El found footage (metraje encontrado) es uno de los recursos narrativos más apasionantes en el cine de terror. Su formato ofrece una experiencia de visionado más inmersiva a los convencionales, pues parece diluir la ficción y convertir al espectador en testigo de una desgracia. 

Aunque ya existían películas que utilizaban esta técnica, la primera en popularizarla en cine de terror fue Canibal Holocaust (Holocausto Caníbal), que generó tanto escándalo que llevó a su director, Ruggero Deodato, a los tribunales. En tan solo diez días, todas las copias habían sido confiscadas por un juez y se expandió el rumor de que Deodato fue condenado por asesinato, debido a que la gente llegó a pensar que se trataba de una película snuff.

El punto de inflexión llegó diecinueve años después con The Blair Witch Project (El proyecto de la bruja de Blair). Su campaña de marketing fue innovadora, pero también polémica, ya que hizo creer al público que se trataba de un documental. El engaño incluyó páginas web y falsos informes policiales. Además, los protagonistas utilizaron sus nombres reales, lo que llevó a que fueran considerados desaparecidos e incluso muertos en foros de internet.

El gran boom comercial llegó en 2007 con Paranormal Activity, demostrando que con tan solo dos personajes y un escenario se podía generar una atmósfera aterradora, así como la sugestión del espectador. Su éxito fue tan rotundo que reformuló el modelo de producción de bajo presupuesto en Hollywood. Ese mismo año, en España se estrenaba [REC], un ejercicio de tensión y ritmo asfixiante que convertía un edificio de Barcelona en foco de infección zombie. La película no sólo funcionó en taquilla, sino que recibió buenas críticas y en cuestión de un año se rodaba Quarantine, su remake de Hollywood.

Todos estos títulos contribuyeron a que el found footage comenzara a ser un formato que también se podía explotar en producciones con mayor presupuesto como Cloverfield, As Above so Below o The Sacrament, llenando salas en busca de vivir una invasión alienígena en Nueva York o el descenso al infierno bajo París. También dio pie a la incursión en este formato a directores consagrados, como fue el caso de M. Night Shyamalan en La Visita (The Visit).

De todas formas, aunque nos encante ver un exorcismo que parezca real pero rodado como si estuviera grabando un amigo nuestro, lo cierto es que el mayor encanto de los metrajes encontrados es que permiten hacer grandes películas con muy bajo presupuesto. Es el ejemplo de títulos como Lake Mungo, Noroi, Creep o Hell House LLC., entre muchos otros.

Pero este recurso no solo fue popular en el cine de terror, aunque sin duda es donde más se ha explotado y se sigue explotando actualmente. Durante la década de los 2010 tuvimos comedias gamberras como Project X, comedias con viajes temporales como Project Almanac o la historia de un grupo de amigos que comienzan a tener super poderes como vemos en Chronicle. Todas ellas simulaban ser cintas grabadas por los integrantes del grupo.

Ahora el found footage vuelve a la gran pantalla con Shelby Oaks, una película que maneja la nostalgia de los 2000 y la cultura de internet. La premisa es tan reconocible como efectiva: una youtuber especializada en lo paranormal desaparece, y a través de las grabaciones y la investigación de su hermana iremos reconstruyendo qué ocurrió realmente. Terror sobrenatural, tintes de mockumentary, atmósfera sombría y una narrativa que juega con el imaginario digital contemporáneo conforman una experiencia que, como dicta la tradición del subgénero, se disfruta más cuanto menos se sepa de antemano.

¿Estamos ante el regreso definitivo del found footage a las salas? Aunque es un formato que jamás ha dejado de explotarse, disfrutamos mucho de poder ver una de estas películas en el cine y de preguntarnos qué ocurriría si esas imágenes fueran reales.