Estos días de julio se están celebrando los Sanfermines, fiesta de renombre internacional con una larga historia que merece ser comentada. Esta celebración nació en la Edad Media en Pamplona, de la fusión de tres celebraciones distintas: los actos religiosos en honor a San Fermín, las ferias comerciales ganaderas (donde se mostraba y vendía ganado) y las corridas de toros. San Fermín, por su parte, fue un misionero cristiano del siglo III, primer obispo de Amiens (Francia) y copatrono de Navarra (junto con San Francisco Javier).

Originalmente, la festividad religiosa de este santo se conmemoraba el 10 de octubre. Sin embargo, el mal tiempo que imperaba en esa época del año dificultaba las celebraciones al aire libre. Hartos de la lluvia y el frío otoñal propios del norte de la península, los ciudadanos pidieron formalmente al Ayuntamiento trasladar los festejos al verano. En 1591, tras recibir la autorización eclesiástica, la fiesta se trasladó definitivamente al 7 de julio, coincidiendo con la tradicional feria de ganado.

Por su parte, el famoso encierro de los Sanfermines surgió de una necesidad práctica. Los pastores debían trasladar a los toros desde los campos extramuros hasta la plaza del centro urbano para las funciones taurinas. Con el paso del tiempo, los jóvenes locales empezaron a saltar a las calles para correr delante de los animales con el fin de acelerar el trayecto, pasar un buen rato y desafiar el peligro. Lo que comenzó como una labor logística medieval evolucionó hasta convertirse en el festejo internacional y multicultural que conocemos hoy.

El característico "uniforme" de las fiestas combina motivos de identidad y razones puramente prácticas. La ropa blanca se remonta a los años 1930 o 1931, concretamente a la asociación de amigos conocida como la Peña La Veleta. Sus miembros buscaban una vestimenta idéntica para distinguirse de los demás grupos. Eligieron el blanco porque era una opción muy económica y fácil de adquirir para cualquiera en aquella época. El pañuelo rojo se anuda al cuello justo tras el inicio de las fiestas con el lanzamiento del chupinazo. Aunque existen teorías que lo asocian al color de la bandera de Navarra, su origen principal es religioso: simboliza el martirio de San Fermín, quien fue degollado en el siglo III como mártir por sus creencias cristianas. El color rojo, como es natural, representa la sangre derramada por el santo.

Una figura fundamental en la historia de los Sanfermines fue Ernest Hemingway, que visitó Pamplona por primera vez el 6 de julio de 1923 trabajando como corresponsal extranjero. Quedó inmediatamente cautivado por la energía de las calles, la adrenalina de los encierros y la ancestral mística de las corridas de toros. Esta profunda fascinación lo llevó a regresar a la ciudad navarra hasta en nueve ocasiones a lo largo de su vida.

En 1926 publicó su célebre obra literaria The Sun Also Rises (editada en español como Fiesta). En ella narra las vivencias de un grupo de jóvenes de la llamada Generación Perdida que viajan a Pamplona durante los Sanfermines. La descripción tan vívida, pasional y romántica de la fiesta provocó que, a partir de la década de 1950, miles de turistas de habla inglesa comenzaran a viajar en masa a Navarra para emular los pasos del escritor.

Dicho esto y, a pesar de los orígenes cristianos de la fiesta, este tipo de celebración cuenta con antecedentes paganos muy previos a la Edad Media. La fascinación humana por el toro, su fuerza y el desafío de enfrentarlo o dominarlo se remonta a miles de años. Los Sanfermines modernos son herederos directos de una larguísima tradición mediterránea de cultos taurinos (taurolatría).

En la civilización minoica de la isla de Creta, el toro era el animal sagrado por excelencia. El Minotauro, un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro encerrado en un laberinto, representa la fuerza bruta, el caos y la naturaleza salvaje que el héroe (Teseo) debe vencer. En su libro Los orígenes e historia de la conciencia (1949), de Erich Neumann, quien fuera discípulo de Carl Gustav Jung, este identifica al toro (al igual que los diversos monstruos que los héroes antiguos debían vencer en sus aventuras) con la fuerza casi incontrolable del inconsciente: de las pasiones e impulsos más primitivos que la conciencia (simbolizada por el propio héroe) ha de domeñar y conquistar para fortalecerse y ser digna de sí misma. O, como dijo Píndaro en reacción a todo individuo: para “llegar a ser quien eres”. En los palacios como el de Cnosos, se practicaba el salto del toro (taurokathapsia). Los jóvenes, hombres y mujeres, no mataban al animal, corrían hacia él, lo agarraban por los cuernos y hacían piruetas aéreas sobre su lomo. Era un rito de iniciación, una demostración de agilidad y valor idéntica en espíritu a los "recortadores" actuales o a los corredores que desafían al toro en los Sanfermines.

Por otro lado, Mitra fue una de las deidades más populares entre los soldados romanos entre los siglos I y IV d.C. El culto a Mitra era secreto (religión mistérica) y se celebraba en cuevas o templos subterráneos llamados mitreos. La imagen central del culto era la Tauroctonía: Mitra sacrificando a un toro místico. Al clavar la daga en el cuello del toro, la sangre del animal fertilizaba la tierra y creaba la vida del universo (de su cola nacía el trigo, de su sangre el vino). Aunque en este caso el toro muere (como en las corridas posteriores), comparte con San Fermín la idea del sacrificio, la sangre y la renovación de la vida, ritos que casualmente solían coincidir con los solsticios o cambios de estación.

A su vez, en la región griega de Tesalia se celebraban los taurothesia. Los jinetes perseguían a los toros hasta cansarlos, luego saltaban sobre ellos y los agarraban por los cuernos para derribarlos. Era una exhibición pura de dominio físico sobre la bestia (parecida a la de los rodeos celebrados en Estados Unidos). Por otro lado, estaba el "Toro de Falaris" y los sacrificios fenicios. En el Mediterráneo oriental, el toro representaba a dioses como Baal. El sacrificio del animal (o de otro ser en su nombre) buscaba la protección de la comunidad ante las desgracias. En los Sanfermines primitivos, el componente religioso de pedir protección al santo antes de correr (el famoso cántico) mantiene viva esa necesidad de amparo ante la fuerza de la naturaleza.

Como vemos, pues, los Sanfermines representan un fósil antropológico en el podemos vislumbrar realidades arcaicas; una fiesta que ha de ser preservada, aunque solo sea por contemplar a la Humanidad en parte de su ser. Los Sanfermines representan una fracción de esta que se remonta a tiempos inmemoriales y que ya no está presente más que en contados lugares del planeta, Pamplona siendo uno de ellos.

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