- El regreso de Amaia Montero con La Oreja de Van Gogh ha pasado de la nostalgia colectiva al debate más incómodo de la música española.
La vuelta de Amaia Montero a La Oreja de Van Gogh estaba llamado a ser uno de esos momentos diseñados para emocionar: la voz original de una de las bandas más importantes del pop español, de nuevo frente a miles de personas, casi dos décadas después de su salida. Sin embargo, lo que debía ser una celebración terminó convertido en una tormenta de críticas, decepción y preguntas difíciles. Según contó el reportero Álex Álvarez en Telecinco, el entorno de la cantante asegura que Amaia Montero está “absolutamente devastada” tras la reacción del público y las redes, hasta el punto de plantearse si será capaz de continuar toda la gira.
La propia artista habría respondido al aluvión de comentarios con una frase que resume su estado emocional: “Estáis siendo tan duros, crueles y totalmente destructivos como lo fuisteis hace un tiempo atrás”. Sin embargo, su petición de empatía llega en un contexto especialmente incómodo por todo lo que rodeó la salida de Leire Martínez de La Oreja de Van Gogh. Según se ha publicado en medios, el regreso de Amaia Montero habría estado marcado por un supuesto ultimátum dentro del grupo: “Ella o yo”. De ser así, resulta difícil no señalar la contradicción. Porque ahora Amaia pide comprensión, sensibilidad y cuidado, pero esa misma empatía no pareció existir hacia Leire, una cantante que sostuvo a la banda durante diecisiete años y que terminó quedando fuera justo antes de esta nueva etapa. Pedir respeto cuando una misma no lo ha demostrado públicamente hacia quien ocupó ese lugar durante casi dos décadas no solo suena contradictorio: también alimenta la sensación de que el relato victimista llega demasiado tarde y demasiado convenientemente. Las redes pueden ser despiadadas y nadie debería convertir la fragilidad de una persona en espectáculo. Pero también es cierto que un escenario no es un refugio privado: es un compromiso profesional con un público que ha pagado una entrada, ha esperado años y merece una actuación a la altura.
El debate no nace únicamente de una mala noche. Amaia Montero reconoció en pleno concierto que lo había hecho “fatal”, después de una actuación marcada por fallos, desafinaciones y momentos de desconexión con algunas canciones. Y ahí está el punto incómodo: cuando una artista vuelve con una gira de esta magnitud, la emoción no puede ser el único argumento. La nostalgia llena recintos, pero no sostiene una gira si la ejecución no responde a las expectativas mínimas de un directo profesional.
La herida de Leire Martínez también forma parte de este regreso. La cantante, que formó parte de La Oreja de Van Gogh durante diecisiete años, rompió a llorar en un concierto en Argentina al reconocer que no pensaba que el inicio de la nueva gira del grupo le afectaría tanto. Su reacción añade una capa incómoda al relato: la empatía que hoy reclama Amaia Montero también debería alcanzar a quienes quedaron fuera de esta nueva etapa.
La pregunta, entonces, no es si Amaia Montero merece respeto como persona. Lo merece. La pregunta es si está preparada para liderar una gira de estas dimensiones ahora mismo. Y la respuesta, viendo el arranque, no parece tan evidente. Si el escenario la expone hasta el punto de hundirla emocionalmente y si el público percibe que la actuación no está cuidada, quizá lo más honesto no sea insistir por orgullo, sino detenerse, revisar el proyecto y asumir que no todo regreso debe convertirse en gira.
Porque pedir comprensión no exime de responsabilidad. Amaia Montero puede estar atravesando un momento vulnerable, pero el público también tiene derecho a sentirse decepcionado. No se trata de destruirla, sino de decir algo que en la industria muchas veces se evita por miedo a parecer cruel: no basta con volver, hay que estar en condiciones de hacerlo. Y si no lo está, quizá retirarse temporalmente no sería un fracaso, sino el único gesto verdaderamente respetuoso con ella misma, con la banda y con quienes compraron una entrada esperando reencontrarse con una voz que, por ahora, parece no haber vuelto del todo.
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