Hay selecciones que juegan unos cuartos de final pensando únicamente en las semifinales. Otras, sin embargo, disputan algo más. España y Bélgica se cruzan este viernes en los cuartos de final del Mundial con una semifinal en juego, pero también con dos tiempos históricos muy distintos sobre el césped. Para la selección española, el duelo aparece como una nueva prueba de madurez para un equipo que mira hacia delante. Para Bélgica, en cambio, puede ser una de las últimas estaciones de una generación que durante más de una década vivió instalada en la promesa. 

Durante más de una década, el fútbol europeo dio por hecho que Bélgica acabaría levantando un gran título. Tenía talento, profundidad de plantilla y futbolistas repartidos por la élite continental. Cuidado con Bélgica. Se habló de la generación dorada casi con la misma naturalidad con la que se hablaba de la España de Xavi e Iniesta, de la Alemania de Löw o de la Francia de Deschamps. Sin embargo, el tiempo ha demostrado que el fútbol no entiende de promesas. Y ahora, con apenas dos supervivientes de aquella camada al frente del equipo, los belgas afrontan ante España una cita que puede marcar el final definitivo de una época.

No es una despedida oficial. Nadie ha anunciado que vaya a retirarse de la selección tras el Mundial. Pero las generaciones nunca avisan de cuándo termina su recorrido. Simplemente un día dejan de volver.

Una generación que cambió Bélgica, pero no la historia

Resulta difícil entender lo que ha significado este equipo sin recordar de dónde venía el fútbol belga. Entre comienzos de siglo y la irrupción de aquella hornada, Bélgica desapareció prácticamente del mapa de las grandes competiciones. La ausencia en los Mundiales de 2006 y 2010 y en las Eurocopas de 2004, 2008 y 2012 llevó a la federación a replantear por completo su modelo de formación.

El resultado fue extraordinario. En pocos años comenzaron a aparecer futbolistas de primer nivel casi en cada demarcación. Vincent Kompany se convirtió en uno de los mejores centrales de Europa; Eden Hazard maravilló con su talento; Kevin De Bruyne pasó a dominar los partidos desde la medular; Jan Vertonghen, Toby Alderweireld, Axel Witsel, Dries Mertens o Marouane Fellaini completaban una plantilla que parecía diseñada para conquistar cualquier torneo.

Pero el fútbol rara vez sigue el guion esperado.

En Brasil 2014 Bélgica regresó a un Mundial con el cartel de selección emergente. Dos años después, la inesperada eliminación frente a Gales en la Eurocopa de Francia fue el primer gran golpe. En Rusia 2018 llegó el momento que parecía anunciar el despegue definitivo: el tercer puesto tras eliminar a Brasil y caer únicamente frente a la Francia que acabaría proclamándose campeona. Aquella semifinal perdida por un solitario gol de Samuel Umtiti terminó convirtiéndose, con el paso de los años, en el instante más cercano que esta generación estuvo de tocar el cielo.

Después llegaron nuevas decepciones. La eliminación ante Italia en la Eurocopa de 2021 y el fracaso en el Mundial de Qatar fueron apagando lentamente un proyecto que parecía destinado a dominar una época y que acabó convirtiéndose en una de las mejores selecciones sin títulos de la historia reciente.

Courtois, De Bruyne y Lukaku, los tres gigantes que quedan

En ese paisaje de despedida aún resisten tres figuras que sostienen el relato. Thibaut Courtois, Kevin De Bruyne y Romelu Lukaku son mucho más que tres futbolistas importantes: son los últimos grandes símbolos de una edad dorada que se niega a aceptar su final. A su alrededor ha cambiado casi todo. Ya no están Hazard, Kompany, Vertonghen, Alderweireld, Witsel o Mertens. Ahora están Tielemans, Doku, De Ketelaere o Vanaken. Pero ellos siguen ahí, como una especie de columna vertebral emocional de la mejor Bélgica que se recuerda.

Courtois tiene, además, una relación particular con España. Su carrera se entiende en buena parte desde LaLiga. Creció en el Atlético de Madrid, se consagró en el Real Madrid como el mejor portero del planeta y seguramente de la historia y conoce como pocos el fútbol español. No es un rival lejano ni exótico, sino un viejo conocido; casi un personaje interno de la historia reciente del fútbol español que ahora aparece al otro lado del camino. Su regreso a la selección después de meses de tensión con Domenico Tedesco añade también un punto de redención: Bélgica necesitaba recuperar a su portero más determinante para tener una última oportunidad real.

De Bruyne representa el talento que convirtió a Bélgica en una amenaza universal. Convertido en el mariscal del City de Guardiola, durante años fue el futbolista que justificaba cualquier advertencia antes de un gran torneo, el centro de gravedad de una selección capaz de competir contra cualquiera. Su fútbol explicaba por sí solo aquel “cuidado con Bélgica” que acompañó a esta generación durante tanto tiempo. Ya no aparece como el jugador llamado a dominar la próxima década, sino como el rastro más elegante de lo que fue aquella promesa.

Lukaku, en cambio, representa la insistencia. Ha sido señalado en derrotas dolorosas, cuestionado en grandes noches y discutido incluso cuando sus cifras resultaban incontestables. Pero sigue ahí. Máximo goleador histórico de Bélgica, referencia ofensiva durante más de una década y superviviente de todas las mudanzas del equipo. Quizá por eso su figura pesa tanto en este Mundial: no solo por los goles que pueda marcar, sino por lo que encarna, la voluntad de una generación de no marcharse sin dejar una última imagen poderosa. 

El espejo de España

Quizá por eso el cruce entre ambas selecciones resulta tan sugerente. Porque enfrenta dos momentos históricos completamente diferentes.

España parece haber encontrado un nuevo punto de partida. Lamine Yamal, Nico Williams, Pedri, Olmo o Cubarsí representan una generación que todavía tiene casi todo por escribir. Bélgica, en cambio, juega con la sensación de que el reloj corre en su contra.

La comparación resulta inevitable. Durante años ambas selecciones convivieron bajo etiquetas muy distintas. España fue durante décadas el ejemplo del talento incapaz de traducirse en títulos hasta que rompió el techo de cristal entre 2008 y 2012. Bélgica vivió el camino contrario: acumuló futbolistas extraordinarios, alcanzó el número uno del ranking FIFA durante años y fue considerada favorita en prácticamente cada gran torneo, pero nunca encontró el partido que cambiara definitivamente su historia.

Eso explica que estos cuartos de final tengan un significado distinto para unos y para otros. Para España son un paso más hacia el sueño mundialista. Para Bélgica, quizá, sean la última oportunidad de demostrar que aquella generación merecía algo más que el recuerdo.

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