Durante la gira de prensa de The Electric State’ en marzo de 2025, Millie Bobby Brown se convirtió, una vez más, en objeto de especulación mediática. Esta vez, no por su trabajo interpretativo, sino por una avalancha de rumores que aseguraban que la actriz se había sometido a cirugía estética. Titulares, comentarios y análisis sobre su rostro inundaron redes y medios, ignorando por completo el impacto humano detrás de esas palabras.

Con el inicio reciente de la nueva promoción de Stranger Things, la intérprete decidió hablar abiertamente sobre cómo vivió aquel periodo. En declaraciones a British Vogue, confesó que la presión fue devastadora: “Estuve deprimida durante tres o cuatro días. Lloraba todos los días”. Una frase breve que revela la magnitud emocional de una exposición constante y deshumanizada.

La actriz no esquivó el debate sobre el papel del periodismo y los paparazzi, reconociendo la existencia de esa dinámica, aunque señalando una línea que no debería cruzarse: “Respeto el periodismo. Entiendo que haya paparazzi, aunque sea invasivo y se sienta fatal… pero no me ataques desde el titular. Eso está mal y es acoso, especialmente para chicas jóvenes que empiezan en esta industria y ya dudan de todo”. Sus palabras apuntan directamente a una práctica que normaliza la violencia simbólica bajo el disfraz de información.

Brown fue aún más clara al señalar el problema de fondo: la incapacidad colectiva de aceptar su evolución. “Por alguna razón, la gente no puede crecer conmigo. Actúan como si tuviera que quedarme congelada en el tiempo… y como no lo hago, ahora soy un objetivo”. Una reflexión que va más allá de su caso personal y expone una obsesión estructural por controlar el cuerpo y la imagen de las mujeres jóvenes en el foco público.

En un contexto donde la conversación sobre salud mental y responsabilidad mediática sigue siendo urgente, el testimonio de Millie Bobby Brown resuena como un recordatorio incómodo: las palabras, los titulares y la mirada pública tienen consecuencias reales. Especialmente cuando quien las recibe aún está aprendiendo a crecer bajo una lupa que rara vez es compasiva.