Hay conciertos que se escuchan y otros que se viven desde antes de que empiece la primera canción. Lo de Bad Bunny en Barcelona ha pertenecido claramente a la segunda categoría. Ni siquiera había aparecido sobre el escenario y el estadio ya vibraba con esa electricidad previa que tienen las noches grandes, esas en las que el público llega con la sensación de saber que está a punto de formar parte de algo más que un espectáculo. Y cuando el puertorriqueño apareció, inmóvil durante unos segundos eternos, traje color crema, gafas doradas y una banda vestida de rosa a su espalda, el grito colectivo terminó de confirmar algo que parecía decidido desde mucho antes: la noche ya era suya. 

El artista puertorriqueño ha inaugurado su gira española con un espectáculo que funciona como una inmensa fiesta compartida y también como una reivindicación cultural. Porque lo que ocurre sobre el escenario va mucho más allá de una sucesión de éxitos. Bad Bunny no se limita a cantar; construye un espacio donde miles de personas parecen reconocerse unas a otras a través de la música, del idioma y de códigos comunes que atraviesan generaciones y fronteras.

El estadio se movía desde el principio con una naturalidad que parecía imposible en un espacio de esas dimensiones. Sonaron Pitorro de cocoWeltita o Turista, y entre salsa, bolero y sonidos tradicionales puertorriqueños se va iba dibujando una idea que lleva tiempo acompañando al artista: la de utilizar el pop global sin renunciar a sus raíces. Los ritmos cambiaban constantemente, pero el discurso permanece. Puerto Rico apareció de forma continua, ya sea en referencias explícitas o en la forma de entender la música.

El concierto avanzaba y el ambiente se volvía todavía más físico. Bad Bunny abandonó el traje y cambia a un estilo más cercano a la calle, mientras canciones como Tití me preguntó, Me porto bonito o Veldá transformaban el estadio en una pista gigantesca. Los asientos perdieron casi toda su utilidad y el movimiento se convirtió en algo prácticamente obligatorio. El público cantaba letras que conocía desde hace años, imitaba gestos, repetía expresiones y respondía a cada canción como si se tratara de un himno compartido.

Hay algo especialmente llamativo en esa relación que el cantante establece con quienes le escuchan. Su forma de cantar, con esa dicción áspera y ese tono nasal convertido ya en una seña de identidad, transmite una cercanía poco habitual en artistas de semejante tamaño global. Habla desde el barrio incluso delante de decenas de miles de personas. Y eso genera una complicidad difícil de fabricar.

Quizá por eso daba la impresión de que durante varios momentos el concierto dejaba de celebrarse únicamente en Barcelona. El estadio se convertía en un territorio extraño donde convivían España y Puerto Rico, donde los sonidos tradicionales se mezclaban con bajos electrónicos y donde generaciones distintas encuentran puntos de encuentro inesperados. Muchos de esos ritmos, desde la salsa hasta ciertos ecos del bolero, formaban parte también de la memoria colectiva de miles de familias.

La llegada de Voy a llevarte pa PR terminó de desatar la locura. Los bajos golpearon el estadio con una fuerza casi física mientras los fuegos artificiales teñían el cielo y el público respondía convertido ya en una masa completamente entregada. Apenas hubo pequeñas treguas para recuperar el aliento, porque Me porto bonito volvió a disparar la euforia colectiva y el estallido aumentó todavía más cuando Bad Gyal apareció durante Yo perreo sola, reforzando el espíritu de una canción que remató después con Dame

La recta final mantuvo la intensidad. Ojitos lindos, El apagón o Debí tirar más fotos elevaron aún más una noche que parece negarse a bajar revoluciones. Y entre baile, reivindicación y nostalgia, Bad Bunny terminó dejando una sensación difícil de resumir únicamente con cifras o récords de asistencia.

Hay artistas capaces de llenar estadios y otros que consiguen algo bastante más complicado: hacer que miles de personas sientan durante unas horas que pertenecen al mismo lugar. Bad Bunny consigue precisamente eso. Y por una noche, Barcelona suena un poco más boricua.

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