Vivimos en un tecnocapitalismo que nos trata como usuarios en vez de personas. Nos quieren vivos como consumidores, no como seres humanos. El tsunami digital ha inundado nuestro cerebro y su progresiva lobotomía nos ha amputado por desuso el sentido del tacto, del acto de palpar con nuestros manos y dedos certezas físicas, de establecer contacto con “lo nuestro”, aquello que entendemos como pertenencias íntimas e individuales. En un mundo de incertidumbre permanente colonizado por la digitalización, el marketing digital, la nube, los algoritmos y demás eufemismos deshumanizantes, la única certidumbre que tenemos es aquello que podemos tocar. Inmersos en un presente hiperactivo es complicado tener visión de futuro, pero los formatos físicos son lo único que nos quedará, en 100 años la historia tendrá que recurrir a ellos porque el dominio de alojamiento de muchas webs habrá caducado, o habrá cerrado, o más sencillo, desaparecerán porque habrá fallecido el que se encargaba de pagarlo. Se levantarán cementerios de links. Y todo se borrará de un plumazo, por ello no deberíamos confiar algo tan sagrado como el conocimiento a la fragilidad digital.
El mundo digital está bien como demo para ir afinando tus intereses, pero el conocimiento y la Cultura, la mayoría de veces, está fuera de internet y se encuentra en las bibliotecas, en los libros, en suplementos de periódicos, en el fanzine de un chaval de tu mismo barrio o en las revistas como Voiders Magazine. Internet y los formatos cortos nos proporcionan un simulacro fugaz de conocimiento, pero no un conocimiento sólido. Porque nada que merezca la pena se aprende viendo pasivamente vídeos de un minuto.
“Mantengamos nuestros asuntos entre nosotros, internet no nos ayuda”, decía el rapero Lil B, una declaración que se incluye a doble página en el primer número de la revista, publicado a finales del año pasado, y que resume así su alma comunitaria, independiente y contralgorítmica. El conocimiento ni es mainstream ni aesthetic, la mayoría de las veces no va a encajar en un feed de Instagram porque no debería seguir lógicas estéticas, comerciales o utilitaristas, y para que deje un poso verdaderamente nutritivo necesita textos largos con tiempo para ser digeridos.
Uno de los puntos que más me ha fascinado de la revista es su zapping imprevisible de temáticas y narrativas: por ejemplo, en el primer número aparece un artículo escrito por Elsso Rodríguez relatando en primera persona algunas de sus desventuras entre alcohol y porros; el rapero gaditano Eddie Coopermen hace lo propio con una especie de poema bastardo sobre Mi Perro Geraldo; lo mismo ocurre en el segundo número donde el integrante de Agorazein Jerv.AGZ reconoce su predilección por lo inútil y por las “expresiones artísticas suicidas” relacionándolas con la indiferencia de un gato al que atropelló esa misma noche y que ni siquiera hizo el intento de moverse cuando vio al vehículo llegar. Leer a artistas en el registro de la pura escritura es interesantísimo.
Entre sus páginas hay espacio para historias deliciosas como la del sintetizador MOOG, el más famoso de la familia, siendo Wendy Carlos la primera persona que lograría expandirlo y legitimarlo para su uso en multitud de géneros. Desfilan palabras sobre el grupo de trip hop Portishead y la identidad gráfica y visual en el hip hop español contemporáneo, así como la inherente musicalidad de Nueva York donde “hasta una sirena de policía tiene más flow que nosotros”. Aunque sin duda la joya de la corona identitaria de la revista es que la mitad de cada número está tematizado de una ciudad clave para el desarrollo de la cultura hip hop y muchas veces olvidada. El primer número está dedicado a Atlanta y el segundo a Memphis. Nunca recorrer estas ciudades y sentir su aire e idiosincrasia a través de las páginas fue tan barato.
Ambas cimentaron subgéneros como el trap, el crunk o el memphis rap, dando lugar a lo que ampliamente se conoce como dirty south, un movimiento nacido en el sur de Estados Unidos que contrarrestó la hegemonía creativa, sonora y mediática de la que gozaba el rap de las costas este y oeste, y cuyas raíces han dado lugar y forma a muchas de las hibridaciones más revitalizantes en la historia del género. Nadie escapa de sus filias y precisamente el director y máximo responsable de la revista, Alejandro Serna, fue pionero junto a su grupo Madrid Pimps de traer el dirty south a España a principios de los 2000 con su “Pimpología Vol. 1”. Se entiende mejor ahora que Serna quiera poner los puntos sobre las íes y sacar a la palestra todo aquello que no está en las conversaciones sobre el género y que muchos medios ignoran por puro desconocimiento, pero lo mediático es una cosa y la Historia otra.
En Voiders hay entrevistas a auténticas leyendas como Project Pat o Slash Major, artículos sobre Tommy Wright III, SpaceGhostPurrp y Raider Klan, Lil Jon o Future, también hay un apartado, The Makers, que da voz a figuras indispensables alrededor de la cultura como musicólogas, fotógrafos, Dj’s o diseñadores. Además, cada artículo está trufado con ilustraciones de relumbrón a cargo de grandes nombres como Hombre Tucán y Don Iwana. La curatoría en la redacción está comandada por otro gran nombre como Madjody y el imponente diseño creativo de la revista está a cargo de Pablo M. Torrego junto a Serna.
La mirilla de Voiders es ancha y precisa sin caer en el artistacentrismo. Serna ha construido con lucidez y visión un artefacto cultural propio, imprevisible, vivo y con margen suficiente para convertirse en una publicación de culto, como Serie B o Wax Poetics. “Sabemos que hay una historia del mundo que nos evita, sabemos que está en alguna parte, pero -por lo que sea- no se presta a esta pasarela de información que se fagocita a sí misma en la que se ha convertido la realidad [...] Buscamos la historia del mundo contada por los VOIDERS, los que eligieron el vértigo antes que la comodidad: el error y la intensidad antes que la corrección. El vacío antes que cualquier sendero ya pateado por otros”, reza el manifiesto de la revista. Aunque Serna sea el maestro de operaciones, el cerebro supremo de la publicación, el cuerpo de Voiders es gigante y multicéfalo con un gran número de cabezas movidas al son del amor, la escritura, la cultura, el conocimiento y la dignificación del formato físico con vocación de archivo futuro. Solo lo vacío puede ser llenado.
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