Lo que durante años fue percibido como una historia moderna dentro de la monarquía noruega se ha transformado en una crisis sin precedentes. Marius Borg Høiby, hijo de la princesa heredera Mette-Marit y hijastro del príncipe heredero Haakon, se enfrenta a un proceso judicial con 40 cargos, entre ellos violación, agresión agravada y delitos relacionados con drogas.
El juicio, que se ha extendido durante siete semanas en Oslo, ha sacado a la luz acusaciones especialmente graves. Según la investigación, Høiby habría agredido a exparejas, incluyendo episodios de violencia física y estrangulamiento, además de presuntamente drogar a algunas víctimas antes de los ataques. La policía asegura haber encontrado en su teléfono vídeos que mostrarían a varias mujeres inconscientes.
El propio acusado ha negado los cargos más severos, incluyendo los de violación, aunque sí ha admitido otros delitos como el transporte de 3,5 kg de marihuana, conducción temeraria y parte de los comportamientos violentos. En sus declaraciones finales, marcadas por la presión mediática, reconoció el impacto del caso en su identidad pública: “Ya no soy Marius, soy un monstruo”.
Algunas de las presuntas agresiones habrían tenido lugar en la residencia real de Skaugum, lo que ha intensificado el impacto institucional del caso. Aunque Høiby no tiene funciones oficiales, su cercanía con la familia heredera ha hecho imposible separar lo privado de lo institucional.
El escándalo ha tenido consecuencias directas en la percepción pública. Según datos del canal nacional NRK, el apoyo a la monarquía ha caído del 70% al 60%, el nivel más bajo registrado en décadas. La imagen de Mette-Marit también se ha visto duramente afectada, con una caída significativa en su valoración pública.
A esta situación se suma la reciente controversia en torno a la princesa por su mención en documentos relacionados con Jeffrey Epstein, aunque sin acusaciones de delito. La propia Mette-Marit declaró haber sido “manipulada”, en un intento de frenar el daño reputacional.
Mientras tanto, la familia real atraviesa uno de sus momentos más delicados, con la princesa apartada de la vida pública por motivos de salud y un clima de creciente desconfianza social. La sentencia del caso no se conocerá hasta junio, pero el impacto ya es evidente.