No os lo voy a negar: me ha sorprendido muchísimo entrevistar en la calle a la gente sobre el tema del alcohol y encontrarme con que la mayoría de respuestas han sido que no bebían y no tenían el alcohol incluido dentro de su ocio.
Esto, para empezar, me ha llamado la atención porque yo soy de las personas que piensa que España es un país alcohólico. Se cree el ladrón que todos son de su condición. Vamos, yo empecé a beber con 14 años. Mi primer pedo me lo pillé en las fiestas de San Pedro Nolasco de mi colegio, bebiendo sangría de brick de la marca Don Simón. No estoy haciendo publicidad, simplemente estoy hablando de los hechos. Mi tío me tuvo que llevar a casa después de estar dos horas aguantando a que se me pasara el pedo.
Últimamente también me han salido en Instagram artículos —que imagino que a muchos de vosotros también os habrán salido— sobre que la industria del alcohol está en declive y porque la generación Z no utiliza el alcohol para sociabilizar. Vamos, que no beben. Los nuevos no beben. Hace años era el rito de iniciación para entrar en cualquier universidad.
Y, escucha, esto me chirría porque de mi generación para atrás considero que beber ha sido algo que hemos tenido tan aprendido e intrínseco dentro de nuestro crecimiento como personas que no entiendo cómo los jóvenes no beben, y más creciendo y formando su personalidad en un mundo tan complicado como el que estamos viviendo. Bueno… a ver… ahora existen unas libertades mucho más amplias que las que existían antes, pero está habiendo un auge tal de violencia y catástrofe que lo que sí entiendo es que nosotras, las millennials, por lo menos sigamos bebiendo.
Los millennials acostumbrábamos a beber y a hacer fundido a negro todos los fines de semana y, aun así, el lunes estábamos trabajando. Y los que trabajábamos en hostelería, aun así al día siguiente estábamos trabajando, con turnos de diez horas.
La generación Z toma un poquito de vino, si acaso se toma un chupito, y es bastante posible que ni siquiera se lo tomen. Los que sí tomábamos chupitos éramos nosotros y los nombres de los chupitos eran cosas como TNT, Borramentes o No hay vuelta atrás… Éramos una panda de kamikazes.
Ahora la generación Z parece, cuando la miras, que tienen 30 años. Y nosotras, que tenemos 30 años, aparte de sentirnos unas niñatas, pues no parece que tengamos 30 años: nos asemejamos bastante a la hora de la apariencia. Y eso, básicamente, es porque nosotras estamos fermentadas. Es como si hubiésemos pasado toda nuestra adolescencia en formol de vodka barato marca Hacendado, en Negrita, y cuando empezamos en la universidad quizá ascendimos al Jack Daniel’s.
Por otro lado, es inevitable negar que me encanta ver a esta juventud mucho más consciente de lo que implica el alcohol. Porque, chicas, a nosotras nos criaron con una cerveza en la mano, con un tinto de verano en la mesa y con una copa esperándonos a la entrada de la universidad. Esto es muy fuerte.
Aparte de que ahora mismo tomarte una cerveza, salir de fiesta y tomarte una copa cuesta el triple de lo que costaba cuando nosotras empezamos a salir. Yo me he convertido en la típica chica que, si voy a algún sitio de fiesta, es o porque conozco a los porteros y me invitan, o porque conozco a los camareros y me invitan. Voy, les saludo, pasamos un rato increíble, dejo propina… pero no me atrevo a salir de fiesta una noche entera yo sola porque, aparte de ser una manirrota, no tengo dinero para ser una manirrota.
Lo que sí que me parece peligroso es la facilidad de acceso al alcohol que seguimos teniendo: a una droga que es completamente legal porque alguien, en su momento, lo decidió. Y además a una droga que lo que hace es mantenernos alienadas de la realidad.
Al final, una noche estás de fiesta intentando evadirte, pero al día siguiente estás de resaca intentando evadirte de la fiesta anterior. Y ya llevas dos días completamente desconectada de la realidad, intentando sobrevivir en un mundo que te está todo el rato bombardeando con noticias nuevas y desgracias constantes.
Y el alcohol no ayuda a evadirte. El alcohol lo que te ayuda es a no gestionarte bien.
Y os lo digo yo, nena, que llevo en un proceso largo intentando encontrar el rumbo en la vida. Y cuando me escudo en el alcohol me doy cuenta de que es cuando estoy peor.
¿Adónde quiero llegar?
Es verdad que, como uno de los chiquitos dice en las entrevistas, nosotros no desayunamos coñac como desayunaban nuestros abuelos. Pero también es verdad que tenemos la costumbre de sociabilizar con el alcohol. Y yo misma me he dado cuenta de que hay veces que lo necesito para evadirme un poco de mis problemas y poder entrar en la conversación que estoy teniendo con las personas a las que quiero, que son mis amigos. Hasta ese punto creo que muchas personas funcionamos.
Pero claro, si en España —que nos encanta una feria, una fiesta de pueblo, una rumba— nos quitasen el vino y la cerveza, ¿qué haríamos? Si cuando hubo el apagón lo que se llenaron fueron las terrazas y nos daba igual no tener conexión entre nosotras. Y hablo de conexión telefónica, porque la conexión que se creó en ese momento con las personas que teníamos alrededor fue increíble, preciosa.
Sí que opino que España es un país de alcohólicos. Pero también me gusta ver que podemos no convertirnos en un país de alcohólicos si la generación que viene va a beber mucho menos.
Y, obviamente, a todas nos gusta tomarnos una cervecita de vez en cuando. Bueno, a muchas de vosotras no. Pero en mi círculo cercano, la que más, la que menos, bebe un poco. Aunque tengo que admirar que hemos aprendido a no presionar a las personas que no quieren beber a nuestro alrededor. Que si no te apetece beberte ni siquiera una cerveza sin alcohol porque no te gusta el sabor, no seamos pesadas.
Porque yo he sido la primera que, cuando no he querido beber, me han cogido la copa —que era un falso gin-tonic, vamos, agua con gas, una rodaja de limón y hielo hasta arriba— y al probarlo mis amigos me han dicho: «Ay, qué asco, si es agua con gas». Y es como: no, cariño, es necesario. El agua, regalo divino de los dioses.
Básicamente, si vengo a daros una moraleja es que, si bebéis, empezad a preguntaros por qué bebéis. ¿Cuándo bebéis? ¿Necesitamos beber? ¿Bebéis mucho?
Sé que una amiga, en cuanto lea esto, me va a mandar a tomar por saco. Vamos, me van a faltar calles de Madrid para ir a recoger la mierda de lo lejos que me va a mandar. Pero es una cosa que pienso mucho de mí mismo. Y es que, gracias a darme cuenta en qué momentos bebo y de la manera en que bebo, sé identificar perfectamente cuándo estoy mejor y cuándo estoy peor. Cuando el beber se ha convertido en necesidad y ha dejado de ser algo completamente social.
Y bueno, claro, luego pienso: si el alcohol fuese necesario para nuestra vida, de alguna manera lo acabaríamos generando, ¿no? O lo tendríamos en la naturaleza, igual que el agua y el aire. No estaría destilado por una industria que se lucra.
La vida es suficientemente difícil como para estar todo el día borracha. Pero también entiendo, cariño que, si un día te apetece pillarte el pedo, disfruta, ten cuidado, cuida de tus amigas. Y si has llegado a casa y no te acuerdas de nada, pregunta. Pero, aun así, a una que le ha pasado esto muchas veces te puede decir que, si eres buena persona, nada te dirán de lo que te puedas arrepentir.
Así que sed buenas personas, coño.