El Regate

Cesc Fàbregas, mi amor a destiempo

Llevo más de media vida esperando que el fútbol cruce los caminos de uno de mis ídolos y el club de mi vida. Ahora, temo que volvamos a llegar tarde

Cesc Fàbregas durante un partido de liga del Como frente a la Juventus. Europa Press.
Cesc Fàbregas durante un partido de liga del Como frente a la Juventus. Europa Press.

El fútbol es a la rutina lo que el amor a la razón. Una extraña forma de perder el juicio, de aferrarse a imposibles y alimentar ilusiones que nunca terminan de cristalizar. ¿Quién no ha tenido algún amor platónico? Alguna historia que empezó a forjarse y se desmoronó antes de escribir sus primeras páginas. Un amor juvenil que nunca deja de resonar en la memoria del yo crecido. El mío se llama Cesc Fàbregas. Y llevo más de media vida deseando que nuestros caminos se crucen en el Santiago Bernabéu.

Ya son unas cuantas ediciones en este rincón virtual. Nos vamos conociendo. No hace falta haber leído demasiadas para saber que mi altar lo ocupan santos merengues. Los jerarcas, Zidane, Raúl… Una ristra de nombres que pertenece a esa categoría de futbolistas que uno siente como parte de su propia biografía. Pero hay un rincón de mi corazón que le pertenece a alguien que, muy a mi pesar, nunca vistió de blanco. Y que, para mayor desgracia, terminó de azulgrana.

Me enamoré de Cesc cuando todavía era un adolescente y jugaba en el Arsenal. Concretamente, el día que visitó el Santiago Bernabéu y contribuyó a eliminar al Real Madrid de una Champions que, además, terminó viajando a Barcelona. Un partido que tenía a Henry como máxima estrella rival, pero en el que mis ojos ya le pertenecían a él. No tenía muchas oportunidades de verlo hasta que las tardes de sábado y domingo, con la voz de José Manuel Díaz de fondo, me concedían de vez en cuando tal privilegio. Me enamoré de la Premier, pero ciertamente solo quería ver jugar a ese pequeño genio.

Tenía algo que me resultaba irresistible. Cesc parecía entender el fútbol unos segundos antes que los demás. No necesitaba galopar, conducir veinte metros de más con el balón pegado al pie o adornarse con filigranas. Le bastaba con levantar la cabeza, imaginar una jugada que nadie había visto y ejecutarla. Lo vi convertirse en capitán y, mientras admiraba su fútbol, fantaseaba con que los rumores de su llegada al Madrid se hicieran realidad.

Pero ya se sabe cómo funcionan estas cosas. Uno se enamora, hace planes de futuro y, cuando empieza a imaginar una eternidad juntos, aparece un tercero. Ese amor de juventud. En 2011, Fàbregas me partió el corazón.

Diría que fue mi primer gran desengaño futbolístico. Y tuvo forma de camiseta azulgrana. En el fondo, entendí perfectamente su decisión. Al fin y al cabo, Barcelona era su casa. Había crecido en La Masía y regresaba para cumplir su sueño mientras, irónicamente, destrozaba el mío. Pero la razón sirve de poco cuando uno tiene el corazón hecho pedazos. Durante tres temporadas tuve que acostumbrarme a verlo defender los colores que más me dolía encontrar sobre sus hombros.

Eso, sin embargo, no fue lo peor. Qué va. La puñalada más dolorosa fue la palabra, cuando descubrí que aquello pudo tener un final feliz. Años después, ya fuera del Camp Nou, admitió que había mantenido contactos con el Real Madrid, que siempre lo había tratado muy bien. Y no una vez. No. Hasta en tres o cuatro ocasiones nuestros caminos pudieron cruzarse sin que yo lo supiera. Es más fácil olvidar algo imposible que una historia que pudo ser.

Cesc abandonó Barcelona. Se marchó al Chelsea, donde coincidió con Mourinho - otro gran amor -. Después pasó por el Mónaco y terminó su carrera en un modesto equipo italiano a orillas de un lago. Pensé que nuestra historia había terminado definitivamente. Pero no. Se embarcó en la aventura de los banquillos y volvió a enamorarme. Esta vez, en una faceta desconocida.

Hay tanto del Cesc jugador en el Fàbregas entrenador que asusta. La obsesión por encontrar al hombre libre, la inteligencia para ocupar espacios fuera del radar y esa manera de entender la posesión como algo más que una acumulación sin sentido de pases. Cuando veo al Como buscar una salida donde aparentemente no la hay, vuelvo a reconocer al futbolista que encontraba soluciones antes de que los demás advirtieran el problema. Su equipo tiene algo de aquel Arsenal del que me enamoré. El Como tiene una propiedad ambiciosa que ha invertido mucho en el proyecto, pero su técnico ha sabido darle sentido y construir una identidad reconocible. Estoy convencido de que será uno de los mejores entrenadores del mundo. Quizá el mejor. Con él, la objetividad es perezosa.

El problema es que vuelvo a reconocer los síntomas de una vieja dolencia que creía olvidada. Cesc está creciendo a una velocidad vertiginosa y temo que, cuando el Real Madrid necesite un entrenador, nuestros relojes marquen horas diferentes una vez más.

Hace unos meses le preguntaron si entrenar al Madrid sería una línea roja. No cerró la puerta. Quizás fue una respuesta diplomática, pero para mí significó volver a alimentar una ilusión que creía enterrada. Sonó en mi cabeza como un mensaje inesperado de un amor del pasado que nunca terminé de olvidar. Sé que el fútbol tiene la mala costumbre de cruzar los caminos de quienes se buscan cuando ya es demasiado tarde. Me ocurrió con el Cesc futbolista y temo que vuelva a sucederme con el entrenador. Pero todavía me resisto a dar por perdida una historia que, en realidad, nunca llegó a comenzar.

Esta vez, Cesc, ojalá lleguemos a tiempo.

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