21 de Mayo de 2012
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Ion Antolín Llorente
Cuestión de orden
Sangre y vergüenza
Ambiente festivo. Olor de tierras castellanas secas y austeras. Polvo en el aire. Carreras, caballos y empujones. Las cámaras de televisión no son bienvenidas, y los periodistas pieza de caza. La tradición se exalta, pero no se necesitan más testigos que aquellos que jalean la matanza. Lugareños, algunos con la evidencia del alcohol en el color de la piel, defienden la particular celebración como si de su padre se tratase. Las esencias de un pueblo medidas en el sufrimiento animal. El patriotismo municipal se hace fuerte frente a las afrentas de aquellos que llegan de la capital para dar lecciones de moralidad. ¡Incluso desde Madrid! Qué se habrán creído. El polvo se despeja, se abre el corro. Un toro sangra mientras una lanza busca su corazón. Por el color rojo sobre el negro del animal, que también mancha la tierra y la razón, no puede decirse que los intentos hayan sido certeros. No será una muerte rápida. El que antes perseguía al toro a caballo ahora remata a la bestia. Es el héroe del día. Entre todos lo han matado, pero el último en acertar se llevará los vítores. El premio. La gloria del crimen que se quiere silenciar.

No necesitamos volver a ver por televisión cómo se entiende la tradición en Tordesillas. No es necesario que se envíen más cámaras, ni fotógrafos, ni reporteros. Con lo que tenemos nos basta. Son innecesarios los intentos por poner los objetivos en negro, porque el rojo traspasa la mecánica para llegar hasta nuestras mentes con sólo nombrar la fiesta, torneo según su propia denominación, del Toro de la Vega. ¿Qué ser vivo merece semejante muerte? Soy incapaz de responder. En Tordesillas tampoco. Los defensores de la atrocidad que cada año llega por estas fechas sólo aciertan a entonar excusas que se pueden resumir en un “siempre ha sido así”. Argumentos de singular peso para justificar la ignominia. Lo único cierto es que no siempre fue así.

Pero también es de justicia romper una lanza,  nunca mejor dicho, por todos aquellos que en Tordesillas, hijos del pueblo, se manifiestan contra la barbarie. Son señalados e incluso amenazados. No quieren ver el nombre del lugar que les vio nacer unido a la sangre y la vergüenza. Otros muchos lo piensan en silencio. La ola de orgullo mal entendido y la numantina defensa contra la crítica “de los de fuera” se convierten en el discurso único, pero no lo es. En Tordesillas, el héroe no es el que alancea hasta la muerte al toro que busca su querencia de libertad. Los héroes son aquellos que viviendo en esas calles, y ante una cámara de televisión, todavía tienen los arrestos de hablar. Decir alto y claro lo que todo un país clama: La tortura animal, vestida de fiesta y regada con licores varios, no es tradición. En ese corro que encierra al animal y espera su muerte, lo menos salvaje es el toro.

Ion Antolín Llorente es periodista y blogger
En Twitter @ionantolin

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