Si algo ha quedado claro en las pasarelas recientes es que 2026 será el año del sombrero. En un contexto dominado durante demasiado tiempo por la neutralidad extrema y el llamado quiet luxury, compradores y creativos buscan piezas con personalidad, identidad y un punto de excentricidad controlada. El sombrero aparece así como el atajo perfecto hacia la individualidad: un accesorio que transforma cualquier look sin esfuerzo y que funciona casi como una firma personal.
Las colecciones Spring 2026 lo confirman. Firmas como The Row llevan varias temporadas integrando sombreros singulares en su universo minimalista y bohemio, convirtiéndolos en parte esencial de su narrativa estética. A su estela se suman casas como Valentino, Ralph Lauren, Khaite o Toteme, que han elevado el accesorio a categoría protagonista.
Mención aparte merece Dior, donde Jonathan Anderson sorprendió con sombreros tricornio inspirados en el legado de John Galliano, demostrando que el archivo histórico puede reinterpretarse con ironía y fuerza contemporánea.
Para quienes buscan piezas realmente especiales este invierno, el radar se amplía más allá de las grandes casas. Sombrereras consagradas como Gigi Burris o Esenshel conviven con nombres más actuales y experimentales como Ilana Blumberg o Emily Dawn Long, favorita del downtown neoyorquino por su enfoque artesanal y desenfadado.
Entre los modelos que marcan la temporada destacan gorras planas en terciopelo, gorros de lana virgen, sombreros de cachemira y seda, versiones en piel de oveja y diseños con plumas, volúmenes exagerados o acabados táctiles que apelan tanto a lo sensorial como a lo visual. Firmas como Loro Piana, Chloé, Nour Hammour o Valentino convierten el sombrero en un objeto de deseo, capaz de elevar incluso el look más sobrio.
Más que una tendencia pasajera, el auge del sombrero en invierno 2026 habla de un cambio de actitud. En tiempos de estética repetida y fórmulas previsibles, este accesorio vuelve a ocupar su lugar como símbolo de carácter, autenticidad y libertad estilística. Porque, a veces, basta un buen sombrero para decirlo todo sin necesidad de hablar.