Es oficial, Euphoria acaba aquí. Y lo peor no es que no vaya a haber temporada 4. Lo peor es que, de alguna manera, todos sabíamos que este momento iba a llegar y aun así nos ha pillado con el rímel corrido, como si fuéramos Cassie en un baño que claramente necesita ventilación emocional.

La serie de HBO, creada por Sam Levinson y protagonizada por Zendaya, no continuará más allá de su tercera temporada. Se cierra así una de las ficciones más comentadas, copiadas, discutidas, veneradas y odiadas de los últimos años. Una serie que hizo de la adolescencia un videoclip carísimo, de la tristeza una paleta de neones y de cada fiesta una amenaza velada de que alguien iba a tomar una decisión pésima antes de que terminara la canción.

Y qué quieren que les diga, se va una serie imperfecta, sí, pero también una de esas ficciones que tenían algo que muchas otras matarían por tener. Personalidad. Mucha. Demasiada, incluso. Euphoria podía ser excesiva, pretenciosa, hipnótica, irritante, preciosa, agotadora y profundamente triste en el mismo episodio. A veces en la misma escena. A veces en el mismo primer plano de Zendaya mirando al vacío como si acabara de leer todos nuestros grupos de WhatsApp de 2019.

Porque Euphoria nunca fue solo una serie sobre adolescentes. Eso habría sido demasiado fácil. Euphoria fue una serie sobre estar fatal, pero con una iluminación espectacular. Sobre crecer en un mundo que te observa constantemente, pero rara vez te cuida. Sobre familias rotas, amistades tóxicas, deseo, adicción, violencia, identidad, culpa y esa cosa tan de nuestra época que consiste en no saber si quieres desaparecer o simplemente que alguien te abrace sin preguntarte demasiadas cosas.

El propio Sam Levinson fue quien dejó caer la bomba con más claridad en una entrevista, donde aseguró que no tenía planes para una temporada 4 y que su objetivo era terminar esta etapa de la forma más potente posible. Vamos, que no dijo “cancelada” con un sello rojo encima de la mesa, pero tampoco sonó precisamente a “nos vemos el año que viene con más neones y peores decisiones”. Poco después, Zendaya terminó de ponerle música triste al asunto durante su visita a The Drew Barrymore Show, donde, al ser preguntada por si la tercera temporada sería el final, respondió que creía que sí y añadió que “llega el cierre”.

Euphoria nació para contar una generación que no sabía qué hacer con el futuro y ha acabado siendo víctima del futuro de sus propios actores. La vida, como siempre, arruinando el calendario de producción. Euphoria, probablemente, necesitaba terminar antes de convertirse en una parodia de sí misma, más purpurina, más trauma, más discursos susurrados, más planos de gente guapísima sufriendo en habitaciones que parecen diseñadas por una crisis nerviosa con presupuesto.

Lo más curioso del final es que llega en una televisión saturada de series que nacen, se estrenan, duran una semana en redes y desaparecen como si nunca hubieran existido. Euphoria, en cambio, deja rastro. Para bien y para mal. La vimos, la comentamos, la imitamos, la criticamos, nos cansó, nos fascinó y, en algún punto, nos importó. Eso ya es bastante más de lo que pueden decir muchas ficciones impecables que no han provocado ni una conversación incómoda en la sobremesa.

Así que sí, Euphoria acaba aquí. No habrá temporada 4. Rue y compañía se bajan del escenario justo cuando todavía quedaba gente mirando, lo cual quizá sea la forma más elegante -o la menos desastrosa- de cerrar una serie que siempre vivió al borde del exceso.

Nos deja una resaca rara. Como salir de una discoteca a las siete de la mañana y descubrir que el mundo sigue ahí, feo, normalísimo y sin filtro azul. Nos deja también una certeza, puede que Euphoria nunca fuera la serie perfecta, pero fue una serie con pulso, con riesgo y con una capacidad casi insultante para convertir el dolor en imagen icónica.

Pero el drama adolescente seguirá existiendo, las plataformas seguirán buscando el próximo fenómeno y los algoritmos seguirán empujándonos series “imprescindibles” cada viernes.

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