La primera vez que escuché la voz de Ousman Umar fue en el auditorio de la escuela donde estudié. Yo debía cursar segundo o tercero de la ESO. Recuerdo el profundo silencio de la sala cuando el activista ghanés explicó su periplo hasta llegar a Barcelona: cómo había sido torturado y retenido, cómo había sobrevivido al desierto del Sáhara, cómo había llegado en una precaria embarcación hasta las Islas Canarias... Su voz no dejó indiferente a nadie. La principal diferencia entre él y nosotros era el lugar geográfico de nacimiento. O, dicho de otra manera, el factor del azar. Ni él había elegido nacer en el continente africano ni nosotros en el europeo. Pero ese elemento, que en otro contexto podría parecer irrelevante, era el más determinante: unos habíamos crecido con derechos y con una cierta garantía de tener oportunidades, mientras que él lo había hecho en un contexto caracterizado por todo lo contrario: la pobreza, la exclusión y la falta de un horizonte de futuro. Dos realidades paralelas separadas por miles y miles de kilómetros, pero en un mismo mundo.
Señalo todo esto porque la casualidad quiso que la misma semana en la que fui al cine a ver Viaje al país de los blancos, una película que muestra su tortuoso y difícil recorrido hasta la capital catalana —y también cómo, gracias a la acogida de una familia barcelonesa, fue capaz de sacar adelante su proyecto vital—, coincidiera con el periodo en el que cientos de miles de marroquíes intentaron llegar a Ceuta. Las causas geopolíticas que explican la entrada de estos jóvenes en territorio español han sido ampliamente analizadas en los últimos días. Además, habrá tiempo en las próximas semanas para dilucidar y evaluar el grado de responsabilidad de los diferentes actores nacionales e internacionales implicados en el asunto. Con todo, en este debate se ha obviado casi por completo otra realidad igualmente existente: el fallecimiento de más de un centenar de jóvenes de este país africano en su intento de acceder a la ciudad autónoma. Unos fallecimientos que han pasado casi desapercibidos porque tienen un escaso impacto electoral y que, al mismo tiempo, retratan una frialdad política y, en algunos casos, también mediática que estremece. ¿Cuál sería la reacción si un avión lleno de europeos sufriera un grave accidente?
En cualquier caso, resulta evidente que nadie pone en riesgo su vida si en el lugar donde reside ve posibilidades de progresar y prosperar. La voz de algunos de los testimonios entrevistados en Ceuta por los medios de comunicación demuestra que lo que buscan estos adolescentes y jóvenes es, como Ousman Umar, estudiar, formarse y cambiar el guión de una historia que muchos han dado por escrita. En una crisis de esta magnitud, los «perdedores» del sistema lo son todavía más y tienen mayores dificultades para salir de la espiral de sufrimiento en la que viven.
Y solo faltaba que el PP, Vox y grupos extremistas afines a la formación de Abascal intentaran instrumentalizar electoralmente esta crisis humanitaria. Las generalizaciones suelen reducir los matices y las complejidades, pero la realidad que reflejan las encuestas, tanto en Cataluña como en el resto de España, es que cada vez más ciudadanos se sienten representados por unas opciones ultraconservadoras que se oponen frontalmente a la llegada de inmigrantes. La situación catalana es probablemente peor, ya que en el Parlament hay dos partidos de extrema derecha, uno de los cuales, además, con posibilidades, según los sondeos, de convertirse en la segunda fuerza más votada en caso de que hoy se celebraran elecciones autonómicas. Sin ir más lejos, si hoy se celebraran unas elecciones en la cámara catalana, uno de cada cuatro diputados sería de Vox o de Aliança Catalana.
Los motivos que explican su ascenso son conocidos: el fracaso del procés, la polarización política, un contexto internacional cada vez más incierto y complejo, un voto de protesta contra los partidos tradicionales, el señalamiento público al diferente como causante y culpable de la mayoría de los problemas (falta de vivienda, bajos salarios, ausencia de oportunidades...), la progresiva derechización de las sociedades europeas y, sobre todo, la utilización de los fenómenos migratorios como pretexto para transmitir a la población la idea de que el país o la nación están en peligro. Este último es un elemento que las fuerzas de matriz conservadora siempre explotan en situaciones de estas características. El uso del miedo, combinado con el temor a la desaparición de la comunidad política, se ha convertido, por tanto, en una oferta electoral.
El problema, sin embargo, es que el mensaje contra la ciudadanía inmigrante ha pasado de ser una realidad minoritaria a convertirse en una cuestión que suma cada vez más adeptos. Es cada vez más habitual, por ejemplo, escuchar falacias como que reciben muchas más ayudas económicas y prestaciones sociales que la población autóctona o que sus hijos tienen acceso a más ventajas que los niños nacidos aquí.
Las redes sociales y el uso que de ellas han hecho los grupos de extrema derecha han contribuido, y mucho, a difundir unas tesis que, a menudo, son la antesala de los discursos de odio. El hecho, además, de que cada vez más ciudadanos se informen a través de las plataformas digitales y las redes sociales —según un informe del Digital News Report, hasta un 46 % de la población española— y de que un 70 % no confíe en las noticias que ofrecen los medios de comunicación tampoco ha ayudado. Tampoco ha contribuido a ello el auge de las burbujas políticas y mediáticas en las que nos hemos acostumbrado a vivir.
La pregunta, y la dificultad, es entonces cómo revertir unos relatos que ya se han convertido en un perjuicio para nuestras sociedades. Probablemente hará falta mucha pedagogía para contrarrestar unas narrativas que ya están erosionando las democracias liberales y los valores sociales que les son inherentes. También será necesario que figuras como Ousman Umar continúen explicando su testimonio, ya que eso ayudará a romper estereotipos, prejuicios y medias verdades. Pero la verdadera cuestión de fondo es si queremos comunidades basadas en la humanidad, la apertura, la solidaridad y la integración o en todo lo contrario. Por ahora, quienes creemos en los primeros valores seguimos siendo mayoría, pero, en los tiempos que vivimos, nada perdura para siempre. Además, como ya se ha visto en los últimos años, no basta con únicamente oponerse al discurso de la extrema derecha. Es necesario un relato alternativo que comprenda la complejidad del momento. Un relato que pivote sobre la defensa de los derechos fundamentales y que, en el terreno político, propugne la idea cívica de los derechos y los deberes. La empresa es difícil, pero nos jugamos la convivencia entre personas diferentes, que no es otra cosa que la base de las sociedades democráticas y modernas.
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