La Super Bowl siempre ha sido ese lugar donde pasan cosas muy serias: hombres gigantes chocando con violencia coreografiada, anuncios que cuestan lo mismo que un piso en Madrid y estrellas del pop intentando no desafinar delante de medio planeta. Nadie esperaba, por tanto, que en mitad de semejante solemnidad apareciera un tipo vestido como si hubiera salido de una fiesta en San Juan dispuesto a recordarle al mundo que, en realidad, todo esto también va de bailar.

Porque el descanso del mayor evento deportivo de Estados Unidos nunca ha sido solo un concierto. Es una vitrina de poder cultural, una narrativa cuidadosamente diseñada sobre quién ocupa el centro del mundo pop. Durante años, ese centro habló en inglés, miró hacia el mainstream anglosajón y convirtió la nostalgia en fórmula segura. Hasta ahora.

Trece minutos que parecieron una verbena global

Arrancar con Tití Me Preguntó en la Super Bowl es, conceptualmente, como empezar una boda real con reggaetón del bueno: desconcierta a los puristas, entusiasma al resto y obliga a todo el mundo a fingir que entiende lo que está pasando. Desde ahí, el espectáculo avanzó como una playlist emocional del Caribe comprimida en horario de máxima audiencia imperial.

El recorrido musical fue vertiginoso: Yo Perreo Sola, Safaera, Party, Voy a Llevarte Pa’ PR, EoO y Mónaco fueron cayendo una tras otra con la lógica de un DJ que sabe que el mundo entero tiene solo 13 minutos para moverse. Catorce canciones comprimidas en el tiempo que normalmente tarda un comentarista en explicar una jugada polémica.

Luego llegaron los momentos de clímax compartido: la versión latina de Die With a Smile junto a Lady Gaga, el pulso emocional de Baile Inolvidable y NUEVAYoL, y la aparición de Ricky Martin para cantar Lo Que le Pasó a Hawaii, conectando generaciones de música latina como si el tiempo fuera solo otra pista de baile.

El tramo final elevó el tono: El Apagón llevó la crítica social al centro del espectáculo, Café con Ron aportó ese sabor de madrugada caribeña que huele a celebración larga, y el cierre con DtMF funcionó como firma definitiva de autor.
Más que un medley, fue una autobiografía acelerada.

Una fiesta con identidad (y un decorado que olía a Puerto Rico sin ambientador)

La escenografía no fue “latina” en modo genérico (palmeras, neones y ya): fue puertorriqueña con nombres y apellidos. El arranque situó a Bad Bunny en un paisaje inspirado en campos de caña de azúcar, con una luz de atardecer casi cinematográfica y una galería de símbolos cotidianos: jíbaros con pava (el sombrero de paja tradicional), viejitos jugando dominó y hasta un puesto de piraguas (hielo raspado) que parecía más propio de una tarde en la isla que de la maquinaria perfecta de la NFL.

En el centro del show apareció también una “casita” en miniatura, evocando esa estética de hogar-barrio que Bad Bunny ya había convertido en icono en su universo escénico.

Y cuando parecía que ya estaba todo dicho, el show se permitió el giro más surrealista (y más boricua en espíritu festivo): una boda real en pleno descanso. El escenario se transformó en una especie de plaza al aire libre, con músicos y baile alrededor, y hubo incluso tarta de boda; Bad Bunny actuó como testigo y firmó el acta. Lo que en otras manos habría sido un “sketch” para redes, aquí funcionó como idea: convertir el estadio en barrio, y el barrio en acontecimiento global.

Aplausos, críticas y señores enfadados en internet

Como todo acontecimiento cultural relevante, hubo celebración masiva y rechazo previsible. Orgullo latino en redes, entusiasmo generacional… y también críticas de quienes consideran sospechoso cualquier movimiento de cadera superior a lo permitido por la tradición. Nada nuevo bajo el sol del espectáculo: cuando algo cambia de verdad, primero incomoda. Luego se imita. Finalmente se vende en camiseta.

Más allá de las canciones, los invitados o la audiencia millonaria, quedó una sensación difícil de medir: durante 13 minutos, el centro simbólico de la cultura pop mundial pareció desplazarse unos centímetros hacia el Caribe. Quizá dentro de unos años escuchar español en la Super Bowl sea tan normal como el himno previo al partido. Quizá el próximo escándalo sea otro. O quizá simplemente recordemos que, durante trece minutos, el espectáculo más poderoso del planeta hizo algo radical: divertirse de verdad.

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