En medio de una emergencia humanitaria que Naciones Unidas califica como “intolerable”, las fuerzas israelíes interceptaron el barco Madleen, que intentaba alcanzar la Franja de Gaza con un pequeño cargamento de ayuda humanitaria. A bordo viajaban 12 activistas internacionales, incluida la activista climática Greta Thunberg y una diputada francesa. Según la propia Thunberg, el grupo ha sido “secuestrado” por Israel, que los mantiene detenidos mientras el barco se dirige al puerto de Ashdod.
La operación ha generado una oleada de críticas. Mientras el Ministerio de Exteriores israelí minimizaba la acción calificándola de “yate para selfies”, voces internacionales denuncian una estrategia sistemática para bloquear cualquier intento de asistencia independiente a Gaza. “Israel no solo impide la entrada de ayuda, también criminaliza a quienes intentan entregarla”, declaró un portavoz de la Autoridad Palestina.
Gaza, tras más de tres meses de bloqueo casi total, vive una catástrofe humanitaria. El actual sistema de distribución impulsado por la Gaza Humanitarian Foundation (GHF) —una entidad respaldada por Israel y EE. UU.— ha sido cuestionado por su escasa eficacia y por obligar a la población civil a cruzar zonas devastadas por el conflicto para acceder a raciones básicas. La propia ONU advierte que la población palestina enfrenta “la elección más cruel: morir de hambre o arriesgar la vida por comida”.
El fin de semana, al menos cuatro palestinos murieron por disparos israelíes cerca de un punto de reparto. Son solo las últimas víctimas de un sistema que muchos describen como insostenible y deshumanizante. Desde Downing Street, el gobierno británico ha pedido que la situación del Madleen se resuelva “con contención”, pero se mantiene la falta de presión efectiva sobre Israel.
Lo ocurrido con el Madleen evidencia no solo el nivel de aislamiento que sufre Gaza, sino también la creciente frustración internacional frente a un bloqueo que se extiende sin horizonte de solución.