“La campaña se le ha hecho muy larga a Mañueco”. Carlos Martínez, candidato del PSOE, lo avisó en los días previos al 15 de marzo. Y efectivamente, así ha sido. A diferencia de en Aragón o Extremadura, Génova optaba esta vez por el control de las expectativas y fiaron el éxito de la convocatoria a quedarse como estaban. Prácticamente ha sido así. El Partido Popular de Alfonso Fernández Mañueco consigue dos procuradores más que en el 2022, con una mejoría de 4,5 puntos porcentuales que, sumado al frenazo de Vox, deja algo de aire en los pulmones de los conservadores… aunque no demasiado. La sorpresa ha venido por la parte del Partido Socialista, que ha mejorado sus resultados a costa de un PP que ha ido desangrándose en un escrutinio no apto para corazones delicados. La mala noticia para los de Martínez es la tendencia a su izquierda, con la desaparición de Podemos de las Cortes de Castilla y León y el pésimo resultado de Izquierda Unida-Sumar, dejando a la izquierda transformadora sin representación parlamentaria en la autonomía.
A la vista de los dos primeros asaltos del ciclo electoral confeccionado desde las entrañas de Génova, la dirección nacional del Partido Popular hizo acto de contrición y edulcoró las expectativas con las que arrancó un rosario de elecciones diseñado para debilitar a Pedro Sánchez. Paradójicamente, el efecto ha sido el contrario. Si las aspiraciones antes de la contienda extremeña volaban hacia la consecución de mayorías absolutas, la realidad obligó a replantear la estrategia para el terreno de juego castellano y leonés. Escenario diametralmente opuesto, habida cuenta de que la marca socialista no se contagiaba del pesimismo de sus sucursales en Aragón y Extremadura. También se colaba en la ecuación la incógnita de Vox. ¿Dónde estaba su techo? Un interrogante que forzó a los conservadores a elevar el tono contra sus socios potenciales en el último tramo de la campaña.
Misma fotografía, otros matices
Las sensaciones de los populares durante toda la jornada transitaban entre la prudencia y la convicción de verse ganadores, pero lejos de una mejoría de sus prestaciones que, finalmente, ha sucedido. El PP de Mañueco se hace con la victoria en las elecciones generales con más del 35% de los votos y una ganancia de dos procuradores frente a los 31 de la pasada legislatura. Números que conceden algo de aliento a los conservadores y a su vez dan la razón a la estrategia de contención de expectativas, pero no borran la imagen fija que se expande por los territorios: Vox es indispensable para formar gobierno y lo es ya en tres autonomías. La fotografía no cambia en exceso, pero ofrece tonos diferentes a los triunfos de María Guardiola y Jorge Azcón. La moraleja es la misma. El cuento de nunca acabar.
La nota positiva para el PP llega precisamente por el lado de Vox. Todas las migas de pan conducían a un vía en la que la ultraderecha alcanzaría – e incluso traspasaría – el 20% de los sufragios, pero la candidatura de Carlos Pollán ha pinchado en hueso pese a los kilómetros recorridos por un Santiago Abascal que asumía de nuevo el papel protagónico en la campaña de su partido. Una táctica que fue sinónimo de éxito en diciembre y en febrero, pero en aquellas fechas no había una guerra civil abierta en la calle de Bambú, con un Javier Ortega Smith declarado en rebeldía frente a una dirección que maniobra entre bambalinas para expulsarle del partido. Caso idéntico al sufrido por el que hasta hace escasas semanas era primera espada en Murcia, José Ángel Antelo, quien incluso ha denunciado la falsificación de su firma.
Los ultraderechistas apenas han sumado un procurador más a su grupo en las Cortes de Castilla y León; lo que se traduce en un 18,8% de los votos aglutinados. O lo que es lo mismo, poco más de un punto por debajo de las proyecciones demoscópicas y de las propias aspiraciones de Bambú. Las expectativas, esta vez, jugaron una mala pasada a Vox, a quien tampoco le ha ayudado el contexto internacional que se ha colado en la campaña electoral de la mano de Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno exportó su oposición a la coalición Donald Trump – Netanyahu en su ofensiva contra Irán, encabezando la respuesta de la Unión Europea al enésimo conato imperialista de Estados Unidos. Con ese factor no contaban los de Abascal, que se quedan con la duda aún de la altura a la que se sitúa su techo real.
Lo cierto es que el escenario se repite en Castilla y León. Lo hace, además, en un contexto de bloqueo absoluto en Extremadura y Aragón. Es decir, al Partido Popular se le enconan las negociaciones con sus socios potenciales cuando las miradas ya se posan en Andalucía, a expensas de que Juanma Moreno Bonilla ponga fecha al último asalto del ciclo electoral. Las alertas están activadas en la sede de Génova. Máxime cuando María Guardiola está al borde de la repetición electoral. Las conversaciones están prácticamente rotas en la región y lo mismo ocurre en Aragón. El galimatías no deja de crecer en el cuartel general del PP.
El PSOE frena la sangría
Los primeros sondeos, de la mano de Sigma Dos, le daban a los socialistas unos resultados que mejoraban, con nota, los obtenidos en Extremadura y Aragón. La moral de Carlos Martínez y los suyos así lo vaticinaba también, y en los cálculos de todos estaba que el PSOE no iba a quedar tan debilitado como en las dos anteriores votaciones. Y así ha sido: el alcalde de Soria cosecha en estas autonómicas 30 parlamentarios y un 31% de los votos, superando las cifras de hace cuatro años por dos parlamentarios.
UPL, por su parte, da la campanada con un resultado similar al de 2022, manteniendo sus tres parlamentarios que, si se cumplen las previsiones y Vox se reencuentra en el diálogo con el Partido Popular, no serán decisivos para la aritmética parlamentaria, pero que dejarán buen sabor de boca en la sede regionalista. Escenario no tan alentador el vivido en Soria ¡Ya!, que pierde dos tercios de sus parlamentarios y se queda con uno frente a los tres que tenía antes de que las gentes castellanoleonesas acudieran a las urnas.
Los mayores batacazos se los lleva la izquierda a la izquierda del PSOE. Castilla y León es un territorio ya complicado de por sí para esta parte del espectro político: primero, por ser feudo histórico del bipartidismo; segundo, por la falta de implantación regional de las nuevas formaciones como Sumar, y tercero, porque el voto que no se llevan las tres grandes formaciones lo recogen los partidos regionalistas. Se nota en el escrutinio al apreciar que Podemos ha desaparecido del mapa con menos de un 1% de los votos que solo le vale para quedarse fuera de las Cortes, y que la coalición IU-Sumar, que se presentaba en comunión, se queda también fuera de las Cortes con un 2,1%. Por poner en perspectiva la debacle, Se Acabó La Fiesta ronda el 1,3%, datos que duplican los cosechados por los morados.
Por último, Por Ávila, la escisión provincial del PP en estos comicios, se ciñe a las previsiones y mantiene el único parlamentario que consiguió en 2022, aportando un diputado más a un bloque de la derecha que no lo necesitaba, ya que la suma entre 'populares' y ultraderecha es más que suficiente para investir, si se pusieran de acuerdo, a Alfonso Fernández Mañueco. El panorama para el PP, a pesar del triunfo, vuelve a ser el mismo que en las anteriores elecciones: gobernará si quiere, pero tendrá un fuerte recluso parlamentario en Vox y un Carlos Pollán cuya campaña ha sido eclipsada por el cesarismo de Santiago Abascal.
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