Todos en sus puestos a primera hora de la mañana en la madrileña Plaza de la Villa de París, donde este miércoles solo se esperaba la llegada de un coche azul con un señor en traje. Los más madrugadores han empezado a apostarse a las puertas de la Audiencia Nacional a partir de las seis, para tenerlo todo listo a la hora señalada. Algunos preparaban vallas amarillas y cordones, otros cámaras y micrófonos. Incluso los había que calentaban la voz y afinaban instrumentos.

A la cita han acudido los de siempre, cada uno a hacer su trabajo. Todos los que tenían que estar, y los que siempre están aunque nadie los llame. Tanto allí, en el 18 de la calle Génova, como en los platós de televisión, los estudios de radio, y las redacciones, solo se hablaba y se escribía del que estaba cruzando las calles de Madrid en un coche azul, el protagonista del día: el primer expresidente del Gobierno que declara como imputado en España. Al otro lado de las radios de los que sufren el atasco de cada mañana, y de las pantallas de los que pueden apurar unas horas más en casa, había un país pendiente de una puerta.

Un poco antes de la hora marcada, las nueve de la mañana, cada uno de los presentes ya estaba haciendo lo suyo. Entre las primeras crónicas en directo y las conversaciones, no ha tardado en surgir el ruido. Los que no fallan a una cita en los tribunales, que además tienen un asiento en el interior de la sala en la que se juzga el caso Plus Ultra -y en casi todos los que afectan al Partido Socialista-, se habían preparado también en la puerta.

El camino hasta el juzgado desde la plaza de Colón, a unos minutos a pie, era un reguero de pistas de la ‘performance’ orquestada por HazteOir, la asociación ultracatólica que ejerce la acusación popular en la causa junto a Vox, el Partido Popular, y otras organizaciones similares. Carteles, pegatinas y hasta un camión negro que daba vueltas sin parar al edificio con una pantalla. Ya en la plaza de la Villa de París, un puñado de ‘indignados’ armados con pancartas y megáfonos, gritando al que, a esa hora, seguía en algún semáforo de la capital en el coche azul.

Solo han dejado de hacer ruido cuando, de golpe, ha empezado a sonar la música. A cargo de la función, el quinteto de cuerdas y vientos metales que la asociación ultra ha apostado en el paseo que da a la Audiencia Nacional. La atención al chascarrillo de la orquesta que toca mientras el barco se hunde ha durado apenas unos segundos, porque los ojos estaban puestos en el lado contrario. Sin embargo, esta metáfora cumplirá su objetivo real, que no es otro que encender el fuego que arde en las redes sociales y en las casas del país, por la gravedad que ya tiene de por sí lo que se juzga en el interior de la Audiencia Nacional a partir de este miércoles.

La llegada de Zapatero

Los minutos pasaban con todos los ojos puestos en un semáforo. Ocho menos diez. “Ahí viene”. La barrera de la Audiencia Nacional se levantaba y el esperado coche azul avanzaba hasta la puerta. De su interior ha salido el protagonista del día, y probablemente del año. José Luis Rodríguez Zapatero se giraba sonriente hacia el corralito, a unos diez metros de distancia, donde todas las cámaras apuntaban a él y los periodistas lanzaban preguntas que no esperaban respuesta. Acto seguido, el expresidente enfilaba las escaleras de la Audiencia Nacional, camino a su declaración como investigado por cuatro delitos.

Lo que ha ocurrido este miércoles a las ocho menos diez se esperaba desde hace semanas. Fue el 19 de mayo cuando el juez José Luis Calama, que interroga a Zapatero, le imputó por blanqueo de capitales y tráfico de influencias, y la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal (UDEF) de la Policía Nacional registró su despacho, en la calle Ferraz, y otros domicilios relacionados con la trama del caso Plus Ultra.

La noticia sacudió al país entero, pero especialmente a la acera de enfrente a la del despacho del expresidente, donde se ubica la sede del Partido Socialista, y a pocos kilómetros, al Palacio de la Moncloa. En estos lugares, la espera hasta lo que ha ocurrido esta mañana ha sido una agonía lenta y dolorosa, que en principio iba a terminar hace quince días, pero que se aplazó por la enorme extensión del sumario de la causa, que se conoció una semana más tarde.

La imputación de un expresidente del Gobierno, y de un valioso activo electoral de su titular actual, Pedro Sánchez, fue el primer trueno de una tormenta judicial que no ha parado de descargar desde entonces. Entre el caso Leire y las causas contra familiares del presidente, Ferraz optó por resistir el huracán, y se encomendó lo que pase este miércoles -y, si es necesario, este jueves- dentro de la Audiencia Nacional.

Calama blinda la Audiencia Nacional

El interrogatorio será más corto de lo esperado, pues Zapatero solo va a responder a las preguntas del juez Calama y de su abogado, y rechazará contestar a la Fiscalía Anticorrupción y las acusaciones populares. Se espera también que el expresidente se acoja a su derecho a no declarar sobre todo lo que tenga que ver sobre las joyas que la UDEF incautó en su despacho, por las que el instructor abrió el pasado viernes una pieza separada por delito fiscal y contrabando. Su defensa solicitó aplazar esa parte de su declaración ante la premura, a la espera de presentar una pericial diferente a la ordenada por el juez, que tasó el ajuar en 1,3 millones de euros, pero el magistrado lo rechazó.

Una vez que Zapatero ha entrado al juzgado, la comitiva que le esperaba se ha empezado a disolver. La temprana noticia de que Calama ha ordenado quitar los móviles a las partes, significa que, hasta que termine el interrogatorio, se sabrá poco de lo que diga el expresidente. De momento, a la salida solo le esperan las cámaras, algunos con micrófono, y sobre todo los de la pancarta y el megáfono, que resistirán incombustibles el paso de las horas.

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