Llevamos ya unos cuantos días escuchando y comentando en los corrillos y bares patrios lo de que la IA podía matarnos a todos en menos de diez años. No pasa nada, los jinetes de la bajona llevan años anunciando la desaparición del mundo casi tanto tiempo como la ruptura de España. Y aquí siguen los dos, el mundo y España, tan panchos.

Quién sabe si la tecnología nos matará a todos, si esto será como Terminator o Matrix. La verdad es que no lo sabe nadie, y mientras el mundo se acaba o no, pues al menos tendremos unas cuantas pelis buenas sobre el tema. Lo que sí que está pasando ahora mismo es una cosa mucho menos apocalíptica pero no por ello menos grave. La tecnología nos puede robar nuestro mayor tesoro, eso que nos hace volar sin tener alas, eso que convierte un trozo de tela en el Guernica: la imaginación.

Hay una escena de Mad Men que lo explica muy bien. Peggy, una secretaria que gracias a su talento consigue ser la única mujer del departamento creativo de la agencia, tiene que ponerse a trabajar por primera vez en una campaña publicitaria. Está nerviosa, como es normal, demasiada presión, demasiadas ganas de que no sepa hacerlo para que vuelva a poner cafés que es donde la mayoría cree que pertenece. Don Draper, su jefe, un director creativo brillante, complejo y más tóxico que Chernobyl en el 86, le dice que no se obsesione. Le aconseja que trabaje en ello y que la idea aparecerá en un momento inesperado, cuando esté relajada, cuando no la esté buscando. No es casualidad que nos vengan buenas ideas cuando estamos en la ducha, o dando un paseo. Es en esos momentos de calma cuando nuestro cerebro deja de estar en modo supervivencia y comienza a unir los cachos de todo lo que hemos visto, vivido, escuchado y sentido para regalarnos ideas y soluciones a nuestros problemas. Por eso los detectives de los thrillers de los ochenta siempre resuelven el caso cuando no están en comisaría.

El problema es que ahora somos incapaces de estar solos con nosotros mismos, no concebimos un segundo sin impulsos y nuestro cerebro ya no tiene margen para estar a su aire. La imaginación es un fuego que nos empeñamos en apagar cerrando la puerta por donde se ventila nuestra cabeza. Esto se ve claramente en el metro, la gente está pegada al móvil en vez de levantar un poco la vista y fijarte, por ejemplo, en ese señor de ahí en frente: tiene 80 años, más o menos. Su pantalón está lleno de arrugas, porque aunque lo intente, no sabe planchar bien. Eso lo hacía antes su mujer, pero falleció hace seis años, por el Covid. Mira constantemente el reloj, puede que porque haya quedado con una señora de su edad y no quiere llegar tarde, posiblemente la ha conocido en el centro de día, donde va a matar el tiempo, ver la tele en compañía y echar la partida. No quiere dar explicaciones, por eso le ha dicho a su hija que no hoy vaya a verle porque ha quedado para jugar al dominó con los amigos. Tampoco quiere gastar dinero de más, así que ha pasado antes por la sección de colonias del Corte Inglés y ha aprovechado para darse un flus-flus haciendo como que quería comprar. Ha pensado su cita con Lucía al milímetro. No tienen las rodillas para andar mucho y los dos dejaron el alcohol hace años, así que Manolo, que podría ser su nombre perfectamente, le ha propuesto ir a merendar. Lleva dinero en efectivo en la cartera para invitar a un café y a unas tortitas. Igual van al VIPS, que tiene asientos cómodos. Hablarán de sus nietos, se enseñarán sus fotos y presumirán de lo listos que son. Hablarán también de sus difuntas parejas. Para que no les entre la tristeza, Manolo ha pensado que igual tiene gracia jugar a ver quién tiene dentadura postiza desde hace más tiempo, o ver a quién le han operado más veces, o quién de los dos se toma más pastillas cada mañana. También ha recordado mucho a Socorro, su mujer, la pobre, que se le fue en un suspiro y no la pudo ni enterrar. Siempre que se acuerda de ella se toca la alianza, como para asegurarse de que sigue ahí, cerca de él. Para cuando acaben, ha metido dinero extra en la cartera para pedir un taxi y dejar a Lucía en la puerta de su casa para que ella no tenga que andar de más. Y luego, pues quién sabe, igual pueden quedar otro día. Socorro, donde quiera que esté, seguro que se alegra que se arrejunte con alguien porque Manolo, le decía siempre, eres un desastre, más vale que si me voy yo antes te vuelvas a casar. Pero en vez de dejar al cerebro que se invente la historia de Manolo, le obligamos a ver vídeos de 30 segundos de un paisano haciendo tartas o de una chavala que nos descubre cinco lugares secretos de Madrid. Tan secretos no serán, Antonia, si hay 600 vídeos hablando de lo mismo. En cuanto a Manolo, ojalá le vaya bien la cita, que el pobre lleva mucho tiempo solo.

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