El Mundial de fútbol 2026 ya está en marcha en Estados Unidos, México y Canadá, pero el verdadero espectáculo no siempre está sobre el césped. Hace muchos años que el deporte rey se ha escorado hacia el negocio, el dinero, el poder y la influencia social y política, alejándose de aquella idea casi romántica de esfuerzo físico, pertenencia y competición pura. El torneo más grande de la historia confirma esa deriva: una colosal batalla de geopolítica que sitúa los despachos financieros por delante de los valores deportivos.

Este modelo de fútbol-negocio no es un fenómeno aislado de las selecciones. Es el reflejo directo de la filosofía corporativa que grandes magnates han inoculado en el día a día de los clubes. Figuras tan influyentes como Florentino Pérez, al frente del Real Madrid, o Nasser Al-Khelaïfi, propietario del talonario infinito del Paris Saint-Germain, representan esa metamorfosis en la que las entidades deportivas operan como multinacionales obsesionadas con el mercado global, las marcas y la influencia en las altas esferas del poder.

Las consecuencias de esta globalización salvaje se reflejan también en los contrastes de la propia competición, donde conviven dos historias caribeñas que estremecen al continente americano. Por un lado, el regreso de Haití a la máxima cita planetaria tras 52 años de calvario; un milagro indescriptible protagonizado por futbolistas que compiten en el exilio porque la violencia extrema de las bandas impide disputar partidos en su propio suelo. Por otro, la asombrosa clasificación de Curazao, una pequeña isla caribeña de apenas 150.000 habitantes que se ha convertido en el territorio autónomo más pequeño de la historia en clasificarse para una Copa del Mundo, superando el récord que ostentaba Islandia.

Ver las calles de Puerto Príncipe o de Willemstad celebrando sus billetes mundialistas recuerda la esencia más pura del juego, pero también expone cómo el fútbol siempre ha sido el tablero favorito del poder. El romanticismo de estas pequeñas naciones choca de frente con la cruda realidad de un negocio escorado hacia el dinero y el control.

La FIFA utiliza este escenario ampliado a 48 selecciones para inflar sus cuentas con derechos de televisión y estadios blindados, asegurándose ingresos récord mientras se arrodilla ante los despachos presidenciales. La sumisión del negocio del fútbol ante el poder político alcanzó su punto más esperpéntico desde el sorteo oficial del campeonato. En un escenario que rozó el delirio, el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, se sacó de la manga un inédito “Premio de la Paz” para entregárselo en mano a Donald Trump.

Ver al líder de la FIFA colgarle una medalla de oro al cuello a un Trump eufórico - quien no dudó en afirmar ante el micrófono que él “había salvado decenas de millones de vidas” - supuso el definitivo lavado de cara institucional de un torneo que, antes de que rodara el balón, ya había vendido sus principios al mejor postor de la Casa Blanca.

Esta colonización política no es una novedad. Es la misma constante que trituró la identidad comunitaria de clubes históricos como el Cruzeiro de Brasil, nacido en 1921 como Palestra Itália y obligado por decreto presidencial a borrar su nombre durante la Segunda Guerra Mundial por orden del gobierno de Getúlio Vargas.

Desde aquella censura de los años cuarenta hasta el compadreo institucional de Gianni Infantino, el veredicto es idéntico. Cuando el negocio devora al balón, la esencia del juego se apaga para certificar que el fútbol actual es, por encima de todo, el mayor tablero de influencia de los grandes poderes mundiales.

 

Diego Ruiz Ruiz es militante del PSOE de Toledo capital

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