España no tiene el mismo verano que hace treinta años. La imagen se repite cada junio, julio y agosto: termómetros disparados, noches sin tregua, ciudades convertidas en islas de calor y una sensación cada vez más extendida de que el verano ya no es solo una estación, sino una prueba de resistencia. Los datos confirman lo que la ciudadanía percibe en la calle: la temperatura media estival ha aumentado casi 2ºC en apenas tres décadas.
Según un análisis publicado por Eltiempo.es, España ha pasado de registrar una temperatura media de 22,3ºC en el verano de 1994 a 24ºC en 2025. La diferencia puede parecer pequeña en una conversación cotidiana, pero en términos climáticos supone un salto enorme. No hablamos de una anomalía aislada ni de un verano especialmente caluroso: hablamos de una tendencia sostenida que encaja de lleno en los efectos del cambio climático.
El estudio, elaborado a partir de datos del trimestre estival - junio, julio y agosto - entre 1990 y 2025, muestra una evolución clara. Los cuatro últimos veranos han sido los más cálidos registrados en España desde que existen datos comparables. La fotografía es contundente: el calor extremo es cada vez más frecuente, más intenso y más extendido.
La barrera de los 35ºC, que antes marcaba episodios duros pero más acotados, se supera ahora con una frecuencia sin precedentes. Desde 2020 se ha producido un salto especialmente acusado, con 2022 y 2025 como los años con más días por encima de ese umbral. Lo mismo ocurre con los 40ºC, temperaturas que hace tres décadas eran excepcionales o inéditas en muchas zonas y que ahora forman parte del paisaje habitual de los veranos más recientes.
Menos noches frescas, más desigualdad climática
El problema no termina cuando cae el sol. De hecho, una de las señales más preocupantes está en las noches. Las noches tropicales, con mínimas por encima de los 20ºC, y las noches tórridas, con mínimas superiores a los 25ºC, han alcanzado en 2025 su máximo histórico. Al mismo tiempo, las noches frescas, aquellas que bajaban de los 15ºC y permitían recuperar el cuerpo después de una jornada de calor, han caído hasta mínimos.
Esta pérdida de descanso térmico no afecta a todo el mundo por igual. Golpea más a quienes viven en viviendas mal aisladas, a quienes no pueden permitirse encender el aire acondicionado, a las personas mayores, a trabajadores expuestos al calor y a barrios con menos zonas verdes. Por eso, hablar de crisis climática no es hablar de un problema abstracto: es hablar de salud pública, de desigualdad y de modelo de país.
Los datos también desmontan una idea vieja: que el calor extremo era cosa del sur. La cornisa cantábrica, tradicionalmente vista como refugio frente a los veranos más duros, registra ya temperaturas medias estivales por encima de los 20ºC en amplias zonas. El calor se ha extendido por todo el territorio y obliga a mirar más allá de la anécdota meteorológica.
La respuesta pasa por acelerar la transición ecológica, reducir emisiones, impulsar las energías renovables, adaptar las ciudades al calor, mejorar la eficiencia energética de las viviendas y reforzar los servicios públicos ante episodios extremos. No se trata solo de cambiar la forma de producir energía, sino de proteger la vida cotidiana frente a un clima que ya ha cambiado.
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