Valentino presenta su campaña Primavera 2026 como un ejercicio profundamente conceptual que vuelve a confirmar la impronta narrativa de Alessandro Michele. Lejos de una simple comunicación estética, la propuesta se articula a través de una extensa carta firmada por el director creativo, donde la moda se convierte en vehículo para reflexionar sobre la fragilidad humana, la dependencia mutua y el valor del cuidado colectivo.
Aunque la colección presentada en París partía de una carta escrita por Pier Paolo Pasolini durante la Segunda Guerra Mundial —en la que evocaba la belleza de las luciérnagas—, la campaña desplaza el foco hacia una idea más política y existencial: nadie se sostiene solo. Michele rechaza el mito de la autosuficiencia y propone una lectura de la elegancia basada en el apoyo, la vulnerabilidad compartida y la responsabilidad hacia el otro.
Las imágenes, captadas por Willy Vanderperre, se desarrollan en los salones de la Villa Parisi del siglo XVII, cerca de Roma. En ellas, un elenco diverso de modelos avanza lentamente por el espacio, sosteniéndose entre sí para no caer. El gesto es deliberado: la caída no aparece como accidente, sino como condición original del ser. Los cuerpos, vestidos con faldas lápiz, blusas bordadas, vestidos fruncidos y gowns de lentejuelas, dialogan con chimeneas de mármol, puertas antiguas y muros frescados, reforzando una atmósfera suspendida entre historia y presente.
Para Michele, la moda no representa fortaleza individual, sino la ética de cargar el peso compartido. La campaña no estetiza la fragilidad: la reconoce como estructura básica de la existencia y como punto de partida para imaginar nuevas formas de convivencia. Así, Valentino Primavera 2026 redefine la elegancia no como estabilidad, sino como la capacidad de convertirse en apoyo cuando el equilibrio se rompe.