Este sábado decidí celebrar San Valentín de una forma poco convencional: rodeado de miles de personas en el Palacio Vistalegre, esperando a que Lucho RK y La Pantera salieran al escenario. A las 21.00 el ambiente ya era eléctrico. Con el recinto ya lleno hasta la bandera, la sensación era clara incluso antes de que empezara la música: aquello no iba a ser solo un concierto, sino una fiesta. Parejas jóvenes, grupos de amigos, camisetas con los colores de las islas, móviles preparados.

El sold out terminó de confirmar la intuición. La presentación en directo de su EP conjunto, Ta Fácil, no era una fecha más del calendario, sino una noche señalada para su público. Cuando a las 21:15 se apagaron las luces, el rugido fue inmediato, físico, imposible de ignorar incluso para quien intentara mantenerse como observador. Yo misma dejé de mirar alrededor para mirar al escenario.

El inicio fue sorprendentemente cinematográfico. Un reloj en cuenta atrás en blanco y negro, imágenes del backstage, tensión creciente… y, de pronto, un golpe seco que rompió la espera. Las caricaturas del álbum aparecieron en pantalla y unas rejas simuladas se levantaron para dejar salir a los artistas desde un contenedor industrial. 

El recorrido por 23 canciones empezó con Lucy y Tu canción, y desde ese momento supe que la noche no iba a dar tregua. Miré alrededor: todo el mundo cantaba. No es una exageración. Incluso en temas relativamente recientes como Lip Sync, Traumas, Indica o No bailes sola, la sensación era la de estar dentro de algo ya asumido como propio por miles de personas. En varios momentos me descubrí cantando también, casi sin darme cuenta, arrastrado por una energía colectiva difícil de explicar desde fuera.

Hubo un breve descanso por el cambio de vestuario, pero ni siquiera ese paréntesis enfrió el ambiente. La “PinkyCam” convirtió la espera en juego y complicidad. Vi a gente abrazarse, besarse, reírse de verse en pantalla gigante. Pensé que, de algún modo, ese pequeño momento resumía bien la noche: un concierto masivo que, sin embargo, se sentía cercano.

Las colaboraciones en directo elevaron aún más la sensación de evento irrepetible. La salida de Juseph para Cupidoxx provocó uno de los gritos más intensos que escuché en todo el pabellón. Después apareció Soge Culebra en Party Privado, y durante unos segundos tuve la impresión de que Vistalegre era el centro exacto de la escena urbana española. 

Uno de los momentos que más me emocionó llegó cuando pararon la música para hablar de Canarias. Nombraron a Maikel Delacalle, Ptazeta, Cruz Cafuné y Wos Las Palmas, y dedicaron palabras especialmente afectuosas a Quevedo. No sonó a discurso preparado; sonó a orgullo, a memoria, a camino recorrido.Les dieron las gracias por abrirles camino.

El tramo final fue una subida constante de intensidad. Ashe, 1Step, GUAYA,HALO y Pinky Promise 2 empujaron al público hasta un clímax físico: saltos, gritos, manos en alto. Cuando sonó Bane sentí esa mezcla de euforia y tristeza anticipada que solo aparece cuando sabes que algo está a punto de terminar. Miré el reloj: 22:45. Hora y media que había pasado sin darme cuenta.

Antes de irse, La Pantera habló de quienes les cerraron puertas, de quienes dudaron, de quienes no quisieron ver. Tras decirlo, todas las pantallas mostraron una frase: “somos tus padres”. Recuerdo un silencio breve, seguido de un grito enorme. No lo sentí como arrogancia, sino como liberación. Como si esa frase resumiera años de insistencia hasta llegar exactamente a ese escenario.

Al salir a la calle, el aire frío de Madrid me devolvió de golpe a la rutina. Sin embargo, algo seguía vibrando por dentro. Pensé que, más allá de la fiesta, había presenciado la confirmación de un cambio generacional real. Lucho RK y La Pantera ya no son promesa: son presente.

Súmate a

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio