- Entre el impacto internacional de ‘The Walking Dead: Daryl Dixon’, la ambición de ‘Sandokan’, el riesgo íntimo de ‘Drea & Cloe’ y la fuerza documental de ‘Las Últimas’, Alexandra Masangkay atraviesa un momento de expansión creativa donde identidad, herencia y oficio conviven en una misma búsqueda.
Hay algo especialmente magnético en la forma en que Alexandra Masangkay habla de su carrera. No lo hace desde la grandilocuencia ni desde la idea de un salto repentino, sino desde una conciencia cada vez más clara del lugar que ocupa dentro de la industria. Tras formar parte del universo de ‘The Walking Dead: Daryl Dixon’, una de las franquicias televisivas más reconocibles a nivel internacional, la actriz española de raíces filipinas no siente que su manera de entender la profesión haya cambiado radicalmente. Más bien, la experiencia le sirvió para confirmar algo que ya estaba ahí. “No cambió tanto mi forma de ver la industria, más bien me reafirmó que, en cualquier formato —sea thriller, drama, mundo zombie…— me apasiona poder dedicarme a esta profesión”.
Esa reafirmación llegó también desde el contacto con equipos distintos, con otras formas de rodar y con una dimensión más global del oficio. Para Alexandra, trabajar fuera de los márgenes habituales no solo supone abrir una puerta profesional, sino también aprender de otros lenguajes, otras dinámicas y otras maneras de entender una historia. “Me recordó lo bonito que es tener la oportunidad de trabajar con equipos de lugares diferentes y aprender de ellos. Actualmente, también me ha ayudado a reafirmarme dentro de la industria y a ocupar mi espacio con cada vez más seguridad y soltura”.
Entrar en el universo de ‘The Walking Dead’ implica mucho más que sumarse a una serie. Significa formar parte de una comunidad de seguidores intensa, fiel y global, con una relación emocional muy fuerte con cada personaje. Para Masangkay, esa exposición internacional fue vivida desde el agradecimiento y también desde cierta ternura. “Ser parte del universo TWD ha sido todo un honor. Formar parte de algo que lleva tantos años en las vidas de tanta gente y ver cómo, aun así, el fandom sigue en pie me parece increíble”. Su personaje, Paz, encontró una recepción cálida dentro de una audiencia exigente, algo que ella recuerda con especial cariño. “Poder formar parte, aunque sea un poco, de este mundo y disfrutarlo ha sido maravilloso y muy tierno. El público sigue siendo exigente, pero a la vez he recibido mucho amor con respecto a mi personaje, Paz”.
En una industria donde los personajes dentro de franquicias tan potentes pueden condicionar la percepción pública de un intérprete, Alexandra no parece moverse desde el miedo al encasillamiento. Al contrario, observa esa posibilidad con una mezcla de pragmatismo y calma. “Si me encasillaran en algo tan potente como TWD y eso me permitiera seguir trabajando como actriz… bienvenido sea”. Tampoco siente que ese riesgo tenga demasiado peso en España, donde vive y trabaja habitualmente, pero sí reconoce que ‘Daryl Dixon’ ha sido un nuevo eslabón dentro de una trayectoria que empieza a mirar hacia territorios más amplios. “Sí siento que ha sido otro eslabón más y una oportunidad para abrirme a nuevos mundos, otros proyectos e incluso hacia una proyección internacional”.
Este 2026 la encuentra en un punto especialmente diverso, con proyectos que parecen moverse en direcciones muy distintas. ‘Sandokan’, ‘Drea & Cloe’ y ‘Las Últimas’ no comparten necesariamente un mismo tono ni un mismo lenguaje, pero sí revelan algo sobre el tipo de personajes que suelen llegar a sus manos. “Llegaron en etapas diferentes de mi vida. Es cierto que suelen proponerme personajes de mujeres potentes, fuertes y poderosas… y eso me encanta, por supuesto”. En esa afirmación aparece una de las claves de su recorrido: una carrera construida entre mujeres complejas, procesos exigentes y relatos donde el cuerpo, la identidad y la memoria adquieren un peso central.
En ‘Sandokan’, producción internacional de gran escala donde comparte reparto con Can Yaman, Alexandra se enfrentó a una experiencia completamente distinta a todo lo que había hecho antes. El proyecto la llevó a Roma, la acercó al director Jan Michelini y le exigió aprender el idioma iban, hablado mayoritariamente por un grupo indígena de origen dayak y con alrededor de 700.000 hablantes. “Para mí fue una experiencia completamente diferente. Tuve que aprender a hablar el idioma Iban”, explica. Más allá de la dimensión del rodaje, la actriz destaca la posibilidad de descubrir otros formatos sin perder de vista aquello que une a cualquier producción: el lenguaje común de la interpretación. “Fue una oportunidad para descubrir otros formatos de rodaje, aunque al final todos compartimos el mismo lenguaje. Fue una experiencia muy enriquecedora”.
En el extremo opuesto, ‘Drea & Cloe’ aparece como un proyecto íntimo, autoral y sostenido casi por completo sobre la tensión entre dos personajes femeninos. Dirigida por Álvaro Ortega y protagonizada junto a Natalia Rodríguez, la película le ofreció un tipo de desafío muy distinto: trabajar con recursos mínimos, pero desde una exigencia actoral enorme. “Me atrajo el reto de sostener una historia construida únicamente a través de dos personajes femeninos y la ambición que existe entre ellas”. Para Alexandra, ese tipo de riesgo también forma parte del impulso creativo. “Al ser un proyecto de autor, con recursos mínimos pero con un equipo de una calidad excepcional, me apetecía embarcarme en otra locura más donde se nos exigía muchísimo a nivel actoral”.
Durante el proceso, la actriz no sabía exactamente qué podía salir de aquella experiencia. Como ocurre muchas veces en los proyectos más pequeños, hubo una parte de intuición, confianza y entrega al director. “En ese momento simplemente te dejas llevar e intentas confiar en el director, Álvaro Ortega, pero no tenía ni idea de lo que podía salir de allí”. La respuesta llegó después, durante un visionado con público en Madrid, donde el equipo pudo comprobar el resultado de todo ese esfuerzo. “Ver un resultado tan bonito después de todo el esfuerzo que puso cada una de las personas del proyecto fue una alegría enorme. Ahora, ganas de que llegue el 8 de junio para la premiere y conocer la opinión de la gente”.
Pero si hay un proyecto que conecta de una manera especialmente profunda con su historia personal, ese es ‘Las Últimas’, la obra teatral dirigida por Lucía Miranda que estará hasta el 21 de junio en el CDN, en el Teatro Valle-Inclán de Madrid. La pieza plantea preguntas sobre la herencia, el colonialismo y el vínculo entre España y Filipinas a través de un lenguaje híbrido donde conviven comedia, thriller, drama, verbatim, testimonios reales y varios idiomas, entre ellos tagalog, inglés y castellano. “Planteamos esta reflexión y abrimos una conversación que, a día de hoy, sigue doliendo”, afirma.
Para Masangkay, ‘Las Últimas’ no es solo una obra más dentro de su recorrido teatral. Es un proceso creativo profundamente personal, atravesado por la vulnerabilidad y por una historia que durante mucho tiempo ha permanecido silenciada. “Es la primera vez que me enfrento a un texto de esta manera, con un proceso creativo tan personal de la mano de Lucía Miranda, en un escenario como el del CDN y desde un lugar de mucha vulnerabilidad”. La obra no busca ofrecer una reconciliación cómoda ni resolver de manera sencilla una herida histórica. Su intención, según la actriz, es abrir un espacio de conversación. “Las Últimas tiene algo de inicio de una conversación sobre un tema que ha sido silenciado e invisibilizado tanto dentro de la comunidad española como de la filipina”.
En esa mirada, el teatro se convierte en una herramienta para mostrar aquello que muchas veces no se nombra. ‘Las Últimas’ aborda el vínculo entre España y Filipinas, la herencia y las consecuencias del colonialismo sobre los cuerpos, pero también habla de migración, pertenencia, identidad, clase y patriarcado. Temas concretos, sí, pero también profundamente universales. “Es un proyecto que me toca muy de cerca y que es muy personal, pero que también considero necesario para humanizarnos. Porque no solo habla de migración, sino también de sentido de pertenencia, identidad, clase o patriarcado; temas que nos atraviesan a todos como sociedad y que precisamente son los que nos unen como personas”.
“Creo que la cultura tiene ese poder. Puede replantear perspectivas, fomentar miradas antirracistas y crear imaginarios más justos”
A pesar de moverse con naturalidad entre cine, televisión y teatro, Alexandra no vincula la libertad creativa a un formato concreto. Para ella, el verdadero centro está en el tipo de proyecto, en la historia y en los equipos que la acompañan. “Para mí depende más del tipo de proyecto y de la historia que del formato en sí. También de los equipos y de los procesos creativos”. Esa forma de entender la interpretación revela una relación muy clara con el oficio: la actriz tiene su método, su manera de abordar cada personaje, pero siempre desde una idea esencial. “Como actriz tengo mi metodología y mi manera de enfrentarme a un personaje, pero siempre respetando al verdadero protagonista, que es la historia”.
Esa conciencia también atraviesa su manera de mirar la industria. Como actriz española con raíces filipinas, Masangkay sabe que su cuerpo y su identidad existen dentro de un imaginario muchas veces marcado por prejuicios. “He vivido y seguramente viviré muy vinculada a los prejuicios establecidos por el imaginario construido sobre los cuerpos racializados”. Aun así, también reconoce que ha encontrado directores capaces de ver más allá de esas limitaciones y confiar en su talento. “Aunque es cierto que he podido interpretar personajes muy distintos, también he sentido la confianza de algunos directores que han creído en mi talento. Y eso me ha dado libertad a pesar de las limitaciones”.
Muchos de sus trabajos dialogan con temas que hoy ocupan un lugar central en la conversación social: identidad, memoria, herencia cultural, inmigración y convivencia. Para Alexandra Masangkay, la ficción y la cultura sí pueden contribuir a construir una mirada más humana, siempre que quienes las reciben también asuman su parte de responsabilidad. “Creo que la cultura tiene ese poder. Puede replantear perspectivas, fomentar miradas antirracistas y crear imaginarios más justos”. Pero esa transformación no termina en el escenario ni en la pantalla. Continúa en la forma en que cada persona procesa aquello que ve, escucha y siente. “Al final también es importante qué hacemos como personas con lo que recibimos, cómo nos hacemos cargo y cuánta responsabilidad asumimos”.
En su manera de hablar no hay complacencia, sino una voluntad clara de hacerse preguntas incómodas. De entender por qué siguen existiendo ciertas violencias, pero también de pensar qué papel puede asumir cada uno dentro de una sociedad que necesita mirarse con más honestidad. “Es un momento en el que necesitamos reflexionar y entender por qué suceden las atrocidades que existen, pero también preguntarnos qué puedo hacer yo, como parte de un colectivo y de una sociedad, para contribuir a construir un mundo mejor”.
Quizá por eso el momento actual de la actriz resulta tan interesante. Porque no se trata solo de una celebrity acumulando proyectos internacionales, películas de autor o propuestas teatrales de prestigio. Se trata de una intérprete que parece entender cada trabajo como una forma de conversación. Una conversación con la industria, con el público, con su propia historia y con aquellas memorias que todavía necesitan encontrar un lugar desde el que ser escuchadas.
Créditos:
- Fotografía: Eduardo Miera
- Estilismos: Baptiste Lauron y Elisa Sanz
- Maquillaje: David López
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