir.

David Raya ya está consolidado en la élite y Joan García representa una opción con presente y futuro. La selección puede asumir una transición bajo palos sin enfrentarse necesariamente a un vacío.

Más delicado será renovar el eje defensivo y el centro del campo. La salida de Laporte exigirá un nuevo jefe atrás. La pérdida progresiva de Rodri obligará a repartir el mando. Esas serán probablemente las dos grandes operaciones del próximo ciclo.

Huijsen, Samu y los jóvenes que llaman a la puerta

La profundidad del proyecto español se comprende mejor al observar los nombres que todavía no forman parte del núcleo principal.

Dean Huijsen está llamado a competir directamente por la sucesión de Laporte. Su calidad en la salida, su capacidad para defender hacia delante y su margen de crecimiento permiten imaginar una pareja con Cubarsí capaz de sostener la defensa durante muchos años.

Una asociación entre Cubarsí y Huijsen ofrecería algo especialmente valioso para el modelo español: dos centrales jóvenes, dominantes con balón y acostumbrados a defender lejos de su portería.

Eric García también continúa teniendo recorrido. Su comprensión táctica, su versatilidad y su capacidad para participar en la construcción le permiten mantenerse dentro de la pelea.

En ataque, Samu Aghehowa aparece como una alternativa distinta. Su potencia, su juego aéreo y su capacidad para fijar centrales proporcionarían a España una vía más directa en partidos donde la circulación de balón no sea suficiente.

El siguiente ciclo deberá medir si Samu puede transformar sus condiciones en una presencia estable en la selección.

También aprietan Fermín López, con su llegada desde segunda línea; Pablo Barrios, con su conducción y despliegue; Alberto Moleiro, con su desequilibrio interior; y Jesús Rodríguez, con su capacidad para encarar desde la banda.

A ellos se suman futbolistas como Cristhian Mosquera, Marc Casadó o Marc Guiu, integrantes de generaciones que todavía disponen de varios años para crecer, consolidarse en sus clubes y derribar la puerta de la absoluta.

No todos llegarán. La historia del fútbol está llena de promesas que parecían destinadas a ocupar un lugar y terminaron perdiéndose por el camino. Pero España tampoco necesita que todos triunfen. Le basta con que tres o cuatro de esos jóvenes se conviertan en futbolistas de primer nivel para renovar el bloque sin romperlo.

La competencia será imprescindible. Haber ganado el Mundial no puede conceder cuatro años de inmunidad a quienes levantaron la copa Ahí vuelve a cobrar sentido la frase de Luis Aragonés. Ganar, ganar y volver a ganar no significaba únicamente acumular títulos. Significaba comprender que lo conseguido ayer no gana el partido de mañana.

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