Hubo una época en la que una modelo podía ser reconocida únicamente por su nombre de pila. Sin apellidos y sin presentación previa. Naomi. Cindy. Linda. Claudia. No eran solo modelos: eran figuras culturales, casi míticas. Hoy, en plena era de Instagram, el debate está servido: ¿siguen existiendo las supermodelos o el concepto pertenece definitivamente al pasado?

El nacimiento del mito

Durante las décadas de los ochenta y los noventa, revistas impresas como Vogue y Harper’s Bazaar construyeron un imaginario aspiracional al que solo se podía soñar con acceder. El mito de las supermodelos nació dentro de una estructura cerrada y jerárquica, y pronto pasó a dominar las pasarelas, encarnando una era, un ideal y una actitud voraz frente al mundo. Arrasaron de la mano de fotógrafos como Steven Meisel y Peter Lindbergh, y con el respaldo incondicional de diseñadores visionarios, entre ellos Gianni Versace.


Versace sentó las bases de lo que significaba ser una top model, también en términos económicos. Sus bellezas magnéticas, miradas felinas y personalidades arrolladoras no aceptaban menos. Pronto dejaron de ser simples perchas de ropa para convertirse en musas, idolatradas y observadas con devoción. Romances con estrellas de rock que copaban titulares, portadas interminables y apariciones en videoclips como los de George Michael confirmaban que la moda había creado algo más que modelos: había creado ideales femeninos inalcanzables.

Las grandes casas, de Azzedine Alaïa a Dior y Chanel, competían por vestirlas. Cada una representaba un arquetipo distinto: Naomi Campbell, el glamour absoluto con su presencia imponente y su caminar inconfundible; Claudia Schiffer, la sensualidad europea contenida; Christy Turlington, la elegancia intelectual. Viajaban en limusinas con chófer, volaban en aviones privados y se alojaban en suites de hoteles de lujo. Eran, sin discusión, las it girls del momento. Su poder residía en el misterio, en la inaccesibilidad y en el deseo que provoca la distancia.

«No me levanto de la cama por menos de diez mil dólares al día», declaraba Linda Evangelista sin rodeos. Aquella frase, tan icónica como polémica, marcó también el inicio del desgaste. El mismo sistema que las había elevado comenzó a volverse contra ellas. Con la llegada del grunge y una nueva sensibilidad cultural, ya no había espacio para divas ni estrellas. El exceso dejó de ser aspiracional.

Del pedestal al feed

Hoy, aquellos días de champagne y descorches pertenecen más al imaginario que a la realidad. Vivimos en la era de Instagram, el fast fashion y la cultura influencer. La moda se ha democratizado y, con ella, también la idea de la supermodelo. La fama es inmediata, pero frágil; la estructura jerárquica de los noventa quedó atrás. La distancia ya no vende como antes y la relevancia se mide en engagement, no en portadas.

Las redes sociales fragmentaron el fenómeno. Figuras contemporáneas como Kendall Jenner, Adut Akech, Bella Hadid u Olivia Arben no son conocidas únicamente por su trabajo en pasarela. En muchos casos, la visibilidad proviene de la celebridad previa, los vínculos familiares o la narrativa personal. El mito ya no se impone: se construye como relato, se alimenta de cercanía y se sostiene en la exposición constante.

Naomi Campbell no necesitó un post de Instagram para convertirse en leyenda. Hoy, sin embargo, el poder ya no reside únicamente en la pasarela, sino en el discurso, en la capacidad de generar significado y de sostener una identidad en un mundo saturado de imágenes. El icono ha cambiado de forma, pero sigue siendo un reflejo de su tiempo.