Mugler vuelve a utilizar la moda como territorio para cuestionar los códigos tradicionales del poder. La maison presenta The Commander, su nueva campaña Otoño Invierno 2026, protagonizada por Vivian Jenna Wilson y fotografiada por Robi Rodriguez, en la que autoridad, deseo, vulnerabilidad y control se transforman constantemente a través de una serie de imágenes con estética cinematográfica.

La campaña desarrolla las ideas planteadas por Miguel Castro Freitas en su segunda colección para la firma y representa un nuevo capítulo de Trilogy of Glorified Clichés, el proyecto con el que el diseñador está revisando algunos de los grandes arquetipos asociados históricamente al universo Mugler y a su particular interpretación de la feminidad.

Esta vez, el punto de partida es el power dressing, un lenguaje que siempre ha ocupado una posición privilegiada dentro de la casa. Sin embargo, Castro Freitas no quiere limitarse a recuperar la imagen convencional de una mujer poderosa. Su intención pasa por analizar por qué determinados códigos visuales continúan representando autoridad y, especialmente, qué ocurre cuando una mujer decide apropiarse de ellos.

“El power dressing siempre ha formado parte del lenguaje de Mugler, pero quería mirar más allá de la idea evidente de autoridad”, explica el diseñador. “Lo que me interesa es la seducción del poder: por qué nos atraen estos símbolos y qué sucede cuando decidimos recuperarlos para nosotros mismos”.

Robi Rodriguez traduce esa reflexión mediante escenas que parecen extraídas de una película de autor. El resultado combina teatralidad, hedonismo y una sensación permanente de peligro. En lugar de interpretar un único personaje, Vivian Jenna Wilson cambia continuamente de posición: ordena, observa, obedece y también se niega a hacerlo.

Precisamente ahí se encuentra una de las claves de The Commander. Mugler presenta autoridad y vulnerabilidad no como extremos incompatibles, sino como estados capaces de intercambiarse dependiendo del momento. Dominación y sumisión dejan de funcionar como identidades permanentes para convertirse en papeles que pueden asumirse, abandonarse o incluso disfrutarse.

 

 

La campaña plantea repetidamente las mismas preguntas: quién posee realmente el poder, quién decide aceptarlo y quién permanece observando. Cuando el instinto rompe las reglas establecidas, las jerarquías comienzan a desmoronarse y la autoridad puede cambiar de manos.

Bajo la superficie impecable de la colección aparece además un componente mucho más salvaje. La etiqueta, la disciplina y las normas construyen una apariencia perfectamente controlada, pero debajo permanece el deseo. Castro Freitas convierte ese conflicto en una herramienta creativa donde belleza, erotismo, exceso y absurdo pueden convivir dentro de una misma imagen.

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