Nuestro cerebro tiende a identificar de forma negativa sucesos imprevistos. Hace miles de años mantenerse alerta era el mecanismo más seguro de supervivencia frente a los depredadores. Sin embargo, algo inesperado no es necesariamente malo. Esta es la tesis del nuevo libro del periodista y escritor Pedro Simón (Madrid, 1971), titulado precisamente ‘Lo inesperado’ (Espasa), una novela que aborda temas como la vejez, el edadismo, el duelo, la fragilidad de la vida, la soledad y los cuidados a través de dos viudos, Luisa y Andrés, a quienes la vida les ofrece una segunda oportunidad para reencontrarse con el amor frente a una sociedad que les infantiliza y les relega a enterrarse en vida.

Esta es la más luminosa de todas mis novelas. Habla del transcurrir del tiempo de una forma más respirable”, explica el autor en una entrevista con ElPlural. El paso del tiempo es una constante en la obra literaria de Simón y en sus novelas anteriores, ‘Los ingratos’, ‘Los incomprendidos’ y 'Los siguientes', aparece estrechamente vinculado a la muerte y al vacío. “No sé si la palabra adecuada es miedo, pero seguramente forma parte de mis taras”, confiesa al reflexionar sobre la muerte.

Simón, que se define como un contador de historias, cree que el periodismo y la literatura son dos formas complementarias de hacer lo mismo: observar, comprender la realidad de otras personas y tender puentes con el lector. Pero hay una gran diferencia entre ambas: cuando escribe un reportaje se siente un “gran esclavo” porque no puede cambiar las vidas de los que tiene delante, mientras que escribir ficción le convierte un pequeño Dios. “Puedes configurar todos los finales e incluso resucitar a un muerto si te da la gana”.

Entrevista con Pedro Simón: “Lo contrario de la muerte no es la vida, sino la pasión”

P.- ¿Cuál es el germen de esta novela?
R.- Me apetecía escribir una novela que hablase del paso del tiempo como la posibilidad de un abrazo. Tendemos a pensar que lo inesperado siempre es algo malo, una muerte, un accidente o algo similar. No sé por qué el cerebro funciona así. Lo que reivindico en 'Lo inesperado' es que el paso del tiempo puede ser un momento maravilloso, la celebración de gol en el descuento o una canasta ganadora sobre la bocina, incluso la celebración de un premio de Lotería en esa en la que ya ni siquiera juegas. Lo inesperado puede ser un regalo de la vida.

Creo que en la vida no somos la sangre, sino la herida. Me interesa mucho ese momento de reconstrucción, el de la cicatriz, también en el periodismo

P.- Es un libro que da esperanza, pero también tiene su parte cruel.
R.- En mis novelas siempre hay una parte dura. Creo que en la vida no somos la sangre, sino la herida. Me interesa mucho ese momento de reconstrucción, el de la cicatriz, también en el periodismo. En cualquier caso, creo que esta es la más luminosa de todas mis novelas. Habla del transcurrir del tiempo de una forma más respirable.

No me llevo bien con el paso del tiempo, entre otras razones porque no soy creyente. Mi madre sí lo es y a mí me gustaría porque pensar en la muerte creyendo que luego hay otra vida sería fascinante. Pero la fe se tiene o no se tiene. Para mí, el paso del tiempo tiene que ver con la muerte y el vacío.

Mis libros hablan de lo que nos aproxima al final. En 'Los ingratos' está la muerte de un niño, en 'Los incomprendidos' el paso del tiempo es como un dentista que te va arrancando piezas, un día te arranca la memoria, un día la salud, otro la gente a la que quieres... En 'Lo inesperado' el paso del tiempo aparece como la posibilidad de un abrazo: algo fantástico que nos va a pasar mañana y todavía no sabemos. 

P.- ¿Te da miedo la muerte?
R.- Sí, claro. Es algo que me atraviesa, siempre. No sé si la palabra adecuada es miedo, pero seguramente forma parte de mis taras. No debe ser muy excepcional porque ya los filósofos griegos hablaban de ello.

Me cuesta mucho creer en el Ratoncito Pérez o en el Espíritu Santo -con perdón, porque mi madre es creyente-.

P.- Dices que después de la muerte solo hay el vacío. Es una reflexión muy valiente.
R.- Tenerlo tan claro es una putada más que una valentía. Me cuesta mucho creer en el Ratoncito Pérez o en el Espíritu Santo -con perdón, porque mi madre es creyente-.

Deberíamos cambiar la mirada. Como decía Dante Panzeri, creo que lo viejo no siempre es caduco y lo joven no siempre es moderno

P.- En 'Lo inesperado' aparecen dos abuelos que viven lo inesperado, una segunda juventud que la sociedad ve con asombro. A pesar de que la esperanza de vida en España es cada vez mayor, parece como si no terminásemos de dar su espacio a las personas mayores. 
R.- Tratamos a nuestros mayores con un paternalismo bien intencionado, pero muy insidioso, en el que nos dirigimos a ellos como si fueran niños tontos, de tal modo que les decimos, 'Bueno, ¿qué? Está muy bien ahí al sol. Pues nada, a pasar el día'. ¡Hombre! A mí me parece una falta de respeto. Esa gente tiene una biografía, ha tenido unas pasiones, tiene un recorrido vital, tiene unos gustos, una película favorita, una música favorita, unas lecturas... Pero los cosificamos, los gibarizamos, los etiquetamos y ponemos la palabra viejo como si fuera un saltamontes clavado una corchera. Son mucho más que eso. Deberíamos cambiar la mirada. Como decía Dante Panzeri, creo que lo viejo no siempre es caduco y lo joven no siempre es moderno.

En la novela los dos abuelos, que tienen ya más de 70, son los más modernos y les da igual la mirada tan demandante de pureza de los demás. Pensamos que el qué dirán es algo que pasaba en los pueblos hace 30-40 años, pero veo mucho más pendientes del que dirán a las chicas y a los chicos de 15- 20 años: que si los likes, que si Instagram, que si me ha dejado leído, etcétera. A mis padres lo que digan de ellos, pues se la trae bastante floja, con perdón. Hay más ejemplaridad en esa forma de estar y es lo que he querido plasmar en la novela.

Hay un momento en la vida que nos empodera mucho que cuando aprendemos a decir que no

P.- Una de las ventajas de la edad es precisamente esa, aprendes a vivir contigo mismo y te da igual lo que digan los demás. Te vuelves más reivindicativo, digamos.
R.- Sí, claro. Creo que hay un momento en la vida que nos empodera mucho que cuando aprendemos a decir que no, incluso cuando nos habría convenido decir que sí. ¿Por qué? Porque no me apetece. 

Otro verbo que te empodera mucho es desambicionar. Nos pasamos la vida ambicionando, sobre todo en la edad mediana, ambicionando cosas laborales, emocionales, cosas materiales, casas, un coche nuevo... La gente mayor conjuga el verbo desambicionar y su mochila se va vaciando de piedras. Por eso hay una tirolina maravillosa entre los abuelos y los nietos, porque los nietos de 6 o 7 años todavía no han empezado a ambicionar, viven en su burbuja. En la edad mediana estamos nosotros, atormentados con las facturas, el trabajo, la pareja, por nuestras múltiples ambiciones que no te dejan vivir.

Somos un país que desbroza muy bien por arriba y por abajo: machacamos a la gente joven y a los mayores los cosificamos

P.- El diálogo intergeneracional debería practicarse más en esta sociedad, a cualquier edad.
R.- Totalmente de acuerdo. Hace poco estuve en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo y me llamó la atención un dato que me dieron: la primera causa de lesiones medulares en España ya no son los accidentes de tráfico, sino las caídas accidentales. Esto da una foto de país con muchísima gente mayor: el abuelo que se cae por una escalera, la abuela que se cae en la ducha... Hay que repensar la sociedad colocando a los mayores en el lugar que les corresponde. 

Somos un país que desbroza muy bien por arriba y por abajo: machacamos a la gente joven, decimos que son maleducados, que están empanados, que no se enteran de nada, cuando yo creo que no es así. Y con los mayores hacemos un poco lo mismo, asignándoles roles que los cosifican.

Una de las personas referenciales en mi vida ha sido mi abuela, que era una mujer que no pudo estudiar, pero que posibilitó que yo estuviese aquí. Quizá el personaje que he escrito con más peso sea la Emérita [uno de los personajes de 'Los Ingratos’], que es una señora mayor con una discapacidad y mala fama en el pueblo porque cuando hay una tragedia en tu vida, das que hablar. Uno de mis mejores amigos es un tal Pedrito -se llama Pedro Rodríguez, pero yo le llamo Pedrito-, que va a cumplir 80 años y que fue profesor mío de literatura en COU, con el que todavía salgo a tomar vinos en Carabanchel, mi barrio.

P.- La novela parte de una historia real
R.- Iba precisamente con Pedrito por una calle de Carabanchel y al pasar por un centro de mayores vi a dos personas mayores de la mano. Le dije: 'Alucino ver a personas que llevan 50 o 60 años juntos todavía de la mano'. Y me dijo Pedrito, 'Calla, que estos llevan 2 años'. Aquello me hizo pensar y es el germen de 'Lo inesperado'.

Los dos personajes más punkis de la novela son dos personas que deciden romper el rol que se le ha dado

P.- Miramos el mundo conforme a los clichés preconcebidos, pero el mundo va por libre. 
R.- Los dos personajes más punkis de la novela son dos personas que deciden romper el rol que se le ha dado. Lo contrario de la muerte no es la vida, sino la pasión. Hay mucha gente muerta en vida porque no tiene ninguna pasión, pero si tienes una pasión, estás a salvo. Tu pasión puede ser leer, escribir, tu trabajo, tus hijos, dibujar, pintar, componer música..., pero si no tienes una pasión, ¿dónde te metes cuando caigan bombas?

Me parece muy inspirador que alguien decida salvar el fuego

Esta novela habla de eso, de la importancia de las pasiones y cómo nos pueden salvar, un poco a la manera del poema de Jean Cocteau, 'Salvar el fuego': "Mi casa se estaba quemando y sólo podía salvar una cosa. Decidí salvar el fuego. No tengo dónde vivir, pero el fuego vive en mí". Salvar el fuego, lo que te hipnotiza, lo que transforma, lo que te calienta. Esto es algo que no solemos hacer porque solemos salvar la casa, que es lo convencional y el rol que nos ponen. Normalmente hacemos lo que se espera de nosotros, no te salgas de madre, no des que hablar... Eso es salvar la casa, pero a mí me parece muy inspirador que alguien decida salvar el fuego.

P.- ¿Te consideras una persona poco convencional?
R.- Yo me veo bastante convencional. No hay cosas estrambóticas en mi vida: vivo en un barrio de clase trabajadora, me dedico contar historias, me gusta leer, salir a pasear, ir a mi pueblo...

P.- ¿Cuál es tu pasión?
R.- Son pasiones muy sencillas. Mi pasión es salir a la naturaleza a leer debajo de unos árboles. Mi pasión es mi gente. Mi pasión es ver partidos de rugby. Mi pasión es la cerveza fresca... Nada deslumbrante, pero muy importante todo.

Cuando escribes un reportaje eres un gran esclavo porque no puedes cambiar la vida de las personas que tienes delante

P.- Te defines como un contador de historias y lo haces a través del periodismo y la literatura, la realidad y la ficción, ¿cómo compaginas esas dos facetas?
R.- Pues regular porque no tengo mucho tiempo, pero lo disfruto mucho y estoy muy agradecido de que me hagan caso. En España se editan decenas de miles de libros al año y me conmueve que se interesen por mis libros. Eso me invita a seguir. 

Cuando escribes una novela eres un pequeño Dios porque puedes configurar todos los finales

Cuando escribes un reportaje eres un gran esclavo porque no puedes cambiar la vida de las personas que tienes delante, pero cuando escribes una novela eres un pequeño Dios porque puedes configurar todos los finales e incluso resucitar a un muerto si te da la gana. Por eso es tan gratificante la ficción.

Además, en tiempos de ruido y polarización como los de ahora, cuando solo hay tigres o leones, meterte a escribir una novela es como decir: 'Ahí os quedáis con lo vuestro, que yo me voy a un sitio con menos estridencias’. A medida que vas cumpliendo años, las estridencias las aguantas peor,

P.- ¿Tu mirada periodística influye en tu ficción?
R.- Sin duda. Tanto influye que a veces he llegado a preguntarme cómo alguien puede escribir una novela sin ser reportero o reportera, porque nosotros sacamos muchas cosas de ahí.

P.- A mí me parece que hay un abismo entre escribir historias para un periódico y una novela. Es un salto que no puede dar cualquiera.
R.- No lo sé, pero sí creo que esto va de contar historias, de llevar a la gente de viaje en un taxi. Como decía el periodista Plàcid García-Planas, un reportero es como un taxista que te lleva a sitios a los que no quieres mirar. Llevas a la gente a un viaje de 12.500 caracteres con una persona de 74 años que tiene una adicción a la cocaína; a la vida de una chica que fue violada por su padre desde los 4 hasta los 14 años o a la de una mujer en Canarias con seis hijos esquizofrénicos. Es fascinante llevar a la gente a estos lugares, porque creo que hay pedagogía de lo roto y de lo reparado.

El periodismo, al igual que la literatura, debe tender puentes. Y tiene que ver con la historia que cuentas y con la historia del que está leyendo ese reportaje o esa novela, porque al final, toda escritura es un espejo.

Un periodismo escuchimizado habla de una democracia escuchimizada

P.- En tiempos de polarización, el periodismo se ha convertido en una de las profesiones más degradadas.
R.- De la mano del desprestigio del político siempre ha ido históricamente el desprestigio del profesional periodista. Está bien merecido porque creo que nos hemos convertido un poco en palmeros, sobre todo, a raíz de la última crisis, cuando el poder económico embridó al poder político y el poder político embridó al poder periodístico. Ahora es imposible encontrar un medio de comunicación que pueda sostener debajo de su cabecera la palabra independiente. Me da mucha pena porque un periodismo escuchimizado habla de una democracia escuchimizada.

Estamos en un país cada vez más pueril con muchas involuciones. Si mañana Pedro Sánchez dijese que las zanahorias son estupendas, medio país dejaría comer zanahorias y si Ayuso dijese lo mismo sobre los tomates, medio país dejaría comer tomates. Es de un infantilismo congénito que se nos ha metido y a ver cómo sale.

P.- Uno de tus disfrutes es la lectura, ¿qué sueles leer?
R.- De todo, pero lo que más me gusta es la novela. Ahí me manejo en dos parámetros: novelas de contenido social clásico, historias de gente corriente que siente, que sufre y que tiene algo que contar, con autores como Jesús Carrasco, Miguel Delibes, Ignacio Aldecoa, Galder Reguera, Concha Alós, Carmen Laforet... Por otro lado, me fascina la literatura dura, áspera e inquietante, te hablo de libros de terror, de ciencia ficción, de libros donde pasan cosas oscuras. Me gustan las tramas de Claudia Piñeiro, Joyce Carol Oates, que es una escritora neoyorquina, eterna candidata al Nobel, que explora lugares muy intransitados del ser humano, violencias y abusos. Tengo, diría el guante blanco del costumbrismo y una querencia a libros salpicados por la violencia y terror. 

P.- ¿Stephen King?
R.- Aunque parece que no se puede decir que te gusta mucho alguien que vende tanto como Stephen King, lo disfruto mucho. Y más a Jack Ketchum, que es un precursor de él. Leí hace poco 'La chica de al lado' y me explotó la cabeza. Está inspirado, por cierto, en una historia real.

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