- El regreso más esperado del pop español volvió a llenar un pabellón, pero no logró apagar del todo las conversaciones sobre el estado artístico de Amaia Montero.
Tres noches consecutivas con el cartel de “sold out” en el aforo máximo del Movistar Arena de Madrid parecen dejar algo claro: el público ya ha emitido su veredicto emocional sobre el regreso de La Oreja de Van Gogh con Amaia Montero. Tras meses de rumores, polémicas y una gira marcada por el ruido mediático desde sus accidentadas primeras fechas en Bilbao, la banda volvió a subirse al escenario ante un recinto repleto, sostenida por una mezcla de nostalgia, expectación y un vínculo sentimental difícil de igualar en el pop español.
Pero una cosa es el éxito comercial y otra el estado real del espectáculo. Y Madrid volvió a dejar una sensación ambivalente.
La mejora respecto a Bilbao fue evidente. Amaia Montero se mostró más cómoda, más presente y vocalmente algo más estable. Hubo menos desconexión y más control en momentos clave del repertorio. Sin embargo, el concierto también confirmó algo que ya venía sobrevolando esta gira: la cantante aún está lejos de recuperar la seguridad escénica y vocal que marcó la época dorada del grupo.
Durante varios temas se produjeron olvidos de letra, algunos resueltos con naturalidad y complicidad con el público, otros más visibles. También persistieron caídas de intensidad vocal y frases que parecían quedarse sin apoyo o terminar antes de tiempo, obligando en determinados pasajes a que los coros sostuvieran gran parte del cuerpo melódico de canciones especialmente exigentes. La garganta de Amaia no ofrece hoy la elasticidad ni la potencia de hace dos décadas, algo comprensible tras años de desgaste, pausas y dificultades personales, pero igualmente perceptible sobre el escenario.
Hubo incluso momentos de humor involuntario que ayudaron a rebajar la tensión. Después de ‘Rosas’, cuando parte del Movistar Arena comenzó a corear “Amaia, Amaia, ¡te quiere todo el mundo!”, la artista respondió con ironía a un público completamente entregado: “¡Os habéis ido de tono!”. La frase, mitad broma, mitad complicidad, resumió bastante bien el clima de la noche: un auditorio dispuesto a acompañarla incluso cuando la perfección no aparecía.
Porque si algo quedó claro en Madrid es que el regreso de Amaia Montero ya no se sostiene exclusivamente desde lo musical. Existe una narrativa emocional enorme alrededor de su vuelta. La propia cantante lo verbalizó durante el show: “No tenéis ni idea de las veces que hemos soñado con esto y el regalo tan maravilloso que es estar aquí con vosotros”. Después de años de silencio, exposición mediática, dificultades personales y un proceso de recuperación pública, volver a pisar un escenario de estas dimensiones ya constituye, en sí mismo, una victoria.
Eso no significa que no existan cuestiones mejorables. El apartado estilístico, por ejemplo, abrió también conversación. Los nuevos vestuarios parecían buscar una renovación visual para esta etapa, pero no terminaron de encontrar una identidad clara ni de conectar con el imaginario emocional que gran parte del público asocia a La Oreja de Van Gogh y a la propia Amaia. En algunos casos, el resultado se sintió más desconectado del relato nostálgico del tour que alineado con él.
Aun así, el dato es incontestable: tres Movistar Arena completamente llenos no suceden por casualidad. El fenómeno sigue intacto. El público canta cada palabra, sostiene los silencios, completa frases olvidadas y parece dispuesto a conceder tiempo. Quizá esa sea la verdadera fotografía del momento: un regreso imperfecto, emocionalmente poderoso y todavía en construcción.
Porque la gran pregunta ya no es si Amaia Montero puede volver. Ya ha vuelto. La incógnita real es cuánto de aquella voz —y de aquella seguridad— logrará recuperar con el paso de la gira.
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