Pocas figuras culturales del siglo XX europeo reunieron tantas facetas como Pier Paolo Pasolini. Poeta, novelista, ensayista, periodista, cineasta y activista político, su trayectoria estuvo atravesada por una constante: incomodar al poder, a la moral dominante y a las instituciones culturales de su tiempo.

La frase que hoy resume su figura —“Escandalizar es un derecho, como ser escandalizado es un placer”— no era una provocación vacía, sino la síntesis de toda su obra. Pasolini entendía el arte como un espacio de conflicto, un lugar donde la cultura debía cuestionar a la sociedad y no tranquilizarla.

De la poesía friulana al cine que retrató la Italia real

Nacido en Bolonia en 1922, Pasolini creció entre distintas ciudades italianas y empezó a escribir muy joven. Sus primeros poemas en friulano llamaron la atención de críticos e intelectuales y lo situaron pronto dentro del panorama literario de posguerra.

Su obra literaria reflejaba una obsesión constante por las clases populares, la cultura campesina y la transformación social de Italia tras la Segunda Guerra Mundial. Novelas como Muchachos de la calle o Una vida violenta mostraban una mirada directa sobre la marginalidad urbana, alejándose del idealismo dominante.

Ese mismo impulso lo llevó al cine. Desde su debut con Accattone en 1961, Pasolini construyó un estilo propio que mezclaba neorrealismo, simbolismo y crítica social. Películas como Mamma Roma, El Evangelio según San Mateo o Teorema consolidaron su prestigio internacional y lo situaron como uno de los grandes autores del cine europeo.

Un intelectual incómodo para todos los bandos

Pasolini no solo incomodó al poder político. También polemizó con la Iglesia, criticó el marxismo oficial y denunció el papel uniformador de la televisión y la cultura de masas.

Consideraba que el nuevo sistema cultural estaba destruyendo las tradiciones populares y generando una sociedad homogénea. Sus ensayos, especialmente Escritos corsarios, lo convirtieron en una de las voces más incisivas del debate cultural europeo.

Su expulsión del Partido Comunista Italiano en 1949 por su homosexualidad fue otro episodio que marcó su biografía y reforzó su posición de outsider dentro de la política y la cultura.

El escándalo final: Salò y una muerte aún sin resolver

En 1975 Pasolini estrenó Salò o los 120 días de Sodoma, una de las películas más radicales y polémicas del siglo XX. La obra provocó amenazas, presiones políticas y una fuerte reacción pública.

Semanas después, el 2 de noviembre de ese mismo año, el cineasta apareció asesinado en Ostia, cerca de Roma. Aunque un joven fue condenado por el crimen, las circunstancias del asesinato nunca quedaron claras y décadas después siguen existiendo dudas sobre lo ocurrido.

Las teorías sobre posibles motivaciones políticas, chantajes o implicaciones de terceros continúan alimentando el debate cultural en Italia y fuera de ella.

Tras su muerte, Pasolini se consolidó como una figura central del pensamiento cultural europeo. Su cine, su poesía y sus ensayos siguen siendo objeto de estudio y reinterpretación.

Más que un provocador, fue un intelectual que entendía la cultura como un campo de batalla. Su obra continúa dialogando con cuestiones actuales: la cultura de masas, la identidad popular, el poder político y el papel del arte en la sociedad. Por eso su figura no ha dejado de crecer con el tiempo. Pasolini no solo retrató su época sino que anticipó muchas de las tensiones culturales que siguen definiendo el presente.

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