El nome de los árboles surge a raíz del rodaje de Equí y n'otru tiempo; sirve como complemento, como ampliación, pero también funciona de manera autónoma planteando una mirada diferente de acercarse a un mismo hecho para dar forma a uno de los dípiticos cinematográficos más necesarios, geniales y urgentes del reciente cine español. Una película que recoge relatos orales para construir una historia coral sin oficialismos ni pancartas.
En Porquoi Israel o Sobibor, dos obras menos conocidas de Claude Lanzmann, el cineasta cerraba ambas películas con sendas listas de nombres de muertos en la Shoah. En el primer caso con aquellos que llevaban su mismo apellido; en la segunda con la lista de nombres que aparecen en el museo del campo. Y son sólo una parte, quizá minúscula, del genocidio holocáustico. Pero cada nombre es importante de recordar, de recuperar, de testimoniar.
Entre un cuerpo ausente, un cuerpo muerto, y su testimonio, siempre existe una distancia. Hay, además, una ausencia tanto espacial como nominal. Restaurar sus nombres, su memoria. En el lugar del cuerpo muerto, como poco, se puede conjugar una palabra, reivindicar el espacio que habitó, en el que murió, y el cual sigue estando presente. Ramón Lluis Bandé, en su díptico Equí y n'otru tiempo y El nome de los árboles ha llevado a cabo un doble trabajo en este sentido, en el primero, del cual ya hablamos hace unos meses, creaba un dispositivo formal en el que enfrentaba la cámara, y con ella a los espectadores, a los paisajes en los que habían sido asesinados entre 1937 y 1952 los fugaos en los montes asturianos. Se trataba de entablar un diálogo entre lo que sucedió y el presente de esos paisajes, introduciendo antes de cada plano fijo del lugar específico un breve rótulo que daba habida cuenta de quién fue asesinado, cuándo, dónde. Nombres y lugares mostrados a modo de monumento cinematográfico.
El nome de los árboles surge de Equí y n'otru tiempo, la complementa, amplía y enriquece. En ella vemos como el propio Bande, acompañado de Vera Robert, productora de la película, y un operador de cámara, llevan a cabo la “investigación” de encontrar esos espacios. Llegan y preguntan y, a partir de ahí dejan que sean los vecinos quienes hablen, quienes recuerden no sólo el lugar en el que se cometieron los asesinatos, sino también que vayan construyendo el relato de lo que sucedió. A veces son narraciones claras, concisas; en otras confusas, incluso contradictorias entre sí. Pero todas ellas van conformando un relato oral más amplio en el que cada historia tiene validez por sí misma además de por lo que aporta a un conjunto: todos los asesinatos, y el nombre del muerto y el lugar en el que fue asesinado, tiene relevancia, pero además, en su unión, dan habida cuenta de una matanza, con el paso de los años, mucho mayor.
Aunque El nome de los árboles pueda parecer un making off, en realidad, esconde un actor de rodar de modo urgente, casi de necesidad, por la forma en que Bande procede a la realización, por la espontaneidad de los relatos de los “entrevistados”, por la libertad de hablar más allá de consignas políticas oficiales. Se trata de llegar y dejar que la palabra se exprese libremente. A partir de ahí, las palabras de los entrevistados amplían los espacios de Equí y n'otru tiempo, otorgando un sentido mayor, complementario. Espacios (imágenes) y palabras que recuperan unos nombres, unos hechos. Los vuelven a situar en el presente. Porque ahí es donde reside la gran valía y la fuerza de ambas películas, y, en particular, de El nome de los árboles y de su metodología, de su mirada: no solo documentar, también plantear un posible camino hacia el diálogo del presente a partir del pasado. Hablar de cómo se gestiona en la actualidad, y cómo se ha gestionado desde el oficialismo, la memoria, los paisajes-espacios, los relatos. En El nome de los árboles, Bande realiza un documental muy medido en cuando a su progresión expositiva, que avanza no solo en busca de esos espacios sino, además, plantea un desarrollo casi narrativo –recorrido, además, por un sentido del humor tan espontáneo como interesante en cuanto a lo que representa- que contiene varias paradas que acaba con la presencia de un superviviente.
Una película, en definitiva, que se introduce en nuestro presente para hablar tanto de él como del pasado del que surge, que persigue no sólo recuperar nombres y espacios y testimoniarlos a la par que recoger ese conjunto de relatos orales que, tarde o temprano, podrían acabar en el olvido, sino también para servir de punto de partida para el diálogo, para la reflexión, mediante una película que sitúa a las personas frente a la cámara y, a través de sus narraciones, construyen una historia. Una historia que está ahí, pero que en muchos elementos no tiene que ver casi nada con el oficialismo imperante. Una obra que se alza como acto político en su forma de construir la película, en su forma de dejar que los testigos, directos o indirectos, hablen, en su forma de recoger y exponer esos relatos para que queden, para que hablen en tiempo presente.