El mundo del arte despide a una de sus creadoras más influyentes y reconocibles. Yayoi Kusama ha muerto a los 97 años en un hospital de Tokio, poniendo fin a una extraordinaria trayectoria que convirtió a la artista japonesa en una figura fundamental del arte contemporáneo y llevó sus inconfundibles lunares, calabazas e instalaciones infinitas a museos de todo el planeta.
La noticia fue comunicada el miércoles 26 de agosto por el Museo Yayoi Kusama y la Fundación Yayoi Kusama, que confirmaron que el fallecimiento se había producido el pasado 14 de agosto de 2026. Por el momento, no se ha hecho pública la causa de su muerte.
En su despedida, ambas instituciones recordaron una existencia completamente entregada a la creación y destacaron que Kusama continuó trabajando prácticamente hasta el final. “Siguió pintando hasta sus últimos días, sin dejar nunca el pincel”, señalaron en el comunicado.
Su historia artística comenzó muy lejos de las enormes exposiciones internacionales que décadas después atraerían a millones de visitantes. Nacida en Matsumoto, Japón, en 1929, Kusama desarrolló una personalidad creativa radicalmente personal que terminaría atravesando fronteras, disciplinas y generaciones.
Después de iniciar su carrera en el Japón de posguerra, se trasladó a Estados Unidos y se instaló en Nueva York, donde durante las décadas de 1950 y 1960 entró en contacto con algunas de las grandes transformaciones culturales de la época. Allí experimentó con pintura, escultura, instalaciones y performances mientras construía un lenguaje imposible de confundir con el de cualquier otro artista.
Los lunares de Yayoi Kusama terminaron convirtiéndose en una de sus grandes señas de identidad. Repetidos obsesivamente sobre lienzos, objetos, cuerpos y espacios completos, dejaron de funcionar como un simple recurso decorativo para convertirse en una exploración de conceptos como la repetición, la desaparición del individuo y el infinito.
Esa búsqueda alcanzó probablemente su expresión más popular mediante las célebres Infinity Mirror Rooms. Estas instalaciones utilizan espejos, luces y elementos repetidos para introducir al espectador dentro de escenarios aparentemente interminables. La experiencia transformó la contemplación tradicional de una obra en algo completamente inmersivo y convirtió sus exposiciones en fenómenos internacionales.
Pero reducir su legado a esas salas sería ignorar la enorme amplitud de una carrera desarrollada durante décadas. Kusama trabajó con pintura, escultura, literatura, poesía, moda y performance, además de realizar intervenciones públicas que cuestionaron algunas de las convenciones sociales y artísticas de su tiempo.
Sus características esculturas, sus motivos orgánicos y sus famosas calabazas ampliaron todavía más un universo visual que logró algo excepcional: resultar inmediatamente accesible para el gran público sin perder su posición dentro de las principales instituciones artísticas internacionales.
Con los años, su influencia también desbordó los museos. El lenguaje de Kusama llegó a la moda, el diseño y la cultura popular mediante exposiciones multitudinarias y colaboraciones que acercaron su imaginario a nuevas generaciones.
Su reconocimiento internacional continuó creciendo incluso durante las últimas décadas de su vida. Mientras otros artistas alcanzan su mayor notoriedad retrospectivamente, Kusama permaneció activa y culturalmente relevante a una edad extraordinariamente avanzada.
La institución responsable de preservar su legado ha prometido continuar defendiendo esa visión. En su comunicado aseguró que llevará adelante los deseos de la creadora y buscará, mediante el arte, “seguir llevando esperanza y fuerza para el futuro a personas de todo el mundo”.
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