Todos sabíamos que la vuelta a los escenarios de La Oreja de Van Gogh iba a venir acompañada de polémica. No estaba claro si por la reacción de Leire Martínez, la elección de las canciones o porque, en este país, cuando alguien vuelve de un lugar oscuro con una canción luminosa debajo del brazo siempre aparece una grada dispuesta a pedirle el do de pecho como si estuviera en una oposición. Pero lo que no nos esperábamos es que el primer gran incendio no lo provocara una exclusiva, ni una pulla, ni una guerra abierta entre antiguas compañeras de micrófono, sino algo mucho más feroz y contemporáneo. La trituradora de las redes sociales midiendo a Amaia Montero al milímetro, como si una vida cupiera en una nota desafinada.

La banda donostiarra ha regresado a los escenarios con Amaia Montero al frente dentro de la gira Tantas cosas que contar Tour 2026, un título que suena casi a advertencia. Porque sí, hay muchas cosas que contar. La primera, que este regreso no es un simple concierto de antiguos compañeros reencontrándose bajo los focos. Es el retorno de una de las voces más reconocibles del pop español a la banda con la que marcó a toda una generación. La segunda, que casi dos décadas después de su salida, Amaia no vuelve a un escenario cualquiera, sino al lugar exacto donde el público guardó congelada una parte de su juventud.

Y ese es precisamente el problema. La nostalgia, cuando se vende en grandes recintos, tiene algo de milagro y algo de estafa emocional. Promete devolvernos lo que fuimos, pero nos entrega inevitablemente otra cosa. Una versión adulta, imperfecta, atravesada por el tiempo. La Oreja de Van Gogh no vuelve a 2003, vuelve a 2026, y eso significa que ni Amaia Montero es la misma, ni el público tampoco, aunque algunos se empeñen en escuchar como si todavía llevaran el discman en la mochila.

El arranque de la gira en Bilbao estaba llamado a ser una celebración, y en parte lo fue. Sonaron himnos que pertenecen ya a la educación sentimental de varias generaciones. La PlayaRosasCuídate20 de enero o Puedes contar conmigo no son solo canciones. Son cápsulas del tiempo. Bastan unos acordes para que alguien recuerde una ruptura, un viaje, una amiga que se fue, una ciudad que prometió olvidar o ese amor adolescente que hoy probablemente tenga hipoteca, dos hijos y una foto de perfil con gafas de sol.

Pero junto a la emoción llegó también el juicio. Algunos vídeos del concierto comenzaron a circular por redes y el foco se desplazó rápidamente de la alegría del reencuentro a los problemas vocales de Amaia. La cantante se mostró emocionada, vulnerable y consciente de que el directo no había salido como esperaba. Pidió perdón al público y reconoció que no estaba satisfecha con su actuación, un gesto que debería haber servido para humanizar el momento, pero que en el ecosistema digital funciona a menudo como gasolina sobre el fuego.

Por supuesto, se puede hablar de música. Se puede valorar un concierto, señalar errores, cuestionar una gira de grandes dimensiones o preguntarse si la maquinaria del regreso ha corrido demasiado. La crítica cultural no consiste en repartir algodones de azúcar. Pero otra cosa muy distinta es convertir cada fallo en un linchamiento y cada vídeo de treinta segundos en una sentencia definitiva. Amaia Montero no regresaba únicamente a un escenario, regresaba también a una plaza pública mucho más cruel que la que dejó.

En medio de esa tormenta, también apareció el nombre de Leire Martínez, inevitablemente. Su salida de La Oreja de Van Gogh, después de 17 años como vocalista, ya había abierto una conversación incómoda sobre la memoria del grupo. Durante casi dos décadas, Leire no fue una sustituta en prácticas, sino la voz de una etapa larga, sólida y reconocible. Cantó nuevos discos, defendió giras, sostuvo el proyecto y convivió con una comparación permanente que pocas artistas habrían soportado con tanta elegancia.

Por eso resulta tan injusto el juego de bandos que se ha instalado alrededor del regreso. Amaia contra Leire. Leire contra Amaia. La original contra la sucesora. La nostalgia contra la continuidad. Una narrativa pobre, facilona y bastante machista, aunque venga envuelta en debates musicales. Como si dos mujeres no pudieran ocupar lugares distintos en una misma historia sin ser enfrentadas como finalistas de un concurso que nadie convocó.

La Oreja de Van Gogh ha vuelto con muchas cosas que contar, pero puede que la más importante no esté en ninguna canción. Está en ese ruido que se ha formado alrededor, en esa mezcla de amor, crueldad, memoria y exigencia que acompaña a los grandes regresos.

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