Hay conciertos que se disfrutan y otros que se recuerdan. Lo que ocurrió en el Movistar Arena de Madrid con Rosalía pertenece claramente al segundo grupo. La artista inauguró su paso por España con el ‘LUX TOUR’ y lo hizo con una propuesta que desborda lo musical para entrar en un terreno más complejo: el de la experiencia total.
El ambiente ya anticipaba algo distinto. Antes de que comenzara el espectáculo, el recinto estaba atravesado por una estética muy concreta: encajes, blancos impolutos, referencias casi litúrgicas. La música que sonaba —de Jimi Hendrix a Vivaldi— no era casual. Funcionaba como una antesala conceptual que preparaba al público para lo que vendría después. No era un concierto al uso. Era una inmersión.
Cuando el escenario se abrió, lo hizo con una imagen que resumía todo el concepto: una caja de transporte de obra de arte en el centro, como si lo que estuviera a punto de mostrarse no fuera un show, sino una pieza a contemplar. Desde ahí emergió Rosalía, iniciando el recorrido con una puesta en escena que jugaba constantemente entre lo sagrado y lo contemporáneo.
El primer bloque del concierto avanzó con una delicadeza coreográfica que contrastaba con la intensidad sonora. Temas como ‘Porcelana’ o ‘Divinize’ se desarrollaban con una precisión casi escénica, sostenidos por la Heritage Orchestra y bajo la dirección de Yudania Gómez Heredia, cuya aportación resulta clave para entender la dimensión del espectáculo. Aquí no hay base pregrabada que sostenga el show: hay una construcción musical en directo que eleva cada pieza.
Uno de los momentos más impactantes llegó con ‘Mio Cristo Piange Diamanti’, donde Rosalía adoptó una estética que remitía directamente a la iconografía religiosa, reforzando esa constante dualidad entre lo terrenal y lo espiritual que atraviesa todo el concierto. Es una narrativa que no se explica, se percibe.
El segundo acto cambió el tono.
La energía se volvió más oscura, más performativa. Con ‘Berghain’, el escenario se transformó en una especie de aquelarre contemporáneo que evocaba referencias visuales cercanas a Goya, conectando de forma inesperada con el imaginario de ‘MOTOMAMI’. Esa transición permitió integrar temas como ‘SAOKO’, ‘LA FAMA’ o ‘LA COMBI VERSACE’ en una versión completamente reconfigurada, adaptada al lenguaje orquestal del ‘LUX TOUR’.
Lejos de ser un simple repaso de su discografía, el concierto funciona como una reinterpretación de su propio universo.
También hubo espacio para mirar hacia atrás. ‘El redentor’, del álbum ‘Los Ángeles’, introdujo un momento de pausa que permitió a la artista reflexionar sobre su recorrido. Recordó sus inicios en Casa Patas y trazó una línea directa entre aquellos primeros conciertos y las cuatro fechas consecutivas con entradas agotadas en Madrid.
A partir de ahí, el espectáculo se abrió a una dimensión más lúdica.
La interacción con el público tomó protagonismo en momentos como la interpretación de ‘Can’t Take My Eyes Off You’, donde algunos asistentes subieron al escenario. Pero uno de los instantes más comentados llegó con la aparición de SoyunaPringada, que se convirtió en parte activa del show. En una especie de confesión previa a ‘La Perla’, compartió una experiencia personal con ese tono entre humor y crudeza que la caracteriza, culminando con una frase que conectó inmediatamente con el público: “No es un loco, es una perla”.
El tramo final consolidó el carácter híbrido del concierto.
La llamada Art Cam introdujo referencias pictóricas —de Edvard Munch a Vincent van Gogh— mientras Rosalía reaparecía para interpretar ‘Dios es un stalker’ a ras de suelo, rompiendo la distancia con el público. A partir de ahí, el ritmo se intensificó con ‘BIZCOCHITO’ y ‘DESPECHÁ’, dos de los temas más coreados, antes de entrar en el cierre emocional con ‘Magnolias’.
El público, más de 15.000 personas, no asistió solo a un concierto, sino a una propuesta escénica que combina música, narrativa visual y performance. El ‘LUX TOUR’ se presenta como una evolución dentro de la carrera de Rosalía, apostando por un formato que amplía los límites del directo tradicional.
Madrid no fue el inicio. Pero sí uno de esos momentos que terminan definiendo una gira.