Casilla Vacía habla de amigos que apenas se conocen, de ciudades que ya no sirven de refugio y de una generación que descubrió que el éxito no resolvía sus problemas. En conversación con Revista Bando, Santi Mazarrasa aborda la soledad, la terapia, la vuelta a Santander y la sensación de vulnerabilidad que atraviesa su nueva novela.

P: Te reconozo que me ha deprimido un poco el libro. 

R: Me lo ha dicho más de uno. Fíjate que no creí que fuera a transmitir tanto pesimismo.

P: ¿No te lo pareció mientras escribías?

R: Pensaba que era más una crítica a las condiciones materiales en las que vive la gente. Porque, en apariencia, estos personajes viven bien: tienen trabajo, cierta estabilidad y todas esas cosas que antes dábamos por buenas. Pero, aun así, hay algo que no termina de encajar.

P: Perdona que empiece por el final, pero el lector termina con una sensación de estrés. La historia de Berlín está muy bien narrada.

R: La intención era esa. Quería generar esa sensación de agobio y, precisamente por eso, el último capítulo es el más largo. Además, el personaje no se atreve a enfrentarse a la realidad. Prefiere quedarse en el agujero en el que está. Aun así, al final sí hay un pequeño símbolo de esperanza.

P: Creo que la relación de amistad entre los protagonistas es bastante habitual en una ciudad como Santander. Amigos que no se conocen, no hablan entre sí y no muestran sus sentimientos. 

R: Personalmente, a raíz de Casilla Vacía me he dado cuenta de que mi relación con mis amigos es infinitamente mejor de lo que pensaba. Me he quitado de encima ese miedo a que nuestras relaciones se sostuvieran únicamente en la costumbre. En cambio, la de los tipos de la novela sí que parece basada solo en eso, en el puro hábito. Es evidente que son amigos que no se comunican entre sí. Están muy solos, les gustaría dejar de estarlo, pero no saben cómo hacerlo.

P: ¿Cuál es tu relación con Santander?

R: Me siento muy reconciliado con la ciudad. Creo que nos pasó a todos en algún momento, o al menos a cualquiera que venga de provincias. Te vas pensando: "Buah, el mundo está fuera. La vida está fuera de aquí". Y con el tiempo te das cuenta de que no era tan sencillo. Pensaba que fueran estaban mis aspiraciones y todas esas cosas que, según creía, en Santander —esa ciudad de provincias, de curas y penitentes— nunca iban a pasar. Estaba convencido de que tenía razón. Pero luego me encontré con que no era tan así. Fuera también hay una jungla. Muchas de las cosas que te prometían no llegan nunca; otras llegan y no son como esperabas. Y algunas de las que esperabas descubres que, cuando por fin las tienes delante, en realidad tampoco las querías.

P: Es bastante habitual la vuelta a Santander de esa generación que salió en busca de oportunidades.

R: Yo me encontré viviendo diez años en Madrid, uno en Londres y casi cuatro en Berlín. Y llegó un momento en el que pensé: "Me vuelvo, tío. Me voy a volver a Santander". Es verdad que hubo algunas circunstancias personales que también influyeron, pero me volví. Y desde que estoy aquí soy feliz. Nunca perdí la amistad con mis amigos ni el contacto con ellos, pero ahora me siento mucho más arropado por todo el mundo. Veo las cosas de otra manera. Lo que pasa es que una de las ideas de la novela era precisamente que Santander ya no es una ciudad-refugio. Está igual de atravesada por los problemas del mundo que cualquier otro sitio. Da igual que hablemos de la crisis de la vivienda, de la masificación, de la homogeneización o incluso de situaciones como la del personaje que trabaja en el banco. Todos esos conflictos también están presentes aquí.

P: ¿Crees q hay mucha diferencia entre el chaval que se fue a Madrid y el que se quedó?

R: No tanto. Quizá la mentalidad sí se te abre, porque al final apareces en otros entornos, en otros espacios, y tienes que aprender a desenvolverte. Eso te cambia. Pero también hay un momento en el que entiendes que no puedes escapar de ciertas cosas. La sensación que yo quería transmitir es que, ante la marea que es la vida, ante la leche que te acaba dando tarde o temprano, estás igual de huérfano.

P: ¿Es la desidia de los personajes un reflejo de la ciudad?

R: Yo no veo la ciudad así y no creo que Santander sea eso. Todavía hay una cosa de cercanía, de familiaridad. Estamos hablando tú y yo ahora y luego bajaré a La Lupe a tomarme una cerveza y me sentiré en casa. Por otra parte, estos personajes, fuera de su grupo de amigos, ocupan posiciones muy distintas. Uno es un superjefe, otro tiene un cargo intermedio en el banco y otro es más bien un currito, un tipo al que nadie presta demasiada atención. Sin embargo, dentro del grupo las jerarquías están clarísimas. Ahí los roles están fijados desde hace años y tienen mucho más peso que cualquier estatus que hayan conseguido fuera.

P: La lluvia también juega un papel crucial en el desarrollo de la historia y en la ambientación mental de la misma.

R: Y mira que te estoy hablando estando a 30 grados aquí. Pero Santander ha vivido durante mucho tiempo un poco a salvo. Siempre me ha gustado esa idea de que es una ciudad sin horizonte porque o mira a Peña Cabarga o mira al mar, y nunca terminas de ver qué hay más allá. Ha sido una ciudad bastante protegida, pero ya no lo está. Ha llegado la crisis de la vivienda, llegan los procesos de automatización, cierran fábricas, cierran comercios y cada vez hay más viviendas turísticas. Tengo la sensación de que nos estamos convirtiendo en una ciudad de servidumbre. Da igual que hablemos de turistas o de grandes fortunas extranjeras: parece que nuestro papel consiste en ofrecer servicios, buena comida y una gran oferta cultural institucional, muy costosa de mantener, mientras aquí quedan salarios más bien bajos.

P: ¿Qué opinión tienes de la decadencia de la burguesía santanderina?

R: Santander es una ciudad de hidalgos. Y también creo que tiene una clase alta bastante cutre. Gente que, en muchos casos, no ha hecho nada especialmente valioso, más allá de estar en el Tenis, casarse y arroparse unos a otros. 

P: Dices también: "Los hijos se paran, abren huecos en el tejido cada día más frágil de la realidad compartida".

R: Es una frase muy dura y, de hecho, no la comparto del todo. Me parece algo fantástico que la gente tenga hijos, forme familias y construya una vida alrededor de eso. Pero dentro del universo en el que se mueve la novela, esa frase sí resulta muy cierta, porque los hijos abren una brecha entre la realidad compartida.

P: Macho, que bien le hubiera venido un psicólogo a nuestra generación.

R: Es verdad que con la salud mental quizá nos hemos ido al otro extremo. Ahora parece que todo pasa por ahí y existe una deriva muy individualista. Esa idea de que tienes que priorizarte constantemente, proteger tu energía y estar bien a toda costa. Y entonces, si un amigo está mal, parece que no puedes ocuparte de él porque tú tienes que seguir siendo positivo. Pero lo de antes tampoco era mejor. La respuesta era el silencio. Era escandaloso. Aquí nadie hablaba de nada. Yo tardé muchísimo en contarles a mis amigos que iba a terapia, y muchos de ellos también habían pasado por lo mismo. Ir al psicólogo me parece fundamental. Además, tengo la suerte de que mis amigos no son unos idiotas y hemos aprendido a compartir lo que nos pasa, las cosas que nos duelen y los problemas que arrastramos. Y yo también, gracias a Dios, me he quitado mucho lastre y a mucha gente de encima.

P: Durante la obra, como telón de fondo, existe un terremoto un Turquía que se cobra muchas vidas. ¿Qué significa este hecho?

R: Tiene varias funciones. La primera es ayudar a ordenar temporalmente los capítulos. Los personajes no empiezan todos a la vez ni recorren la historia al mismo ritmo, así que necesitaba pequeños marcadores para que el lector supiera dónde estaba en cada momento. Pero también había otra intención: generar una sensación de amenaza constante. La percepción de que algo puede ocurrir en cualquier momento. Algo que está muy por encima de la capacidad de estos personajes para entenderlo o solucionarlo.

P: No sabía que las gaviotas lloraban sal. 

R: Eso es verdad. Lo encontré en internet y me pareció muy jarto. Hay un momento en la novela en el que el personaje dice: "He leído esto el otro día en internet". Y es que el párrafo está prácticamente copiado. No me importa decirlo. De hecho, durante un tiempo estuve tentado de incluir incluso el enlace. Era una entrada de un blog que hablaba de cómo las gaviotas acumulan demasiada sal y necesitan llorar para expulsarla. Y me interesaba mucho porque ese personaje tiene problemas con las drogas. Se menciona de forma bastante discreta, pero está ahí. Es alguien que tiene mucho por lo que llorar y, sin embargo, no termina de hacerlo ni de enfrentarse a ello.

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