El CEIP Margaret Thatcher, situado en el distrito madrileño de Barajas, ha arrancado el curso escolar sin disponer de todas las instalaciones previstas en su proyecto original, con las obras de su tercera y última fase paralizadas desde el verano y que ya acumulan hasta doce años de retraso, ya que las familias de los niños llevan desde 2014 esperando a que el centro esté completamente terminado. A la falta de espacios necesarios para desarrollar determinadas actividades educativas se añade ahora la inquietud por la seguridad del alumnado, que comparte a diario el recinto con los elementos de una obra abandonada temporalmente.
Margaret Thatcher fue primera ministra británica entre 1979 y 1990 y fue una de las grandes impulsoras de las políticas de privatización y reducción del papel del Estado en la economía. El centro educativo madrileño que lleva su nombre continúa atrapado en una sucesión de retrasos administrativos, problemas de ejecución y promesas incumplidas, y doce años después del inicio de su historia, el colegio sigue sin contar con todos los espacios del proyecto inicial que debían formar parte de sus instalaciones. Un centro bautizado en honor a una de las figuras más emblemáticas de la privatización y del neoliberalismo más salvaje lleva catorce años sin terminarse por una Administración pública incapaz de aportar los recursos necesarios para ello.
Problemas graves de seguridad
La nueva paralización de las obras ha devuelto la incertidumbre a las familias de los alumnos del centro. El AMPA del colegio ha expresado su preocupación por los riesgos que puede suponer la presencia de materiales, andamios y maquinaria en las instalaciones mientras los alumnos continúan asistiendo a clase y jugando en las proximidades. "Nos preocupa en primer lugar la seguridad de los niños", ha señalado la asociación de familias, que advierte de la existencia de una grúa de grandes dimensiones y otros elementos propios de una obra en proceso. La llegada de la temporada de lluvias y vientos incrementa, según el AMPA, la necesidad de comprobar que todo el recinto se encuentra en condiciones seguras. "Llega época de lluvias y vientos y no hay un control preventivo de todo ello", denuncia la organización.
Las familias aseguran que tampoco disponen de información oficial suficiente para conocer las causas de la interrupción ni los plazos previstos para retomar los trabajos. Según explican, durante mayo todavía se observaba actividad en la obra, pero en junio comenzaron a percibir que los trabajos se habían detenido. El verano transcurrió sin una solución y el inicio del curso confirmó que las instalaciones pendientes no estarían disponibles. La asociación reclama explicaciones por escrito sobre lo ocurrido, las medidas de seguridad adoptadas y el calendario de finalización. Su demanda consiste en que se complete el proyecto que debía haberse ejecutado desde el principio y que lleva más de una década pendiente.
Actualmente, el centro dispone de dos módulos construidos y mantiene dos aulas en barracones prefabricados, pero continúan pendientes espacios como el laboratorio, el aula de informática, las instalaciones destinadas a actividades artísticas y el gimnasio. La ausencia de estas dependencias limita las posibilidades educativas y obliga al colegio a adaptar su funcionamiento a unas instalaciones incompletas: en el caso de Educación Física, por ejemplo, algunas sesiones dependen de las condiciones meteorológicas y de la disponibilidad de las pistas exteriores. Sin un gimnasio propio, la organización de las clases queda condicionada por factores que un centro terminado debería poder resolver con sus propios recursos. También existen dificultades para organizar los recreos, las celebraciones escolares y otras actividades que requieren espacios amplios. Algunas zonas no pueden utilizarse con normalidad por motivos de seguridad, mientras que las restricciones de aforo y superficie dificultan la planificación de determinados eventos. Las limitaciones afectan igualmente a las familias que necesitan recurrir a las actividades extraescolares. El resultado es que los alumnos continúan escolarizados en un centro que, más de una década después de los primeros compromisos, todavía no ofrece todas las instalaciones contempladas en su proyección.
De un solar a doce años de retrasos
Daniel Sánchez García, portavoz de Más Madrid en la Junta Municipal de Barajas, recuerda que la historia del colegio comenzó con problemas antes incluso de su apertura. Durante el curso 2013-2014, cuando el centro todavía se denominaba Nuevo Barajas, ya había alumnos y profesores asignados, pese a que el recinto seguía siendo un solar sin ningún recurso a su disposición. La falta de instalaciones obligó a escolarizar provisionalmente a los estudiantes en el cercano colegio público Calderón de la Barca. En aquel momento, la Comunidad de Madrid sostenía que el nuevo centro estaría construido y operativo al curso siguiente, pero las previsiones no se cumplieron. Ni entonces ni doce años después.
Según explica Sánchez García, la Administración atribuyó los retrasos a dificultades técnicas de la empresa concesionaria. La constructora Editec alegó problemas relacionados con una comunicación de la Agencia Estatal de Seguridad Aérea y con los permisos necesarios para utilizar una grúa móvil. El portavoz de Más Madrid sostiene que la compañía atravesaba dificultades económicas y terminó abandonando los trabajos. Esto obligó a rescindir el contrato y convocar una nueva licitación para completar la primera fase. Finalmente, el colegio abrió sus puertas en el curso 2015-2016, dos años después de lo previsto. Para entonces, los alumnos habían pasado dos cursos escolares en el Calderón de la Barca. La construcción se organizó por fases, un sistema que Más Madrid cuestiona porque permite poner en funcionamiento centros educativos sin disponer de todos los espacios necesarios. Sánchez García ha criticado que este modelo prolongue indefinidamente las obras y ha calificado el caso del Margaret Thatcher como el de un colegio que parece estar "permanentemente gafado".
Una tercera fase que tampoco llega a su fin
En 2019 se ejecutó la segunda fase del proyecto, que permitió incorporar nuevas aulas y espacios destinados a la educación primaria. Pese a ello, el centro siguió sin contar con todas las instalaciones previstas. La pandemia de Covid-19 añadió otro elemento provisional a esta historia. En 2020, la Comunidad de Madrid instaló aulas prefabricadas en diferentes centros educativos para responder a las necesidades de espacio. En el Margaret Thatcher se habilitaron dos aulas de este tipo que, más de cinco años después, siguen utilizándose. La tercera fase, destinada a completar definitivamente el colegio, fue anunciada en 2024 con un presupuesto de 3.429.099,76 euros y un proyecto que contemplaba cuatro aulas de Infantil, siete de Primaria, tres aulas específicas, un aula de recursos y un gimnasio. Se trataba de las instalaciones que debían poner fin a las carencias acumuladas durante años, pero tampoco ha continuado su curso con normalidad.
Según denuncia Más Madrid, la empresa adjudicataria abandonó los trabajos durante el verano. La nueva paralización ha vuelto a dejar sin una fecha clara la conclusión de las obras y ha prolongado la incertidumbre entre las familias. La Consejería de Educación, por su parte, ha confirmado que ha iniciado los trámites para resolver el contrato con la empresa por abandono de la obra. También ha anunciado que volverá a licitar los trabajos "a la mayor brevedad posible". Por ahora, no ha ofrecido una fecha concreta para su reanudación ni para la entrega definitiva de las instalaciones.
Ironías dolorosas
El caso del CEIP Margaret Thatcher refleja los problemas que puede generar una planificación fragmentada de las infraestructuras educativas: contratos que no llegan a buen término, sucesivas licitaciones, aulas provisionales que se convierten en permanentes y familias obligadas a reclamar una y otra vez información sobre servicios que deberían estar garantizados. El nombre del colegio le echa sal a la herida: Thatcher defendió, durante su mandato al frente del Reino Unido, la privatización de empresas públicas y una reducción total del papel del Estado en la economía el desarrollo. Pero el colegio madrileño que la homenajea en Barajas depende ahora de una gestión pública que todavía no ha conseguido completar su construcción después de doce años. Al margen queda lo debatible de la decisión de ponerle dicho nombre a un colegio público de educación primaria.
Más allá de la ironía, la conversación fundamental es que los alumnos dispongan de instalaciones adecuadas y seguras, que el profesorado pueda desarrollar su trabajo en condiciones normales y que las familias conozcan cuándo terminará una espera que ya se ha prolongado por muchos años. La Comunidad de Madrid ha anunciado recientemente una nueva licitación, pero sin fecha. Hasta que las obras se reanuden y el proyecto se complete, el colegio seguirá siendo el ejemplo de una infraestructura educativa semiabandonada y con muchas familias en vilo.
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