Antes de convertirse en uno de los entrenadores más influyentes, polémicos y mediáticos del fútbol moderno, José Mourinho era una voz tranquila, analítica y casi pedagógica en la banda del FC Barcelona. Corría el año 2000 y el técnico portugués ejercía como asistente de Louis Van Gaal cuando el Barça visitó O Couto para enfrentarse al Club Deportivo Ourense en una eliminatoria de Copa del Rey que, con el paso del tiempo, se ha convertido en una de las páginas más recordadas del fútbol modesto español.

Las imágenes hablan por sí solas. Un estadio prácticamente lleno mucho antes del inicio del partido, una grada supletoria abarrotada y una ciudad entera pendiente de un acontecimiento extraordinario. En ese escenario, Mourinho atendía a los micrófonos con un tono que hoy resulta casi sorprendente. Lejos de la arrogancia que marcaría etapas posteriores de su carrera, el portugués mostraba respeto, prudencia y una clara advertencia: el Barcelona no tenía nada garantizado.

“La gente cree que tener más calidad es suficiente, y no lo es”, advertía Mourinho aquella noche. “Hay que jugar mejor, tener más motivación, más ambición. Y ahí quizá el Ourense esté mejor preparado que nosotros”. No eran palabras de cortesía. El Barça ya había sufrido en rondas anteriores ante rivales de categoría inferior, y el cuerpo técnico era consciente de que la Copa del Rey castigaba cualquier relajación. Mourinho lo explicaba sin rodeos: el rival merecía atención, análisis y máxima exigencia.

Un campo incómodo y una advertencia temprana

Uno de los focos de atención aquella noche fue el estado del terreno de juego. Lejos de dramatizar, Mourinho ofrecía un diagnóstico preciso, casi quirúrgico: “No está tan mal como pensábamos. En la zona central está un poco blando y puede empeorar con el paso de los minutos, pero las bandas están bastante bien”.

El Barça ya tenía claro por dónde quería atacar y qué espacios explotar. Incluso en un estadio modesto, el plan de partido estaba definido. Aun así, el mensaje volvía a ser el mismo: cuidado con el rival. Cuando se le preguntó por la diferencia de nivel entre ambos equipos, Mourinho frenó cualquier exceso de confianza con una frase que hoy parece escrita con perspectiva histórica: “A priori, sí. A priori el Barcelona es superior. Pero eso hay que demostrarlo en el campo”.

Mourinho reconocía además que, tras estudiar vídeos del Ourense, el cuerpo técnico había detectado un equipo competitivo, intenso y con más recursos de los que muchos imaginaban: “Creemos que el Ourense es incluso mejor que otros rivales de su categoría a los que ya nos enfrentamos. Así que esperamos dificultades”.

La frase resume a la perfección lo que fue aquella eliminatoria: dos partidos en los que el Barcelona jamás se sintió cómodo, incapaz de imponer su jerarquía con claridad y obligado a convivir con la sensación de peligro constante.

Una ciudad entregada al fútbol

Más allá del césped, Mourinho también quedó impactado por la atmósfera. Para una ciudad como Ourense, la visita del FC Barcelona no era un partido más. Era un acontecimiento social, cultural y emocional. “El recibimiento ha sido muy bonito. La gente está muy ilusionada. No es normal que el Barça juegue aquí, y se nota”, explicaba el técnico. “Han sido respetuosos, cercanos, no hemos tenido ningún problema”.

Aquella noche, O Couto no solo fue un estadio lleno. Fue el símbolo de una ciudad volcada con su equipo, orgullosa de medirse a uno de los gigantes del fútbol europeo sin complejos ni miedo escénico.

El paso del tiempo ha confirmado lo excepcional de aquella serie. El Ourense no fue un mero invitado. Compitió, resistió y llevó al Barcelona a un escenario incómodo tanto en Galicia como en el Camp Nou. No hubo goleadas ni exhibiciones azulgranas. Hubo igualdad, tensión y respeto mutuo.

Para el fútbol modesto, aquella eliminatoria representó una de esas raras ocasiones en las que el guion se tambalea. Para el Barcelona, una advertencia seria de que la Copa del Rey no entiende de nombres ni de presupuestos. Y para Mourinho, aún lejos de convertirse en The Special One, una lección temprana que siempre defendería: en el fútbol, el talento sin ambición no basta.

Hoy, más de dos décadas después, aquellas declaraciones adquieren un valor especial. No solo por lo que fue aquella eliminatoria, sino por quién las pronunció. Porque hubo un tiempo en el que José Mourinho miró a un modesto Ourense y no vio un trámite, sino un rival. Y el fútbol, aquella noche, se lo agradeció.

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