El Regate

Correr en Kosovo: cómo la historia de una maratonista puede contar la de un país

La vida de una maratonista marcada por la guerra retrata la lucha de Kosovo por su identidad, su reconocimiento y un futuro también a través del deporte

MARTA MORENO
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La pista recorre apenas un kilómetro, no es plana, pero al menos no tiene muchos desperfectos. Fue renovada en 2023 y recorre el primer tramo del parque de Tauqbashe, casi en el centro de la capital de Kosovo. Ahí es donde entrena todos los días Qëndresa Ramadani.

Ramadani es la única mujer maratonista de Kosovo. A lo largo de su trayectoria ha corrido en ciudades como Roma, Hamburgo, Fráncfort o Podgorica, entre otras. Cuando conseguimos hablar con ella, acaba de llegar de la maratón de Liubliana. Las primeras conversaciones fueron por teléfono, ya que, entre el entrenamiento, las competiciones y sus dos trabajos, la atleta de 35 años apenas tiene tiempo para nada más. “Tengo que encontrar tiempo para cumplir con mi programa de entrenamiento, ya que el apoyo económico es prácticamente inexistente”, explica.

El atletismo kosovar cuenta con una federación propia desde 1991, aunque no consiguió el reconocimiento internacional pleno hasta 2015. Su financiación pública ha sido limitada y variable: recibió alrededor de 120.000 euros en 2015, 90.000 en 2017 y 14.463 euros en 2021, según los registros del Ministerio de Cultura, Juventud y Deporte. En 2022, la asignación publicada ascendió a 93.916 euros.

Aunque el Gobierno ha incrementado progresivamente los recursos destinados al conjunto del deporte, sus infraestructuras para este siguen siendo escasas. En noviembre de 2024, Kosovo iniciaba la construcción de su primer estadio especializado en atletismo, un proyecto de 3,5 millones de euros, pero cuyas obras aún no se han finalizado - a pesar de estar planificado para 2025 -, por lo que las atletas como Qëndresa entrenan donde pueden.

Ella misma admite que correr le ha enseñado a ser disciplinada, a insistir y a continuar incluso cuando las cosas se ponen difíciles. “El apoyo económico es prácticamente inexistente. En Kosovo tampoco hay una pista de atletismo adecuada donde entrenar en las condiciones que exige la competición”, se lamenta. “Puedes trabajar, ser disciplinada y estar dispuesta a hacer sacrificios, pero eso no siempre es suficiente, porque para alcanzar resultados importantes hacen falta instalaciones, asistencia profesional y respaldo económico. Y esas condiciones todavía están lejos de estar garantizadas”.

Huir para poder correr

Kosovo es un país más joven que Qëndresa. Cuando declaró su independencia, en 2008, ella ya había vivido una parte de su infancia marcada por la guerra. “Tenía siete años cuando explotó”.

La guerra de Kosovo, desarrollada principalmente entre 1998 y 1999, fue el resultado de años de tensiones políticas y de represión contra la mayoría albanokosovar, después de que el régimen de Slobodan Milošević eliminara, en 1989, la autonomía de la que era su provincia. La escalada de violencia y los ataques contra la población civil desembocaron en una crisis humanitaria de enormes dimensiones.

En marzo de 1999, tras el fracaso de las negociaciones internacionales, la OTAN inició una campaña de bombardeos contra la entonces República Federal de Yugoslavia. Durante los meses siguientes, las fuerzas serbias y yugoslavas expulsaron a más de 850.000 albanokosovares de sus hogares, mientras cientos de miles de personas más quedaron desplazadas dentro del territorio. Albania y Macedonia del Norte - entonces conocida internacionalmente como Macedonia - fueron los principales destinos de quienes tuvieron que huir.

“Recuerdo tener que huir de nuestra casa aunque no entendía lo que estaba pasando, recuerdo tener que dejar atrás a mi tío porque estaba gravemente enfermo. Él fue una de las primeras personas que creyó que algún día me convertiría en deportista. Recuerdo que nos refugiamos en casa de la familia de mi tía paterna, y que cantábamos, mientras el ejército serbio nos rodeaba, para luchar contra el miedo. Recuerdo los intentos de cruzar la frontera en tren hacia Macedonia, recuerdo nuestra llegada al campo de refugiados de Çegran, donde permanecimos hasta el final de la guerra”.

Este campo, en el noroeste de la actual Macedonia del Norte, llegó a albergar a unas 43.000 personas, según ACNUR, en una población de apenas 10.000 habitantes. El campamento, instalado sobre terrenos de pastoreo a las afueras de la localidad, creció tan rápido que las infraestructuras de agua y saneamiento no estaban preparadas para recibir a semejante cantidad de personas.

La guerra terminó en junio de 1999, después de la retirada de las fuerzas yugoslavas y el despliegue de la misión internacional de la OTAN en Kosovo (KFOR). La mayoría de los refugiados regresó durante los meses siguientes, aunque el conflicto también provocó desplazamientos de población serbia y de otras minorías, una realidad que continuó condicionando la posguerra.

“Incluso hoy, aquellas imágenes siguen viviendo dentro de mí”, cuenta la atleta. “Quizá fue precisamente en medio de aquellas dificultades donde comenzó a forjarse la fuerza de la mujer y la deportista que soy hoy”.

Competir sin reconocimiento...

El 17 de febrero de 2008, Kosovo declaró unilateralmente su independencia de Serbia. La proclamación abrió una nueva etapa para un territorio que llevaba casi una década bajo administración internacional de Naciones Unidas. Sin embargo, casi dos décadas después, su reconocimiento internacional continúa siendo una asignatura pendiente para muchos Estados, entre ellos España. Para Kosovo, competir bajo su propia bandera es mucho más que una cuestión deportiva: es una forma de afirmar su existencia como Estado.

Durante años, la falta de reconocimiento internacional impidió que Kosovo participara con una delegación propia en los Juegos Olímpicos y otras competiciones deportivas. El Comité Olímpico Internacional reconoció provisionalmente a su comité nacional en 2014 y le concedió la plena membresía ese mismo año, lo que abrió la puerta a su debut en Río 2016. Hasta entonces, deportistas como la judoca Majlinda Kelmendi habían tenido que competir bajo otras banderas. En los Juegos de Londres de 2012 lo hizo por Albania; dos años después, en el Mundial de Judo celebrado en Rusia, tuvo que competir bajo las siglas de la Federación Internacional de Judo, porque el país anfitrión no reconocía - ni lo hace a día de hoy - a Kosovo.

España también ha convertido las competiciones deportivas en un escenario de esa disputa. En noviembre de 2018, durante el Mundial de Kárate celebrado en Madrid, los deportistas kosovares pudieron participar, pero no aparecieron identificados como representantes de su país ni pudieron utilizar su bandera ni su himno. El conflicto llevó al Comité Olímpico Internacional a plantear que recomendaría a las federaciones internacionales que no concedieran a España la organización de grandes competiciones si no garantizaba la participación de los atletas kosovares en condiciones de igualdad. Tras la presión del organismo olímpico, el Gobierno español se comprometió a facilitar los visados y permitir el uso de los símbolos nacionales en las competiciones sujetas al protocolo olímpico, sin modificar su posición política de no reconocimiento a la independencia de Kosovo.

Esta no fue la única vez que España mostró su rechazo al país balcánico. De hecho, tanto la Federación Española de Fútbol como Radiotelevisión Española (RTVE) no dudan en presentar a la selección kosovar como “territorio de Kosovo”, en lugar de reconocerla como selección de un Estado, en cualquier competición deportiva.

... pero con identidad

Frente a esos intentos de rebajar su identidad nacional, algunos futbolistas de origen kosovar han recurrido también a los gestos para reivindicar sus raíces. En el Mundial de Rusia de 2018, Granit Xhaka y Xherdan Shaqiri, internacionales con Suiza y de origen albanokosovar, celebraron sus goles contra Serbia dibujando con las manos el águila bicéfala de la bandera albanesa. El gesto, que remitía a sus raíces y a la identidad albanesa compartida por buena parte de la población kosovar, adquirió una dimensión política especial ante la selección serbia. La FIFA les impuso una multa por su celebración.

Para un país que todavía lucha por consolidar su presencia internacional, el deporte se ha convertido, así, en una herramienta de representación, reivindicación y reconocimiento. “A menudo, mientras compito, pienso en los sacrificios de todas aquellas personas que dieron tanto por la libertad de Kosovo”, explica Qëndresa. “Gracias a esos sacrificios, hoy tengo la posibilidad de competir libremente y con orgullo bajo la bandera de mi país. Pero representar a Kosovo también me hace pensar en lo que todavía falta”.

Desde la independencia, el Estado ha ido aumentando los recursos destinados al deporte, aunque las inversiones no han resuelto las carencias estructurales. La Estrategia Estatal para el Deporte 2025-2030, elaborada por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deporte, recoge que entre 2017 y 2024 se asignaron alrededor de 157,36 millones de euros al sector deportivo. La partida anual pasó de unos 16 millones de euros en 2017 a aproximadamente 33,84 millones en 2024.

Las subvenciones destinadas a organizaciones deportivas también aumentaron: de 2,21 millones de euros en 2017 a 5,93 millones en 2024, un incremento del 168%. Entre 2022 y 2024, el Ministerio gestionó cerca de 62 millones de euros, mientras que los municipios administraron otros 12,56 millones. Estas cifras incluyen diferentes partidas y no equivalen exclusivamente a inversión en deporte profesional: abarcan también infraestructuras, organizaciones deportivas y otros gastos del sistema.

La dimensión de esta inversión se entiende mejor al compararla con la de otros países europeos. En 2024, España destinó 4.136 millones de euros al deporte, sumando las administraciones estatal, autonómica y local. Estonia, un país con una población más cercana a la de Kosovo, gastó 208 millones de euros en servicios recreativos y deportivos, según Eurostat. En Kosovo, el presupuesto estatal para el deporte fue de 33,84 millones de euros y, al sumar las partidas municipales, alcanzó los 39,18 millones. Aunque las metodologías contables no son exactamente equivalentes, la diferencia ilustra las limitaciones de recursos de un país de apenas 1,6 millones de habitantes: Estonia movilizó más de cinco veces esa cantidad con una población similar.

El propio Gobierno kosovar reconoce en su estrategia deportiva 2025-2030 que, pese al aumento de las partidas presupuestarias, el volumen absoluto de financiación continúa siendo reducido en comparación con el resto de Europa. Este mismo informe explica que Kosovo ha desarrollado su sector deportivo sin una estrategia estatal integral hasta la elaboración del documento 2025-2030.

La falta de planificación, de datos y de infraestructuras adecuadas ha limitado durante años su desarrollo. Una paradoja para un país que ha conseguido situarse en el mapa deportivo internacional gracias a los resultados de sus atletas.

“A pesar de ello, somos muchas deportistas que representamos a Kosovo con orgullo: Majlinda Kelmendi, Distria Krasniqi, Nora Gjakova, Lirika Deva”, enumera Qëndresa.

Majlinda Kelmendi es la campeona mundial de judo y fue la primera que llevó a Kosovo al podio. En los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro de 2016 consiguió la medalla de oro en la categoría de menos de 52 kilos, convirtiéndose en la primera deportista kosovar en ganar un oro olímpico y en la primera en competir bajo la bandera de su país en unos Juegos. Su victoria tuvo una dimensión histórica: Kosovo llevaba apenas ocho años de independencia y era su primera participación olímpica.

Cinco años después, en Tokio, otras dos judocas repitieron la hazaña: Distria Krasniqi conquistó el oro en la categoría de menos de 48 kilos y Nora Gjakova hizo lo propio en menos de 57 kilos. En París 2024, Krasniqi volvió a subir al podio, esta vez con una medalla de plata, mientras que Laura Fazliu consiguió el bronce en judo. Otras deportistas como la boxeadora Donjeta Sadiku, una de las principales representantes del boxeo del país y que compitió en los Juegos Olímpicos de París 2024, cargan con ese reconocimiento.

La misma Kelmendi recordaba, en 2024, que “me he convertido en campeona de Europa, del mundo y olímpica entrenando en un pabellón donde en invierno había temperaturas de 15 grados bajo cero. No tenía fisioterapeuta, ni psicólogo, ni nutricionista”. Su testimonio resume las contradicciones de un sistema deportivo que ha producido campeonas olímpicas sin disponer de los recursos necesarios para acompañarlas.

Son mujeres que han conseguido representar a Kosovo en escenarios internacionales y demostrar que el país puede competir al máximo nivel, incluso cuando las condiciones de partida no son las mismas que las de otras delegaciones.

“Hacemos todo lo que una atleta puede hacer para poder desarrollar su potencial. Con las condiciones con las que entrenamos, con las oportunidades que tenemos, y con todo lo que nos falta. Lo hacemos en y por un país que aún lucha por ser reconocido en muchas partes, como lo hacemos nosotras”, tiene claro Ramadani.

Lo que todavía queda por correr

En albanés, todos los nombres tienen un significado; Qëndresa significa ‘la que no se rinde, la que persevera’. Se dice que, durante los noventa, era lo que se decían los albanokosovares para no rendirse ante el asedio serbio.

Está lloviendo y estamos a cinco grados, pero Qëndresa se prepara para salir a entrenar. Entrena todos los días, no importan las condiciones. Al menos, no vive lejos de esa pista de apenas un kilómetro en Tauqbashe, adonde también se dirige hoy.

Mientras nos acercamos, cuenta que “hubo momentos en los que pensé en abandonar. No siempre encuentro dentro de mí la seguridad que los demás ven desde fuera”. Ella misma explica que ha sido el deporte lo que le ha enseñado a resistir el cansancio y a no rendirse, pero no ha borrado sus recuerdos ni sus inseguridades. “Fueron los que estuvieron conmigo y antes de mí los que me animaron a seguir”, recuerda con una sonrisa mientras se reúne con su entrenador, Kushtrim Deva, en la pista.

Antes de que empiece a entrenar, le hacemos la última pregunta - ¿qué significa para ti perseverar? -. Antes de responder, vuelve a sonreír, sabe que nos referimos a su nombre: “Quizá perseverar no consista en hacerlo todo sola. Quizás tenga que ver con las personas que dieron tanto para que otros pudieran vivir en un país libre; con el lugar del que venimos; con los recuerdos que arrastramos y con aquello que todavía queremos alcanzar”.

Tras decir eso, echa a correr. No se puede decir que se la pierda de vista, la pista es circular y apenas mide un kilómetro; la atleta da vueltas a ella en sus primeros minutos de entrenamiento. Mientras nos pasa, una y otra vez, pienso en que esta se renovó en 2023. Antes de esta renovación, no había una pista pública en la capital de Kosovo. Para ese entonces, Qëndresa ya llevaba más de una década corriendo.

La historia de Qëndresa y la de Kosovo corren en paralelo; ambas conocen lo que significa tener que empezar de nuevo, luchar por un lugar propio y demostrar que merecen estar ahí. Para un país que todavía pelea por su reconocimiento internacional, cada deportista que cruza una meta bajo su bandera es también una forma de reivindicar su existencia - y su lucha -.

Porque la libertad no termina con una declaración de independencia: también significa poder elegir cómo representar a tu país, competir en igualdad de condiciones y tener las oportunidades para llegar tan lejos como te propongas. Kosovo ha conseguido llegar a los Juegos Olímpicos, subir al podio y escuchar su himno.

“¿Y yo? Yo no sé exactamente dónde están mis límites, pero sí sé que todavía no he aprovechado todo mi potencial”, tiene claro Qëndresa Ramadani, la única maratonista de Kosovo.

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Etiquetas Deportes