El día en que nació el hijo de uno de mis mejores amigos, estábamos seis personas metidas en una misma habitación de hospital en Orlando. Ese mismo día era el cumpleaños de mi madre. En esa habitación de diez metros cuadrados con baño propio, dos camas entre las que había una cuna, un armario y una encimera, mirábamos al recién nacido: la madre gestante, su chica, mi amigo, el marido de mi amigo, la hermana del marido de mi amigo y yo.
Ella, la madre gestante, acababa de parir hace menos de 24 horas y había decidido subir a ver al niño. Todavía tenía el cuerpo con la forma del embarazo. La tripa hinchada, el cansancio en la cara… el cuerpo de alguien que acaba de hacer algo enorme. El bebé estaba en brazos de mis amigos. Ellos habían cortado juntos el cordón umbilical y, por lo que tengo entendido, durante el parto ella decidió no coger al niño, pero, aunque cuando entró en la habitación dijo que no quería cogerlo… al final lo cogió. No pudo evitarlo y lo vi natural. ¿Cómo no coger al hijo que acabas de engendrar? Luego lo cogió su chica, tampoco pudo evitarlo. Lo que solo duró unos minutos pareció una eternidad por lo real de la situación. Y en ese momento pensé algo a lo que no le había dado espacio antes: dentro de unas horas esta mujer se va a ir a su casa sin el bebé que había llevado dentro durante nueve meses y con la tripa, todavía, con la forma del embarazo. Pero ese bebé, a pesar de estar a su nombre aún, en pocas semanas ya no lo estará.
Estoy en Orlando, EE.UU., país que está bombardeando al mundo. A escasos kilómetros de Mar-a-Lago, donde vive el que no debe ser nombrado, porque uno de mis mejores amigos ha decidido ser padre con su marido mediante gestación subrogada y aunque he venido a ayudarle, he venido con una sensación rara. Siempre he tenido una posición bastante crítica con este tema y es que estoy en contra de capitalizar la vida humana más de lo que ya lo está.
Pero una cosa es pensar sobre un tema desde el confort de tu casa… y otra muy distinta es estar metido de lleno en esa habitación de hospital con el niño ya nacido y viviendo la interacción humana de la transacción de la vida.
El proceso ha costado alrededor de 300.000 euros. La madre gestante recibe unos 60.000 euros. El resto se reparte entre agencias, abogados, médicos, viajes, seguros y todo el sistema que hace posible que este tipo de procesos existan. Porque sí: esto es una industria. Una industria muy organizada. Perfiles de gestantes. Perfiles de futuros padres. Clínicas. Contratos. Psicólogos (no los suficientes). Una cadena perfectamente engrasada alrededor de algo que antes parecía pertenecer solo al ámbito de lo íntimo.
En la habitación del hospital había momentos incómodos. Silencios. Conversaciones que no sabían muy bien cómo terminar. Algo parecido a: bueno… ¿Y ahora qué? En algún momento ellas se hicieron fotos con el bebé. Y ahí pensé: vale. Aquí alguien ha sido madre durante nueve meses. Y ahora deja de serlo en cuestión de horas. Días desde un cuenteo burocrático.
Siempre he pensado que el gran problema de la gestación subrogada es el dinero. Si no tienes dinero, no puedes hacerlo. Si tienes dinero, sí. 300.000 euros es más o menos lo que cuesta hoy un buen piso en el barrio menos alejado del centro de Madrid y, lo mismo, hasta me estoy columpiando.
Me incomoda la idea de que el cuerpo se convierta en un instrumento de producción. Durante nueve meses, alguien pone su cuerpo al servicio de un proceso que termina generando una vida que no será suya. Es verdad que hay consentimiento. La mujer que ha gestado al hijo de mi amigo tiene unos 38 años, tres hijos y dice que lo hace voluntariamente. También dice que le gusta ayudar a parejas LGTB a tener hijos. La chica de la madre gestante está feliz de haber podido vivir el proceso del embarazo junto a su pareja porque conoció a su chica después de haber tenido ya sus tres primeros hijos. Eso me parece algo precioso. Pero el dinero sigue estando ahí. Y cuando el dinero aparece…
Por otro lado, está la cuestión de la adopción (que da para otro artículo aparte). No entiendo que, existiendo tantos niños que necesitan familias, paguemos por traer otros nuevos al mundo y, aunque entiendo el argumento contrario, que cuando adoptas no sabes cuál es la carga genética del niño ni qué problemas puede arrastrar, aun así sigo pensando que la adopción debería tener más peso en la conversación. Porque en la gestación subrogada se paga por la inmediatez. El dinero lo que consigue es ahorrarte tiempo y no desesperar en la espera.
Tengo una prima adoptada y el proceso duró casi diez años. Llegó a casa de mis tíos con seis años y hoy es una persona fantástica. Con sus problemas, como todas, pero fantástica y en un hogar lleno del amor que necesitaba.
Y sin embargo, aquí estoy. Ayudando a uno de mis mejores amigos a cuidar de su hijo recién nacido. Ver a mi amigo con el bebé en brazos, con esa cosita que cuando te cruza la mirada y los ojos de los dos coinciden, se te llena el corazón de comprensión, ver cómo se le cae la baba, cómo aprende a cambiar pañales, cómo se despierta por la noche antes de que el niño llore porque en tres días ya ha sido capaz de pillarle el horario del biberón, verle identificar el llanto del niño para saber sus necesidades… Todo eso completa la sordidez del evento con un sentimiento profundamente humano.
Y ahí aparece mi contradicción porque yo también quise ser padre alguna vez. Cuando tenía 18 años decía que quería tener familia numerosa. Primero un hijo, luego dos niñas gemelas y después dos niños gemelos. No me preguntéis por qué. Incluso recuerdo bromear con una amiga diciendo que si acaso follábamos y criábamos al niño juntos. Nos reíamos, claro. Porque, evidentemente, y si nos ponemos religiosas, Dios me ha hecho marica y proletaria. ¡Por las proletarias! XD
Pero la idea de educar a alguien, de transmitir valores, de ayudar a crear una persona buena para el mundo… siempre ha sido un deseo.
El otro día, saliendo del hospital, pedí un Uber y el conductor, un canadiense de unos cincuenta años llamado Robert, un homosexual fantástico, me preguntó qué hacía en Orlando y le conté toda la historia. Su respuesta fue muy sencilla: “Da igual cómo un niño venga al mundo. Un niño solo necesita amor”. Y claro que tiene razón, pero también pensé que las cosas nunca son tan simples. Porque la pregunta que no dejo de hacerme es esta: ¿Es un derecho tener hijos? ¿O el derecho es simplemente intentar tenerlos?
La posición de la gente que entrevistamos en la calle respecto a este tema —el video lo podéis ver arriba, en la página, mis cielas— que acompaña siempre a estas… ¿Columnas de opinión? Es, cuando menos, reveladora. La gente joven prefiere no meterse a opinar desde el desconocimiento; algo les resuena, lógicamente, a la hora de tener formada una opinión, pero prefieren no compartirla, ya que el tema es delicado, cosa que me parece muy prudente. Luego, las personas ya más mayores responden con el típico: “Que cada uno haga lo que quiera mientras no haga daño a nadie. Yo no me voy a meter en lo que decidan los demás”. La típica respuesta de la persona a la que ya ni le va ni le viene el tema porque el avance social le ha adelantado por la izquierda y la época de la lucha por los derechos ya se le quedó atrás.
Si no tienes útero, no puedes decidir tener un hijo. Igual que si no tienes útero, no puedes decidir si una mujer debe abortar o no. Las decisiones sobre reproducción pertenecen a quienes pueden gestar. Entonces, claro, si la madre gestante quiere gestar para dar ese hijo luego a otras personas, si hay dinero envuelto en la transacción, entonces… no es ayuda, es negocio. Es negocio enmascarado de buena voluntad. Pero mientras pienso todo esto, estoy aquí, con un bebé en brazos. Un bebé que no tiene ninguna culpa de las discusiones éticas que rodean su nacimiento.
Mientras escribo esto, el niño duerme. Tiene apenas unos días de vida y todavía no sabe nada del mundo en el que acaba de aterrizar. No sabe de debates políticos, ni de leyes internacionales, ni de contratos firmados en despachos. Solo sabe que cuando llora, alguien lo coge en brazos. Y quizá, al final, todo esto sea más sencillo y más complicado a la vez. Porque ese niño ha llegado al mundo envuelto en una pregunta ética enorme… pero también en algo mucho más simple: el amor de su padre.
Tal vez el verdadero problema de la gestación subrogada no sea el amor que hay detrás, sino el sistema que hace posible comprar lo que antes solo podía ocurrir.