Durante años, la televisión se adaptó al teléfono móvil reduciendo el tamaño de la pantalla. Ahora empieza a hacer algo bastante más profundo: adaptar también la forma de contar las historias. Las llamadas microseries verticales, también conocidas como microdramas, short dramas o vertical dramas, son ficciones divididas en episodios extremadamente breves —a menudo de uno, dos o tres minutos— rodadas directamente en formato vertical para ser consumidas desde el teléfono.

No son simples vídeos de TikTok con actores. Tienen personajes recurrentes, tramas serializadas, romances, venganzas, asesinatos, secretos familiares y prácticamente todos los mecanismos narrativos de una telenovela tradicional. La diferencia es que cada capítulo puede durar menos que una canción. El formato nació y se convirtió en industria en China. Y lo que durante un tiempo parecía una curiosidad audiovisual está empezando a transformarse en un negocio global de miles de millones de dólares.

Según la consultora Omdia, los microdramas generaron alrededor de 11.000 millones de dólares en todo el mundo en 2025, y China concentró aproximadamente el 83% de esos ingresos. La firma sitúa este tipo de ficción en un espacio intermedio entre el vídeo social y la televisión tradicional.

La expansión internacional ya está acelerándose. Media Partners Asia calcula que el mercado de microdramas fuera de China pasará de 2.700 millones de dólares en 2025 a 3.600 millones en 2026, y podría alcanzar 9.500 millones en 2031.

Qué es exactamente una microserie vertical

El funcionamiento de una microserie vertical parte de una idea bastante sencilla: adaptar la ficción a la manera en la que la mayoría utilizamos el teléfono móvil, es decir, en posición vertical. A partir de ahí, sin embargo, cambian bastantes más cosas de las que podría parecer a primera vista, porque no se trata únicamente de girar una cámara. La composición de los planos, la cantidad de personajes que caben con naturalidad en una misma imagen, los movimientos, la iluminación o incluso la forma de escribir las escenas tienen que ajustarse a un espacio mucho más estrecho.

También cambia el ritmo. Los capítulos suelen durar apenas uno o dos minutos y eso obliga a concentrar mucho más la acción, reducir transiciones y evitar escenas demasiado largas o pausadas. La narración tiende a avanzar con rapidez y cada episodio suele terminar en algún punto que invite a continuar, ya sea una revelación, una amenaza, una discusión o simplemente una pregunta que queda sin resolver.

La guionista Laia Foguet explicaba en El País que durante el rodaje de Baddie que cada episodio podía construirse prácticamente alrededor de una o dos escenas, con diálogos rápidos y la necesidad de encontrar constantemente un punto de enganche al final. De este modo, una historia que en una serie convencional podría desarrollarse en capítulos de 40 o 50 minutos termina fragmentándose en decenas de pequeñas entregas de apenas unos minutos. No significa necesariamente que las historias sean más cortas. En muchos casos ocurre justo lo contrario: una temporada puede acumular una duración similar a la de una película o una serie tradicional, pero el espectador la recibe dividida en pequeñas dosis pensadas para encajar en el consumo cotidiano del móvil.

China convirtió las microseries en una industria gigantesca

China ha sido el lugar donde este formato ha alcanzado una dimensión difícil de considerar ya como un fenómeno menor. Los llamados duanju —literalmente, dramas breves— comenzaron a crecer vinculados al consumo de vídeo a través del teléfono móvil y, con el paso de los años, han terminado desarrollando una industria propia, con plataformas especializadas y producciones cada vez más profesionalizadas.

Las cifras permiten hacerse una idea de la velocidad a la que se ha producido ese crecimiento. En 2025, la industria china de microseries alcanzó un valor cercano a los 100.000 millones de yuanes, según un informe publicado por la Administración de Radio y Televisión de Pekín. La capital concentró por sí sola 58.570 millones, alrededor del 59% del mercado nacional.

El salto resulta especialmente significativo si se observa lo ocurrido apenas cinco años antes. Según los datos recogidos por South China Morning Post a partir de un informe de la Escuela Nacional de Desarrollo de la Universidad de Pekín, en 2020 este mercado todavía no alcanzaba los 1.000 millones de yuanes. En 2025 se situaba ya en torno a los 100.000 millones. Este crecimiento también ha llevado a las autoridades chinas a prestar una atención cada vez mayor al sector. La Administración Nacional de Radio y Televisión estableció diferentes categorías para estas producciones en función de su presupuesto y alcance, con requisitos de registro y revisión para determinados proyectos. Durante 2026, además, se ha reforzado la supervisión de contenidos violentos, sexualizados o especialmente sensacionalistas, así como de aquellas historias centradas en la ostentación de riqueza.

La intervención de los reguladores ayuda también a entender hasta qué punto las microseries han dejado de ocupar un espacio residual dentro del audiovisual chino. En pocos años han pasado de ser un formato estrechamente relacionado con las plataformas móviles a convertirse en un mercado con suficiente tamaño como para desarrollar sus propias reglas, modelos de producción y mecanismos de control.

España ya está produciendo sus propias series verticales

El formato también ha comenzado a abrirse camino en España, donde algunas compañías audiovisuales están probando las posibilidades de una ficción concebida específicamente para el consumo desde el teléfono móvil. Una de las que más ha avanzado en este terreno es Atresmedia, que ha utilizado Flooxer para desarrollar sus primeras producciones verticales.

Una de ellas fue Una novia por Navidad, que superó los 20 millones de reproducciones entre Atresplayer y las redes sociales, según los datos difundidos por la propia compañía. La acogida llevó a Atresmedia a continuar el proyecto con una segunda temporada, titulada Una novia por vacaciones, y a seguir explorando este tipo de producciones. Dentro de esa estrategia aparece también Baddie, un proyecto especialmente interesante para entender cómo se está trasladando el modelo a España. La serie no fue rodada de manera convencional para adaptar posteriormente las imágenes a las redes sociales, sino que se concibió desde el principio para ser vista en vertical. Atresmedia la presenta como su primer thriller joven-adulto en este formato y el proyecto está dividido en dos temporadas, la primera de ellas formada por 30 capítulos de aproximadamente dos minutos.

El propio rodaje permite observar otra de las características de estas producciones: la rapidez con la que pueden realizarse. Las dos temporadas de Baddie se grabaron en apenas dos semanas y, según explicó la actriz Lucía de la Puerta, el equipo llegó a rodar alrededor de doce páginas de guion al día, aproximadamente el doble de las seis que pueden hacerse habitualmente en una producción audiovisual convencional.

Ese ritmo ayuda a explicar parte del interés que las microseries están despertando en la industria. No solo permiten adaptar las historias a los hábitos de consumo del móvil, sino que plantean procesos de producción mucho más rápidos que los de una serie tradicional, algo que puede resultar especialmente atractivo para compañías que buscan experimentar con nuevos formatos sin asumir necesariamente los tiempos de rodaje habituales de la ficción televisiva.

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