Nunca hubiera querido escribir estas líneas, y hoy lo hago con un nudo en la garganta. Despedir a Carlos Hernández para mí, no es solo decir adiós a uno de los periodistas más brillantes que he conocido, es despedirme de un amigo, de un maestro y de la persona que apostó por mí cuando otros no lo hicieron. No es solo despedirme de un estratega político excepcional, o un escritor de éxito; es ver partir para siempre a quien me enseñó, con su ejemplo, que la integridad no es una pose, sino una forma de estar en el mundo.

Porque si algo definía a Carlos era ser un tipo íntegro de los pies a la cabeza. Un tío de una sola pieza. Pensaba, decía y hacía lo mismo, incluso cuando eso tenía un precio. Especialmente si lo tenía.

Carlos era una lección constante de coherencia, honestidad y fortaleza moral. Valiente como pocos, siempre cuestionaba e interpelaba al poder. Y eso exige mirar al miedo de frente y no rendirse. Como hacía el bueno de Carlos.

Lo vi de cerca en 2003 cuando yo trabajaba en los informativos de Antena 3, mientras en Bagdad, un tanque estadounidense disparó contra el Hotel Palestina donde solo se alojaba la prensa internacional. Carlos estaba allí cuando se produjo aquel disparo que acabó con la vida de José Couso, cámara de Telecinco, asesinado mientras hacía su trabajo. Carlos, ejercía entonces como corresponsal de Antena 3, junto a su cámara, Jesús Quiñonero, y se encontraban junto al equipo de Telecinco, que formaban Jon Sistiaga y el propio Couso, en la habitación que recibió el impacto del proyectil disparado por el blindado norteamericano. Tras la muerte de José, Carlos tuvo la dignidad y la humanidad de cubrir las crónicas para los informativos de Telecinco. Un gesto profesional y ético que no fue bien recibido en su propia cadena. Aquel terrible episodio marcó su vida.

Carlos nunca edulcoró la guerra. En sus crónicas contaba siempre con pelos y señales lo que ocurría allí, y señaló sin ambages la responsabilidad política de José María Aznar, que como presidente del Gobierno apoyó la invasión ilegal de Irak.

Aquello tuvo consecuencias. A Carlos lo despidieron de Antena 3 meses después cuando llegó aquel ERE infame; una operación de control televisivo perpetrada por el gobierno de Aznar. Carlos pagó el precio de decir la verdad.

Tampoco olvidaré nunca una mañana de abril de 2004, después de las elecciones y del horror del 11M. Carlos y yo nos cruzamos por casualidad en la calle y me invitó a un café. Allí me confesó que Pepe Blanco, entonces secretario de Organización del PSOE, le había llamado para ofrecerle la dirección de Comunicación del partido. Y, sin dudarlo, me propuso acompañarle. Desde entonces, hasta hoy. Gracias maestro.

Carlos era de esas personas que brillan haga lo que haga. Como corresponsal de guerra fue, sencillamente, el número uno. Como director de comunicación política, probablemente, el mejor que ha pisado la política española. Y como escritor, un triunfador indiscutible. Ahí quedan sus libros, “Los últimos españoles de Mauthausen”, o “Los campos de concentración de Franco”, reeditados una y otra vez, porque la memoria histórica, de la que fue un defensor incansable, cuando se cuenta con rigor y valentía, encuentra siempre lectores.

Carlos fue siempre contestatario con el poder, fiel a sus valores, y digno incluso en la adversidad. Nos enseñó a muchos que no hay éxito profesional que valga la renuncia a la conciencia, y que la verdad, aunque incomode, merece ser contada.

Hoy me despido de él con tristeza, pero también con gratitud. Porque mientras haya quienes sigamos intentando estar a la altura de su ejemplo, Carlos Hernández no se habrá ido del todo.

Ángel Faus Alcaraz