El 8 de septiembre vuelve la Youth League y, con ella, una versión extraña de la Champions League: se parece muchísimo al fútbol profesional, pero todavía no lo es del todo. Hay viajes europeos, grandes escudos, análisis de rivales, eliminatorias, retransmisiones y una copa esperando al final. Los juveniles de los 36 clubes clasificados para la Champions disputarán seis jornadas —tres en casa y tres fuera— contra los mismos rivales de sus primeros equipos. Los 22 mejores avanzarán y se encontrarán después con los diez supervivientes de la ruta de campeones nacionales. Desde dieciseisavos, todo se resolverá a un partido hasta la Final Four de abril.
La escenografía invita a engañarse. Parece la Champions antes de la Champions, una clasificación anticipada del fútbol europeo que viene. Y, en parte, lo es. Por esta competición han pasado Kylian Mbappé, Marcus Rashford, Leroy Sané, Kingsley Coman, Phil Foden, Rúben Dias, Vitinha, Gonçalo Ramos o João Neves. Pero observar la Youth League únicamente como una fábrica de futuras estrellas significa perderse aquello que probablemente la hace más interesante: aquí todavía estamos viendo futbolistas antes de que terminen de convertirse en aquello que serán.
La pasada edición terminó con 845 goles y una media de 3,86 por partido, ambos récords del torneo. El Real Madrid fue campeón después de resolver por penaltis tanto la semifinal contra el PSG como la final ante el Brujas. Hay talento ofensivo, por supuesto, pero también existe una explicación menos espectacular. Mientras el fútbol de élite lleva décadas perfeccionando mecanismos destinados a reducir la incertidumbre, los juveniles todavía están aprendiendo a convivir con ella. La Youth League vive exactamente en ese territorio: ya no es fútbol de formación puro, pero todavía no es fútbol profesional del todo.
El derecho a equivocarse
En la élite, ser buen futbolista consiste también en saber qué cosas no hacer. Un central aprende qué conducciones son demasiado arriesgadas, el mediocentro entiende dónde no puede recibir de espaldas, el lateral sabe cuándo no debe saltar a presionar y el extremo distingue el regate que merece la pena del que puede romper a su propio equipo. A los 17 o 18 años, muchos de esos mecanismos todavía están construyéndose.
Por eso un central puede atravesar una línea con el balón, perderlo y volver a intentarlo diez minutos después. Un portero puede buscar un pase interior que un veterano mandaría fuera. Un extremo encara cinco veces aunque haya fallado tres. A veces todo termina en un gol rival; otras, en la acción que explica por qué ese chico pertenece a una de las mejores academias de Europa.
Las dos cosas forman parte del mismo aprendizaje. Ahí aparece uno de los dilemas esenciales de cualquier cantera: cómo corregir el error sin corregir también la ambición que lo provoca. El mediocentro que pierde tres balones intentando filtrar un pase puede ser precisamente quien, cinco años después, encuentre ese envío bajo la presión de un rival de Champions. Si cada pérdida termina en una prohibición, probablemente regalará menos balones. También puede acabar viendo menos cosas.
La Youth League añade una dificultad: ese aprendizaje ya tiene marcador. Hay clasificaciones, eliminatorias, penaltis, compañeros que no quieren quedarse fuera y entrenadores cuyo nombre aparecerá asociado al resultado. Formar y competir son perfectamente compatibles hasta el momento exacto en que dejan de serlo.
Cuando aprender también cuesta eliminatorias
Pensemos en un central de 18 años. Lleva una década escuchando que su academia quiere iniciar desde atrás, atraer la presión y encontrar al mediocentro por dentro. Está jugando unos cuartos de final europeos, queda poco tiempo, el encuentro sigue empatado y tiene un delantero encima. Puede intentar el pase que lleva años entrenando o enviar el balón cuarenta metros lejos de su portería.
Desde la formación quizá exista una respuesta. Desde el banquillo, con una semifinal europea en juego, puede aparecer otra. Esa contradicción convierte a la Youth League en algo más que un torneo juvenil porque pone consecuencias competitivas al aprendizaje.
No son niños jugando a ser profesionales. Muchos ya trabajan ocasionalmente con el primer equipo, disponen de analistas, nutricionistas, preparadores físicos y seguimiento individual. Saben que los partidos son retransmitidos y que en la grada puede haber scouts de media Europa. Pero tampoco son todavía jugadores terminados. Continúan en una edad en la que determinadas decisiones no se han transformado en automatismos y algunas virtudes aún no se han separado del todo de sus defectos.
Un extremo capaz de desequilibrar puede abusar del regate. El central que rompe líneas conduciendo terminará perdiendo algún balón peligroso. El mediocentro que siempre quiere recibir se expondrá demasiado. Formar consiste precisamente en enseñarles cuándo utilizar aquello que los hace especiales sin arrancárselo por el camino.
Brown, Vitinha y todo lo que puede cambiar después de los 18
La dificultad de juzgar esos procesos aparece con claridad cuando se vuelve a las alineaciones antiguas. El Chelsea campeón de 2015 reunía a Andreas Christensen, Ola Aina, Ruben Loftus-Cheek, Jeremie Boga, Dominic Solanke, Charly Musonda o Izzy Brown. Aquella tarde Brown marcó dos goles en la final contra el Shakhtar. Cuatro años después, el Oporto levantó el torneo con Diogo Costa, Fábio Vieira, Fábio Silva o João Mário, mientras Vitinha comenzó la final en el banquillo y no entró hasta el minuto 71.
Los dos casos permiten contar casi todo lo que no sabemos cuando observamos a un futbolista de 18 años. Brown era uno de los nombres principales de un campeón de Europa juvenil y acabó retirándose con apenas 26 años después de una cadena de lesiones. Vitinha no era titular en la final continental de su generación y con el tiempo se instaló entre los centrocampistas más importantes del fútbol europeo.
No se trata de afirmar que alguien se equivocó al valorar a uno u otro. Se trata precisamente de lo contrario: a los 18 años todavía existen demasiadas cosas por suceder como para convertir una fotografía juvenil en una predicción definitiva. Las lesiones, la evolución física, un entrenador adecuado, una cesión, un cambio de posición, la competencia en el primer equipo o simplemente madurar seis meses más tarde pueden reorganizar por completo las jerarquías de una generación.
La futura estrella puede estar en el banquillo y el futbolista aparentemente destinado a la élite puede encontrarse pocos años después con un cuerpo que no le permite continuar. El talento importa muchísimo. El contexto decide cuánto puede hacer ese talento con una carrera.
La Masía también se equivoca
Si existe una cantera europea a la que solemos conceder el privilegio de reconocer el talento antes que los demás, esa es La Masía. Su historia lo justifica. De Messi a Cubarsí pasando por Xavi, Iniesta, Piqué y un larguísimo etcétera. Precisamente por eso resulta tan interesante comprobar que ni siquiera el Barcelona puede ordenar correctamente el futuro de todos sus juveniles.
El equipo que ganó la Youth League en 2018 es un buen ejemplo. El Barcelona de García Pimienta derrotó 3-0 al Chelsea con dos goles de Alejandro Marqués y uno de Abel Ruiz. Riqui Puig organizaba el centro del campo y alrededor aparecían Álex Collado, Iñaki Peña, Óscar Mingueza, Juan Miranda, Mateu Morey o Carles Pérez. Ocho años después, casi todos han alcanzado el fútbol profesional, un dato que ya convierte aquella generación en un éxito extraordinario. Pero las jerarquías que estableció el tiempo se parecen poco a las que cualquiera habría podido dibujar después de aquella final.
Marqués fue el gran protagonista de aquellos noventa minutos y su carrera posterior pasó por el Barça B, la estructura de la Juventus, Mirandés, Estoril y otros destinos alejados de la élite que parecía anunciar aquella tarde. Riqui Puig fue durante años uno de los nombres que más entusiasmo externo generó en la cantera azulgrana y terminó encontrando continuidad lejos del Barcelona y de Europa. Álex Collado tampoco consolidó la trayectoria que muchos imaginaban cuando dominaba en categorías inferiores.
Mientras tanto, futbolistas como Mingueza, Miranda o Abel Ruiz fueron construyendo carreras internacionales y de Primera División por caminos menos estridentes. Iñaki Peña alcanzó el primer equipo. Mateu Morey llegó al Borussia Dortmund y disputó Bundesliga y Champions antes de que las lesiones alterasen una progresión que apuntaba más alto.
La conclusión no es que La Masía falle. Sería difícil defenderlo viendo la cantidad de futbolistas profesionales que produjo aquella plantilla. La conclusión es bastante más incómoda: hasta una de las mejores estructuras de formación del mundo puede desarrollar talento mucho mejor de lo que puede predecir exactamente en qué se convertirá cada talento.
Ese matiz cambia la forma de mirar el fútbol base. Una academia puede saber que un jugador tiene nivel, enseñarle a interpretar el juego, mejorar su técnica y preparar su cuerpo. Lo que no puede controlar por completo es cómo responderá ese futbolista al siguiente escalón, cuánto crecerá físicamente, qué entrenador encontrará o qué competencia tendrá cuando llegue la hora de asomarse al primer equipo.
La fábrica del nuevo Messi
La Youth League acelera además una industria que necesita pronósticos. El jugador todavía no ha terminado de formarse y ya puede tener representante, vídeos de highlights, miles de seguidores, rumores de mercado y artículos explicando qué grandes clubes lo vigilan. El torneo añade algo que durante décadas el fútbol juvenil apenas tuvo: escenografía de fútbol adulto.
Hay himno, viajes internacionales, estadísticas, grandes estadios, retransmisiones y eliminatorias. Todo invita a interpretar a un adolescente como una versión pequeña del profesional que será dentro de cinco años. Los medios completamos el mecanismo cuando aparece “la nueva joya”, “el heredero de”, “el nuevo Messi” o “el delantero del futuro”. Son etiquetas muy útiles para presentar a un desconocido de 17 años, pero bastante menos precisas para explicar lo que realmente significa estar viendo fútbol de formación.
Porque ser extraordinario a los 17 años demuestra, antes que nada, que eres extraordinario a los 17 años. El razonamiento parece evidente hasta que empieza otra temporada y tratamos de descubrir quién será el siguiente Mbappé. Miramos a los futbolistas que terminaron llegando y reconstruimos retrospectivamente señales que quizá entonces no parecían tan claras.
El problema es que conocemos el final de la película. Cuando vemos ahora a Vitinha en aquella final de 2019, resulta tentador imaginar que su futuro estaba escondido allí esperando a ser descubierto. La realidad es mucho menos elegante: estaba sentado en el banquillo mientras otros compañeros parecían encontrarse por delante.
El error ya tiene público
Todo ese proceso sucede, además, delante de una audiencia. Un chico de 17 años puede jugar por la mañana contra el juvenil de uno de los grandes clubes europeos, ver su partido retransmitido y descubrir por la tarde que un gol, un regate o una pérdida circula por las redes sociales. Alrededor están los scouts, los representantes, los departamentos deportivos y un ecosistema mediático empeñado en descubrir antes que nadie qué jugador llegará.
La Youth League funciona como competición y como escaparate. Eso genera una paradoja: al adolescente se le exige comportarse cada vez más como profesional justo durante la etapa en la que todavía necesita equivocarse como alguien que no lo es.
Además, cada observador busca una cosa distinta. El scout quiere detectar una cualidad diferencial; el entrenador pretende desarrollarla; el representante ve una oportunidad; el equipo necesita ganar y el aficionado espera algo que lo sorprenda. Un extremo puede perder cuatro balones intentando superar a su lateral. Desde la estadística tendrá cuatro pérdidas. Desde la grada puede estar jugando mal. Su entrenador, sin embargo, quizá quiera comprobar si después de fallar cuatro veces conserva la personalidad para pedirla una quinta.
Precisamente ahí está una de las cosas que todavía separan este fútbol de la élite. La virtud y el defecto continúan demasiado cerca el uno del otro como para distinguirlos siempre a primera vista.
Dos Europas, una eliminatoria
El formato introduce otra anomalía que tampoco existe en la Champions adulta. Por una parte están los juveniles de los 36 clubes clasificados para la máxima competición europea, academias que pueden contar con captación internacional, decenas de técnicos, instalaciones de primer nivel y futbolistas seleccionados entre miles. Por otra aparecen los campeones juveniles nacionales de las federaciones UEFA, obligados a superar tres eliminatorias a doble partido antes de cruzarse con equipos de la ruta Champions.
Ese sistema permite enfrentar durante noventa minutos realidades casi incompatibles en el fútbol profesional. La pasada temporada, clubes de Islas Feroe y Gibraltar superaron por primera vez una ronda de Youth League, mientras el Lincoln Red Imps consiguió las primeras victorias de un representante gibraltareño en la competición.
El torneo no iguala las condiciones, pero las pone frente a frente. Y recuerda que, por sofisticada que sea la industria de formación, todavía llega un momento en el que once adolescentes tienen que jugar contra otros once y demostrar hasta qué punto todo aquello que se ha proyectado sobre ellos funciona cuando empieza el partido.
Llegar es mucho más que convertirse en Mbappé
También conviene revisar qué entendemos exactamente cuando decimos que una promesa “no llegó”. Si la unidad de medida son Mbappé, Foden o Vitinha, casi cualquier carrera parecerá decepcionante. Pero alcanzar el fútbol profesional ya supone superar una selección brutal, y mantenerse diez temporadas en Segunda, jugar en una primera división europea o construir una carrera estable fuera de los grandes focos sigue siendo algo reservado a una minoría diminuta.
De una generación de veinte juveniles pueden salir tres futbolistas de Primera y el trabajo de una cantera ser extraordinario. Sin embargo, años después tendemos a considerar a los otros diecisiete promesas incumplidas porque alguna vez los vimos rodeados de escudos de Champions. Quizá el error esté en nuestra manera de contar.
Ese es otro de los engaños visuales de la Youth League. Cada partido reúne a 22 jugadores seleccionados entre miles y extraordinarios respecto a la enorme mayoría de futbolistas de su edad. Cuando todos son especiales parece razonable imaginar que todos tienen sitio arriba. El fútbol adulto se encarga después de recordar que no hay sitio para todos y que tampoco sabemos exactamente para quién lo habrá.
El último lugar antes de aprender a tener miedo
Cuando el jugador alcanza la élite descubre finalmente el precio de cada decisión. Una pérdida en juveniles puede terminar en una corrección del entrenador. Una pérdida en una semifinal de Champions puede costar una eliminación, provocar tres días de análisis televisivo y modificar el once del siguiente partido.
Con los años aparecen mecanismos de supervivencia. El futbolista entiende cuándo acelerar y cuándo enfriar el encuentro, en qué zona puede inventar y en cuál debe obedecer, qué riesgo merece la pena asumir y cuál únicamente pone en peligro al equipo. Se convierte en un jugador mejor y, al mismo tiempo, en alguien mucho más consciente de todo lo que puede salir mal.
Por eso la Youth League resulta interesante más allá del catálogo de promesas. Permite observar a futbolistas técnicamente formados, tácticamente avanzados y físicamente cercanos a la élite antes de que el fútbol profesional termine de disciplinar sus decisiones y antes de que el tiempo termine de ordenar sus carreras.
El extremo que hoy encara cinco veces quizá dentro de cuatro años elija hacerlo solo tres. El central dejará de conducir cuando no tenga cobertura. El mediocentro descartará el pase que ahora intenta. Y el jugador que hoy parece destinado a gobernar el fútbol europeo quizá nunca llegue a hacerlo, mientras uno de sus suplentes termina disputando las grandes noches de Champions.
La Youth League vuelve el 8 de septiembre precisamente con esa contradicción. Es una competición cada vez más profesional que todavía necesita futbolistas imperfectos, y es un escaparate del futuro incapaz de decirnos con seguridad cuál será ese futuro. No vemos estrellas antes de ser estrellas. Vemos adolescentes antes de saber qué será de ellos.
Por eso es, probablemente, la última Champions imperfecta.
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