• El comunicado de Amaia Montero cierra los rumores sobre su salida de la gira, pero abre una reflexión más incómoda sobre exposición, crítica y responsabilidad.

El regreso de Amaia Montero a La Oreja de Van Gogh sigue escribiéndose entre la emoción, la nostalgia y el ruido. Después de varios días marcados por las críticas a sus conciertos en Bilbao y por las informaciones que apuntaban a un supuesto bajón emocional de la cantante, la artista ha decidido responder directamente desde sus redes sociales. Y lo ha hecho con un comunicado largo, íntimo y cuidadosamente construido, donde desmiente que vaya a abandonar la gira y reivindica una idea que, en medio de la tormenta, se ha convertido en su principal argumento: proteger el propio bienestar también es una forma de supervivencia. 

La frase más clara llega cuando relata la llamada de un amigo íntimo, preocupado por los rumores que aseguraban que podía cancelar el tour. Amaia Montero cuenta que su reacción fue una carcajada y que respondió con un “rotundo no”. Con ese gesto, la cantante busca desmontar el relato de fragilidad extrema que se había instalado alrededor de su regreso. Según su versión, no estaba hundida ni replanteándose su futuro inmediato con el grupo, sino cumpliendo un plan que ya tenía previsto desde hacía semanas: desconectar después de Bilbao, descansar, apartarse del móvil y protegerse del ruido exterior.

El comunicado tiene algo de diario personal. Amaia describe una escena doméstica, casi infantil: llegar de Bilbao, ducharse, recogerse el pelo, ponerse el pijama, dormir “como una niña después de su mejor cumpleaños”, salir al jardín a respirar, comer, volver a la cama, ver series con palomitas y seguir descansando. La imagen busca contraponerse al relato mediático de la artista devastada. Frente al caos de los titulares, ella ofrece una versión mucho más tranquila: la de alguien que decidió apagar el mundo durante unos días para no dejarse arrastrar por él.

Sin embargo, el comunicado no solo desmiente. También responde. Cuando Amaia habla del “ruido y las mentiras de la gente que no lo hace”, introduce una lectura clara: para ella, una parte de lo publicado o comentado no responde a la realidad, sino a una maquinaria de interpretación que se activa cada vez que su nombre vuelve al centro. Y en esa frase hay cansancio, pero también una posición defensiva. Ella no se muestra arrepentida ni derrotada. Se muestra orgullosa. Asegura estar emocionada por lo vivido en Bilbao con 30.000 personas y recupera una frase que pronunció sobre el escenario: “hemos vuelto, hemos vuelto de verdad”.

Ahí está el núcleo de esta nueva etapa: Amaia Montero quiere fijar su propio relato. No el de la cantante que no pudo sostener la presión, sino el de alguien que ha bajado “al infierno” y ha salido de ahí más fuerte. La frase final de su comunicado —“si algo puedo sacar en positivo de bajar al infierno es que te hace prácticamente indestructible”— funciona como una declaración de resistencia. También como una advertencia: no piensa abandonar, no piensa justificarse eternamente y no parece dispuesta a dejar que otros decidan cómo debe vivirse su regreso.

Pero el comunicado, aunque necesario, no borra todas las preguntas. Porque una cosa es desmentir que vaya a dejar la gira y otra distinta es cerrar el debate sobre lo que ocurrió en Bilbao. El público puede reconocer su derecho a descansar, desconectar y proteger su salud emocional, pero también puede exigir un directo a la altura de una gira tan esperada. La empatía hacia una artista no debería convertirse en la obligación de negar lo evidente: hubo críticas porque hubo momentos vocalmente irregulares, porque el regreso se produjo bajo una expectación enorme y porque La Oreja de Van Gogh no vuelve a cualquier escenario, sino al centro emocional de varias generaciones.

La reflexión importante quizá está en ese equilibrio. La artista tiene derecho a no ser triturada por las redes, a no vivir pendiente de cada vídeo, de cada comentario y de cada titular. Pero el público también tiene derecho a opinar sobre un concierto por el que ha pagado una entrada. El problema aparece cuando la crítica se convierte en linchamiento, pero también cuando cualquier cuestionamiento se interpreta como crueldad. Entre ambas cosas existe un espacio más honesto: el de reconocer que una artista puede estar en proceso, que puede necesitar tiempo para recuperar seguridad, pero que ese proceso ocurre ahora frente a miles de personas.

También hay una lectura más amplia sobre la fama. El caso de Amaia Montero vuelve a mostrar cómo las figuras públicas, especialmente las mujeres, siguen siendo observadas con una intensidad casi quirúrgica. Se analiza su voz, su cuerpo, su gesto, su estabilidad, su pasado, su presente y hasta su forma de descansar. Todo se convierte en síntoma. Todo se interpreta. Todo se discute. Y en ese escenario, desconectar no parece un capricho, sino una necesidad. La pregunta es si esa desconexión puede convivir con una gira que exige exposición constante, rendimiento y una narrativa pública inevitable.

El comunicado no es solo una respuesta a los rumores. Es un intento de recuperar el control de una historia que se le estaba escapando. Ella dice que está feliz, orgullosa y preparada para continuar. El público decidirá, concierto a concierto, si ese regreso termina de consolidarse sobre el escenario.

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