Imaginen la región de un país donde se practica una competición deportiva única en el mundo. Se trata de una disciplina con un fuerte arraigo histórico local, que siempre ha estado vinculada a la tradición cívica y cultural de esta área geográfica.

En las últimas décadas, sin embargo, y como consecuencia de cambios demográficos como la bajada de la natalidad, el aumento de la inmigración o el creciente desinterés de los jóvenes, ha disminuido considerablemente el número de vecinos que entrenan y compiten en este deporte. También ha contribuido el hecho de que actividades más mayoritarias, como el fútbol o el baloncesto, hayan ganado adeptos.

En cualquier caso, ante este escenario y el riesgo de que esta tradición acabe desapareciendo, el gobernador de la región tiene diversas opciones sobre la mesa: llevar a cabo campañas de promoción atractivas, ilusionantes y positivas para que jóvenes y recién llegados se sumen y, al mismo tiempo, trabajar de manera coordinada con las administraciones locales y central para definir estrategias de futuro; vincular la supervivencia de esta práctica a un modelo social y político excluyente, basado en el señalamiento de las personas de origen extranjero y de la ciudadanía que opta por otras disciplinas; enfrentar esta actividad minoritaria con las mayoritarias para obtener rédito político; no hacer nada y dejar que el tiempo decida; o bien darla por muerta y promover los deportes que tienen más seguidores.

Salvando las diferencias -que son muchas-, es posible que las frases anteriores les recuerden al debate sobre la lengua que ha habido en Cataluña en los últimos años. Más allá de las políticas públicas que se puedan impulsar, lo más importante en esta cuestión es con qué prismas se aborda. Sin una visión rigurosa y una cierta amplitud de miras, como ha quedado demostrado a lo largo de la última década, este asunto está condenado al fracaso.

En este sentido, la visión intransigente y la voluntad de la mayoría de los dirigentes del procés de vincular la lengua al independentismo ha resultado contraproducente. Los datos, sin ir más lejos, son demoledores: en los últimos 20 años el catalán ha caído 13 puntos entre las personas que lo utilizan como lengua habitual.

Por este motivo, si el objetivo es que los ciudadanos que tienen el castellano -u otro idioma- como primera lengua también hablen y escriban en catalán, quizá sería bueno, en primer lugar, situarlo fuera de la esfera política y, en segundo lugar, quitarle el carácter poco amable que algunos ciudadanos han podido sentir o percibir en los últimos tiempos como consecuencia de una excesiva instrumentalización que solo ha beneficiado, por un lado, a Junts y Aliança y, por otro, al PP y Vox.

Con todo, y como se ha evidenciado, esta discusión tiene un trasfondo social y cultural muy importante. También político. Recientemente, por ejemplo, la formación de Puigdemont, empujada por la fratricida competición electoral con Aliança, ha situado el fenómeno migratorio en el debate lingüístico. Lamentablemente, el objetivo de las iniciativas presentadas por el partido postconvergente no es que la lengua sume nuevos hablantes, sino dificultar aún más la vida a una población que, llegada de otros países huyendo de la miseria, la guerra o la falta de oportunidades vitales, busca en Cataluña un lugar donde empezar de nuevo.

Evidentemente, que a la larga conozcan el catalán será positivo, porque les facilitará el acceso a determinados puestos de trabajo y les ayudará en la integración social y cultural. No obstante, cuando llegan aquí, sus primeras necesidades probablemente son otras. Tampoco es menor el hecho de que se exijan deberes a inmigrantes de una determinada clase social y, en cambio, no se aplique el mismo baremo, por ejemplo, a los jugadores de fútbol de primer nivel que llevan años viviendo aquí y que nunca han articulado públicamente una palabra en catalán. ¿Clasismo? Que cada uno extraiga sus conclusiones.

En cualquier caso, parece bastante claro que si el catalán —que históricamente ha convivido con plena normalidad con el castellano— quiere sumar nuevos hablantes, necesita cambiar el rumbo de los últimos tiempos. Si el Pacto Nacional por la Lengua se desarrolla desde una óptica abierta, puede suponer un paso importante en el hito de revertir la dinámica de las últimas décadas.

El gran reto, sin embargo, sigue siendo asumir el pluralismo como una realidad positiva, algo que el nacionalismo suele negar. Precisamente, el periodista Rafael Jorba apuntaba en el año 1998, en una mesa redonda que abordaba el papel de los medios de comunicación en la cuestión lingüística, una idea muy pertinente en los tiempos actuales: “la gran asignatura pendiente -en Cataluña, en España, en Europa y en el mundo- es construir una nueva ciudadanía que combine la afirmación de la identidad con el respeto a la alteridad”.

En esta tarea no solo será relevante el papel de las instituciones, sino que también será clave el mensaje que transmitan los medios de comunicación, sobre todo los públicos, así como las entidades y los colectivos de la sociedad civil. También será fundamental la idea que trasladen las fuerzas independentistas sobre este tema. A la vista de los resultados, si quieren que el catalán llegue más lejos, tendrán que sustituir la intransigencia por la empatía y una visión a veces homogénea y uniforme por una que reconozca la diversidad. En caso contrario, continuaremos anclados en un círculo vicioso que únicamente favorece a unos extremos cada vez más inflexibles.

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