El debut de Pierpaolo Piccioli en Balenciaga durante la Semana de la Moda de París marcó un antes y un después para la firma. Lejos de romper con el pasado, el diseñador italiano decidió rendir homenaje a la herencia de Cristóbal Balenciaga, recuperando el espíritu arquitectónico y la pureza de líneas que definieron al creador español, mientras integraba guiños a las etapas de Nicolas Ghesquière y Demna, hoy al frente de Louis Vuitton y Gucci respectivamente.
El desfile, que reunió a figuras como Isabelle Huppert, Kristen Scott Thomas, Anne Hathaway, FKA Twigs y Meghan Markle, comenzó con una imagen potente: un vestido saco negro sin mangas acompañado por gafas angulosas, casi futuristas. Desde ese instante, el mensaje fue claro: minimalismo, fuerza y herencia.
Piccioli reinterpretó piezas icónicas de la casa, como el legendario vestido nupcial de 1967 —ahora convertido en camiseta, camisa blanca y capa de cuero—, así como las siluetas globo, que regresaron en faldas y vestidos de piel negra con un dramatismo contemporáneo. También hubo un cruce interesante entre la elegancia clásica de Balenciaga y la energía urbana de Demna, visible en bermudas holgadas de mezclilla o caqui y vaqueros de corte ancho.
Las referencias a la era Ghesquière también se hicieron notar con los sombreros de montar altos y los abrigos ovalados de botones grandes, además de versiones maxi y mini del mítico Le City Bag, el primer “it bag” de 2001. Sin embargo, el sello de Piccioli dominó la pasarela: volúmenes escultóricos, sensualidad controlada y un uso majestuoso del color.
El diseñador, que reaparece tras su salida de Valentino, recuperó el vestido saco de 1957 —pieza revolucionaria por liberar a las mujeres de los corsés estructurados— y lo convirtió en símbolo de un nuevo comienzo para la firma. “Ese vestido sigue siendo relevante porque representa la libertad”, declaró tras el show.
La colección de primavera 2026 de Balenciaga reafirma la vigencia del legado de Cristóbal, con tejidos tipo gazar reinterpretados para aportar ligereza, estructura y poesía visual. Un equilibrio entre respeto y reinvención que consolida a Piccioli como el guardián ideal del nuevo capítulo de la maison.