Bélgica será el próximo obstáculo de España antes de las semifinales del Mundial. La selección dirigida por Rudi García confirmó su candidatura al título tras imponerse con contundencia a Estados Unidos (1-4) en Seattle, un triunfo que puso fin al sueño del último país anfitrión que seguía con vida en el torneo y que cita ahora a los Diablos Rojos con la Roja en los cuartos de final del próximo viernes (a partir de las 21.00 horas).
El conjunto belga firmó probablemente su actuación más convincente en lo que va de campeonato. Charles De Ketelaere fue la gran figura del encuentro con un doblete y una asistencia, mientras que Vanaken y Romelu Lukaku completaron la goleada en un partido en el que Bélgica castigó cada error defensivo del combinado estadounidense. Fue un ejercicio de pegada, eficacia y madurez competitiva que despejó cualquier duda sobre el estado de una selección que, pese al relevo generacional, sigue instalada entre las aspirantes a pelear por el título.
Los Diablos Rojos han llegado a este Mundial inmersos en una profunda renovación. Atrás quedó el bloque que durante más de una década se mantuvo en la élite del fútbol internacional, alcanzó el número uno del ranking FIFA y conquistó el tercer puesto en Rusia 2018, el mayor éxito de su historia. Sin embargo, Bélgica ha sabido reinventarse sin renunciar a su identidad. Futbolistas como De Ketelaere, Jérémy Doku, Arthur Vermeeren, Nicolas Raskin o Zeno Debast han ido asumiendo responsabilidades sin perder el liderazgo de los veteranos que todavía sostienen al equipo.
Porque si algo mantiene intacta esta selección es la calidad de sus referentes. Kevin De Bruyne continúa siendo el cerebro del equipo, el futbolista capaz de acelerar o pausar cualquier partido con un solo pase. A su lado, Romelu Lukaku sigue representando una amenaza permanente para cualquier defensa gracias a su potencia física, su capacidad para fijar centrales y su instinto goleador. Ambos han asumido un papel diferente al de hace unos años, menos dominante desde el punto de vista físico, pero igual de determinante cuando aparecen los escenarios importantes.
El último baile de una generación irrepetible
El duelo contra España tiene además un componente emocional que trasciende lo puramente deportivo. Salvo sorpresa, este Mundial será el último gran torneo de Kevin De Bruyne y Romelu Lukaku con la selección belga. Dos nombres que resumen mejor que nadie la llamada generación de oro de Bélgica, aquella que también integraron Thibaut Courtois, Eden Hazard, Vincent Kompany, Axel Witsel, Jan Vertonghen o Toby Alderweireld y que convirtió a un país de apenas doce millones de habitantes en una potencia futbolística durante más de una década.
Aquella generación maravilló por su talento, acumuló victorias y protagonizó algunos de los mejores partidos de la historia reciente del fútbol belga. Sin embargo, nunca pudo conquistar el gran título que parecía destinado a coronarla. Cayó en los momentos decisivos de los Mundiales de Brasil 2014 y Rusia 2018, donde rozó la final antes de caer frente a Francia, y tampoco logró levantar la Eurocopa pese a partir en varias ocasiones como una de las grandes favoritas.
De Bruyne y Lukaku representan el último vínculo con aquel equipo que parecía destinado a marcar una época. El primero ha sido durante años uno de los mejores centrocampistas del planeta, capaz de decidir encuentros desde la inteligencia, la visión de juego y una precisión técnica extraordinaria. El segundo se convirtió en el máximo goleador histórico de Bélgica y en uno de los delanteros más determinantes del fútbol europeo. Ambos llegan al tramo decisivo de sus carreras conscientes de que esta puede ser su última oportunidad de conquistar el trofeo que siempre se les resistió.
España se encontrará con un rival muy diferente al que dominó en algunos enfrentamientos recientes. El equipo de Rudi García ha recuperado la solidez defensiva y ha ganado verticalidad en las transiciones, dos de las armas que desarbolaron a Estados Unidos. La velocidad de Doku, la movilidad de De Ketelaere, la inteligencia de De Bruyne y la presencia de Lukaku conforman un ataque capaz de castigar cualquier pérdida de balón. Bélgica no necesita monopolizar la posesión para hacer daño. Se siente cómoda esperando su momento y atacando los espacios con enorme eficacia.
La Roja, por su parte, llega reforzada tras eliminar a Portugal en octavos de final. El equipo de Luis de la Fuente volvió a demostrar que sabe competir incluso cuando no brilla y afronta los cuartos con la confianza de haber superado una de las eliminatorias más exigentes del campeonato. Pero Bélgica representa un desafío diferente. Será un partido en el que el control del balón deberá ir acompañado de máxima concentración para evitar las transiciones rivales y minimizar los errores en campo propio.
Una vieja cuenta pendiente
El duelo tendrá además un inevitable componente histórico. España y Bélgica vuelven a cruzarse en una eliminatoria mundialista cuarenta años después de aquella dolorosa noche de México 1986, cuando la selección española cayó en los cuartos de final en una tanda de penaltis que quedó grabada en la memoria del fútbol nacional. Entonces, la Roja se quedó a las puertas de unas semifinales que parecían posibles.
Cuarenta años después de México, España vuelve a encontrarse con Bélgica en una eliminatoria mundialista. Entonces fue una herida. Ahora puede ser una revancha. Pero antes habrá que tumbar a unos Diablos Rojos que, tras apagar el sueño estadounidense, quieren alargar el suyo un poco más.
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