1- Las Vegas es una ciudad de reciente fundación para los estándares occidentales. No fue hasta 1905 cuando se constituyó como tal. Su expansión y popularidad comenzó tras el famoso crack del 29. Muchos obreros de la construcción encontraron una ciudad a medio hacer en la que emplearse durante la primera gran crisis del capitalismo tal y como lo conocemos a día de hoy. La desregulación sobre el juego, sobre todo, y la prostitución, también, y, por qué no decirlo, una apuesta fortísima desde mediados de siglo XX, gracias al entusiasmo provocado por el final de la Segunda Guerra Mundial, por el mundo de la música y el espectáculo, convirtió a la capital del Estado de Nevada en mucho más que un simple enclave turístico donde relajarse y evadirse de las normas puritanas de la sociedad WASP estadounidense.
Sita en mitad del desierto del Mojave, todavía en 2026, cuando la ciudad combina una alquimia típicamente norteamericana de lujo sin confort, de exceso en su grado máximo, tanto en el tamaño de los hoteles y los casinos como en el de las carreteras, en los precios y en las ambiciones de placer de sus visitantes, que suelen contarse, durante todo el año, por el mismo número que los propios habitantes de la ciudad, las condiciones meteorológicas propias de un clima desértico suponen un impacto para el visitante, por muy acostumbrado que esté a los veranos por debajo del paralelo 40 que atraviesa las penínsulas Ibérica, Itálica y Balcánica, grandes focos de calor en la plataforma continental.
Sin embargo, mucho antes de que los yankees se hicieran con la propiedad de las tierras del desierto en 1855, el Mojave era un enclave perteneciente a México, un país donde las grandes extensiones de llanura y arena, donde las montañas cortadas con cuchillo de sierra, forman parte del espíritu nacional. Sobre todo en el norte del país.
2- Sonora es un estado al noroeste de México, hace frontera con Arizona y Nuevo México, y por poco, con California. La capital del estado donde se sitúa otro desierto, homónimo al estado que lo alberga casi en su totalidad, se llama Hermosillo. El desierto de Sonora es uno de los más calurosos del mundo, todo un ecosistema en sí mismo, y ha inspirado a grandes escritores como Roberto Bolaño, que lo convirtió en el escenario de dos de las más grandes novelas de la literatura mexicana contemporánea, 2666 y Los Detectives Salvajes, pero también a un joven cantante mexicano llamado Óscar Armando Díaz de León, Oscarín, que tomó como nombre Carín León cuando decidió que iba a pasar la vida subiéndose a un escenario, y que nació, precisamente, en Hermosilla, pero también muy pegado al desierto, hace ya treinta y siete años.
Las relaciones entre el norte de México y el sur de los Estados Unidos han sido el motor de muchas historias, tanto reales como ficcionales, a lo largo de los últimos dos siglos. A las leyendas de los grandes líderes de la contracultura estadounidense del segundo tercio del siglo XX, -como los miembros de la Generación Beat (Jack Kerouac, Allen Ginsberg, Neal Cassidy) o Ken Casey y sus muchachos viajando embriagados por el ‘Ponche de Ácido Lisérgico’- o las historias terribles y reales sobre los conflictos migratorios de los últimos años entre dos regiones que son tan hermanas que hasta intercambian los nombres -Baja California pertenece a México y Nuevo México pertenece a los Estados Unidos-, ahora puede sumarse una historia más. La historia de Carín León conquistando Las Vegas este mes de septiembre con una residencia de media docena de presentaciones en The Sphere, el recinto para conciertos y espectáculos más vanguardista del mundo.
Esta gesta, que ningún otro artista latinoamericano, ni de habla hispana, había conseguido hasta la fecha, mezcla, esencialmente, las dos grandes vertientes narrativas que conectan el sur estadounidense con el norte mexicano: la historia del migrante que vive el sueño americano y la del aventurero que viaja al desierto para encontrarse a sí mismo.
Carín León ha hecho historia en el desierto de Las Vegas, en The Sphere, la instalación definitiva del futuro de la industria del espectáculo, con un show que reivindica, desde el principio hasta el final, cargado con toda la artillería que el recinto pone a su disposición, su profunda conexión con sus raíces en el desierto de Sonora.
Carín León: “El flamenco es algo primordial en mi vida”
3- Me encuentro con Carín León en la zona más exclusiva del muy exclusivo hotel Fontainebleau, en Las Vegas, pocas horas antes del último concierto de los seis que ofreció en The Sphere. El corrillo de periodistas venidos desde España para departir con la estrella del norteño mexicano es considerable. Casi una decena. Aunque nada comparado con el revuelo que ha levantado entre el público mexicano -y estadounidense, de ascendencia mexicana- que ha llegado por decenas de miles a Las Vegas enfundados en vaqueros de tiro alto, botas, camisas y sombreros de vaquero. Lo de cowboy se lo dejamos a los gringos.
En la ciudad del pecado esta primera quincena de septiembre el español se escucha en cada rincón. Los carnales han tomado las salas de juego, los pasillos, las grandes tiendas de moda de lujo, las mejores coctelerías que ofrece Las Vegas, y por supuesto también han tomado The Sphere.
Espero a Carín León, que anoche se resarció de las dudas brindando un concierto apabullante, un despliegue único de medios que evidencia el ombligocentrismo de las sociedades blancas europeas, acomodadas en el mismo sentido del espectáculo desde los años ochenta, humo y confeti, gracias a una ambición personal por trasladar el imaginario de su tierra natal a un recinto que ofrece posibilidades casi ilimitadas para cualquiera que pueda pagarlo. Ningún artista español sería capaz de provocar semejante delirio colectivo, que trasciende, con mucho, lo musical sin apartarse de él; mucho menos con el sentido de la honestidad del que hace gala Carín León sobre el escenario.
Actualizar el cancionero romántico y aguerrido de la tradición mexicana, sin olvidarse de un sentido apego por la sensibilidad pop, sin esperpentos ni exageraciones de por medio, es, en buena parte, responsable de haber logrado una hazaña así.
Espero a Carín, sí, pero es Oscar, Oscarín el que se presenta y se se sienta a la mesa. Se sienta y agarra un chupito de aguardiente. Agarra un vaso corto de aguardiente y le da el primer trago: “Siempre ha habido artistas de Sonora, pero quizá ahora sí se animen a decir que son de allí”.
Normal. Y mucho más después de meter Sonora entero en una esfera, como en un truco de magia. La realidad aumentada no se vive, ni se vivirá, a través de unas gafas propias de uso propio. Los tecnólogos de Silicon Valley se han olvidado de la explosión mental que supone compartirla, la realidad, aumentada o no, con alguien que te da la mano y mira te mira a los ojos,. Ellos sí, pero Carín y los suyos no.
El concierto de Carín León en The Sphere está diseñado como un viaje iniciático a sus raíces. Porque no todas las revelaciones versan sobre el futuro. Nacido al filo de los noventa, el componente de gamificación natural a nuestra generación marca un recorrido por cinco escenarios más una coda que el público recorre con la mirada perdida, alzada al cielo esférico que se cierra sobre sus ojos, donde se proyecta, con altísima calidad de detalle, el interior de una guitarra española, o la entrada-recorrido-salida de una mina en una vagoneta al estilo aventurero Indiana Jones, mientras las canciones, los éxitos, no dejan de sonar.
The Sphere no proyectó dos plantas iguales en varios centenares de metros de pantalla, ni dos estrellas. Carín León se distingue así de otras constelaciones.
4- Vuelta a tierra. Vuelta al desierto del Mojave después de dos horas trasladados al desierto de Sonora. A sus cielos, a sus yerbajos que prosperan clavando sus raíces en el suelo árido hasta crecer lo suficiente para asaltar un mundo que hasta ahora les estaba vedado. “De Sonora para el mundo”, reza el cartel sobre el escenario, lo único que nunca muda de todo un show en el que Carín León cambia de sombrero en cada etapa. El detalle es brutal.
“Para llevar mi música a España hay que tener garra, corazón y mucho respeto”
Oscar, Carín, entra en una sala en la enésima planta del Hotel Fontainebleau, se acomoda y habla como si no fuera la misma persona que ayer encandiló a decenas de miles sobre el escenario. Tímido, incluso. Es una de esas almas que mudan on stage, no uno de esos artistas que performan incluso cuando están solos. Cálido, atento, algo distante, fruto de encontrarse en una conversación donde tiene que responder a todas las preguntas en lugar de hacerlas él, se emociona y le cuesta encontrar las palabras cuando habla de lo que supone que un mexicano, en 2026, dentro de la coyuntura global en la que nos encontramos, haya encontrado acomodo en un lugar de privilegio, en un tótem de la cultura norteamericana.
“Fíjate que la reivindicación de la cultura mexicana en los Estados Unidos no era la idea principal, pero !qué gusto¡ Entre todo lo que está sucediendo, todo lo malo que está pasando, creo que es una voz de aliento para el latino, para nuestros hermanos mexicanos. Lo más importante que tiene cada país creo que es su cultura, sus raíces y su manera de proyectar lo que somos. Y el día de hoy, venir a este recinto, el recinto más importante de Estados Unidos, el recinto más importante del mundo, si no me equivoco, y poder traer aquí a México aquí, hacer este statement en una ciudad tan norteamericana como es Las Vegas y decir que México es muy fuerte y que no hay nada que nos podrá tumbar… Hemos sido una raza que ha sido siempre aplastada y nos levantamos más fuertes, y este es otro golpe no más. Vamos a decir que los mexicanos somos chingones. Como dicen, Dios le da sus peores batallas a sus mejores guerreros. Sabemos a donde podemos llegar y no queremos quedarnos en el hubiera".
Ese amor por las raíces, por su México, por su propio desierto, está muy presente también en las colaboraciones que Carín León trajo al escenario de The Sphere. Es una máxima para el de Hermosillo. “Ayer fue un momento muy especial, poder traer a Pepe Aguilar, un artista que llevo escuchando desde que tengo uso de razón, un crack, una de las mejores voces que tiene México; poder tener al maestro Lupe Esparza, de Bronco, una agrupación legendaria, es algo que no nos cabe en la cabeza. Cuando estás enfrente de ellos, uno termina por sentirse chiquito, independientemente de los logros que hayamos hecho hoy. Si ellos no hubieran estado ni siquiera soñaríamos con estar nosotros. Ellos anduvieron para que nosotros podamos correr. Quiero que el mundo sepa de la grandeza de estos hombres. Nosotros hicimos música gracias a ellos, yo hago música gracias a ellos. Hoy en día cuando todo te va muy bien uno se puede ver nublado por el ego, pero no puede haber vergel sin arado. Para mí siempre ha sido muy importante contar las historias de donde vengo, y así que la gente tenga muy claro quién soy yo.”
5. Carín, Coyote del Norte, no solo mira al norte. Lo hace también a España. Sus colaboraciones con artistas españoles se han multiplicado en los últimos años: Vanessa Martín , Pablo Alborán Ralphie Choo… C. Tangana fue el primero de su generación en colaborar con Carín o con cualquier renovador del regional. Abrió una puerta que Oscar ha cruzado ya varias veces. En 2021 vio la luz El Madrileño, el disco definitivo para la música española en lo que va de siglo XXI. Carín estuvo allí. CAMBIA! sigue siendo una de las canciones más memorables de aquel trabajo. Una canción inclasificable en lo musical que bebía de las guitarras y el son del regional mexicano para crecer entre la epicidad y la nostalgia para renacer como un himno sobre la masculinidad aprehendida y los destellos del éxito en un collage perfecto, un puente sobre el Atlántico que recorremos con total naturalidad desde La Piel de Toro, porque nosotros también somos ellos.
Desde entonces, Carín León se ha esforzado por seguir reforzando ese puente. No desde la mercadotecnia aplicada a la musica, sino desde la admiración profunda y el respeto por lo que somos en España. “Soy muy fan de la música andaluza. Quisimos juntar el flamenco con el regional en lo que hicimos con Chanela Clicka, en este proyecto en el que quisimos juntar dos géneros raíces: uno muy avanzado, basado en la cultura española que tiene 3.000 o 4.000 años más que la de nosotros, una en la que su música y sus compases son más complejos, y la nuestra, que todavía tenemos un género muy crudo, muy puro. Pero a fin de cuentas el flamenco comparte esa crudeza con nosotros. El arte del flamenco es ingeniería corporal al máximo nivel. Los mexicanos del norte somos como gitanos. Vivimos igual, nos expresamos igual. Todo gira en torno a nuestra familia, a la comida, a la borrachera, al dolor. Entonces nos dimos cuenta que nadie ha aprovechado esa condición, no la capitalizó. La música no es un idioma binario. Es todo lo mismo, tocado por diferentes manera de expresar, diferentes maneras, diferentes dolores, pero a fin de cuentas siempre es igual el flamenco que la bachata, que la cumbia. Siempre he sido fan de El Canelita, del Canela, de Israel Fernandez. El flamenco es algo primordial en mi vida y yo siempre tiendo a acercarme a él. Siento que ojalá sean más discos y más canciones juntos. Todavía queda mucho que explorar.”
Los mexicanos del norte somos como gitanos
Entre otras cosas, adentrarse en Andalucía hasta el final. Andalucía es la mitad de un puzzle de dos. Si te da lo que te falta, lo sabes al instante, hayas nacido en Hermosillo o en Osaka. Por eso las escuelas de flamenco florecen en el país nipón y por eso Carín León tiene que pararse gravemente y mirar con mucho respeto y tomar otro trago de aguardiente, porque lo que va a decir lo dice muy en serio, antes de confesar que “Siempre he tenido en mi casa y en mi familia una conexión muy importante con la cultura española y andaluza. Estoy hambriento de poder seguir conociendo estas regiones, estos lugares, a estos artistas.” El corazón te tiene que haber dado un pellizco muy grande y muy hondo para sentarte en la cima del mundo rodeado de lujo y de asistentes que viven para cumplir todos tus deseos, conquistar el desierto y los grandes casinos de Las Vegas, tener a media ciudad bailando a tu son y mirar a Andalucía más allá del final del Strip, más allá del Red Rock Canyon, del Charleston Peak, mirar gravemente a un tipo a los ojos y decirle que “uno de los sueños más grandes para mí sería ir a una Semana Santa, a una procesión. Me pone al borde de las lágrimas y solo me ha tocado verlo nada más en vídeo. Para mí España es un país al que siempre quise ir. Sé que para llevar mi música a España hay que tener garra, corazón y mucho respeto.” Hay cosas, y Carín ya lo sabe, que ni todos los asistentes del mundo pueden traerte a tu suit de Las Vegas. En esas es donde está el misterio de la vida.
6. Precisamente, en CAMBIA!, la primera canción con la que llegó a España, Carín ya hablaba sobre las falsas recompensas de la fama y de los vapores de conquistarlo todo. “Y hoy que brilla más mi cuello que Las Vegas, me piden que cambie.” Cinco años dan para mucho. Para llegar al recinto más exclusivo de Las Vegas sin necesidad de cambiar los colmillos de leche.
Una persona normal mira a Las Vegas y solo se refleja en los mármoles de las salas de juego, Carin León, porque viene del desierto, lo que ve es el desierto que se extiende detrás de los edificios totalmente desproporcionados, ajenos a la escala humana, que se extienden por Las Vegas Boulevard, y esa revelación es la que le ha permitido hacer lo imposible. Traer el desierto de Sonora a Nevada, una yuxtaposición de arenas, como ver las estrellas reflejadas en el agua de un lago. Un juego de espejos que el propio Carín representó en The Sphere. “Yo, ya, ni más rico ni más pobre. Lo que más me interesa a mí es hacer historia, y más que en un logro personal, quiero que México siga siendo grande, que Hermosillo sea una capital musical en un momento no muy lejano de la historia.”
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