Definir la felicidad no es tarea sencilla, ya que dependiendo de la persona puede significar una cosa u otra; depende de ciertos matices, momentos y circunstancias individuales. Sin embargo, cada vez más estudios y especialistas confirman que no es únicamente una cuestión emocional o filosófica, sino que también influyen factores como los ingresos económicos, que afectan a la vivienda, a una vida estable y al ocio con el que poder compartir momentos con las personas más queridas, influyendo así en el bienestar emocional diario.
Por tanto, el Informe Socioeconómico de la Felicidad Española en 2024, que fue presentado este jueves en el Colegio de Economistas de Madrid, aporta datos reveladores que confirman todo esto. Como señala Rafael Ravina-Ripoll, uno de los autores del estudio: “La felicidad depende de muchos factores, entre ellos sin duda los económicos”. Hoy, en el Día Internacional de la Felicidad, este análisis cobra aún más sentido.
En la presentación también participaron Luis Bayardo, Doctor en Economía por la Universidad española de León, y fue presentado por Pedro Cuesta, catedrático en Economía y Dirección de Empresas.
En este sentido, Luis Bayardo puso el foco en una idea clave que muchas veces pasa desapercibida: “Lo que no se mide no se gestiona, se mide la economía pero no el bienestar”. En la misma línea, añadió que “medir la felicidad contribuye al progreso social cegado en el bienestar humano y no solo en la riqueza”.
El propio Bayardo insistió en que este concepto va mucho más allá de lo individual: “La felicidad es un fenómeno social y económico” y, por tanto, “es un objetivo colectivo”. Estas afirmaciones refuerzan la idea de que el bienestar no depende únicamente de decisiones personales, sino también de estructuras sociales y económicas. Y es que este estudio está respaldado por cifras que permiten entender mejor cómo se construye el bienestar en la sociedad actual.
Está claro, por tanto, que el sueldo toma un papel protagonista en este índice de felicidad. Las personas que viven en hogares con ingresos mensuales superiores a 5.000 euros alcanzan un índice de felicidad de 8,06 sobre 10, mientras que quienes tienen ingresos inferiores a 1.100 euros se quedan en un 6,9. Aunque pueda parecer una diferencia moderada, en términos de percepción vital supone una brecha significativa.
Sin embargo, el informe no se limita únicamente al sueldo, sino que la realidad va más allá. Factores como la estabilidad laboral, el acceso a la vivienda o incluso el tipo de ciudad en la que se vive pueden influir directamente en este bienestar. A esto se suman variables como la educación, el género, la fiscalidad e incluso el contexto político. Es decir, no solo se trata de cuánto se tiene, sino de cómo se vive con ello y de cómo se gestiona.
Hipoteca frente al alquiler: su efecto en la felicidad
Asimismo, es evidente que estamos en uno de los momentos más difíciles para acceder a la vivienda, lo que introduce una paradoja clave en este estudio. Según el informe, las personas con hipotecas presentan niveles de felicidad más altos, especialmente en los hogares con mayores ingresos, alcanzando una media de 8,12. Incluso superan en algunos casos a los propietarios que ya han terminado de pagar su vivienda, quienes, en teoría, disfrutan de mayor estabilidad y tranquilidad. Los expertos apuntan a que esta situación puede estar relacionada con la percepción del esfuerzo y el valor del logro.
En el lado opuesto, los niveles más bajos de satisfacción se encuentran entre las personas con bajos ingresos que viven en alquileres sociales, con una puntuación de apenas 4,59. Esto pone de relieve la importancia de la estabilidad habitacional como base del bienestar, así como la dificultad actual del alquiler, especialmente entre los jóvenes, que cada vez encuentran más obstáculos para lograr su independencia.
El informe es claro en este punto: “La inestabilidad económica y la inseguridad habitacional afectan profundamente el bienestar de las personas”.
Ante esta realidad, Ravina-Ripoll insiste en la necesidad de que tanto las administraciones públicas como el sector privado adopten políticas que reduzcan las desigualdades y garanticen condiciones mínimas de vida, “proporcionando salarios y viviendas dignas”. Tradicionalmente, el crecimiento del PIB ha sido el principal indicador de progreso, pero cada vez resulta más evidente que no es suficiente. Además, también afirmó que otras religiones son más felices que la católica.
La percepción económica también influye
Pero la felicidad no solo depende de lo que se tiene, sino también de cómo se percibe la realidad económica. Sin lugar a dudas, pensar que la economía del país va bien o mal influye totalmente en estos índices de felicidad. Las personas que consideran que la economía del país va bien tienden a ser más felices que aquellas que la perciben negativamente.
Finalmente, el informe también analiza la evolución de la felicidad a lo largo del tiempo. Amelia Pérez, presidenta y decana del Colegio de Economistas de Madrid, destaca que “la comparación de los niveles de felicidad en 2020 y 2024 revela el impacto de los acontecimientos económicos, sociales y políticos en la vida de los ciudadanos”.
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