El pasado jueves 26 de marzo, a las once y media de la mañana, iba llegando gente a la Facultad de Filología y Filosofía de la Complutense, preguntando por una obra de teatro. Se trataba de la pieza escrita y dirigida por Secun de la Rosa Los libros ardieron: muerte y vida de Juanita Capdevielle. Tan solo unos minutos después, subirían al escenario del Paraninfo de la facultad Natalie Pinot y Pablo Méndez.
La historia, conocida por pocos, es la de una mujer brillante que custodió la cultura y las palabras con el deseo de construir un futuro más justo. Juana Capdevielle estudió en la Facultad de Filosofía y Letras, por aquel entonces de la Universidad Central, y consiguió ser de las primeras mujeres en entrar al Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos. Asimismo, se convirtió en la primera mujer en España en dirigir una biblioteca universitaria; la actual biblioteca de filología de la Universidad Complutense de Madrid.
No era una metáfora, los libros ardieron
Allí estaba de nuevo su recuerdo. Juana volvía a su facultad tras caer en el silencio que aquellos disparos sentenciaron en Rábade (Lugo), la madrugada del 18 de agosto de 1936. Al día siguiente de ser fusilada, el 19 de agosto, se produce en A Coruña la primera quema pública de libros tras la sublevación franquista. No era una metáfora, los libros ardieron.
Sobre el escenario, una guitarra y un piano acompañaban la olvidada historia de Juana Capdevielle. Mientras Natalie Pinot nos contaba como Juana llegó a ser también bibliotecaria del Ateneo de Madrid, Pablo Méndez punteaba su guitarra recordándonos el arte que siempre la rodeó. Como cuando, a petición suya, se llevó a cabo en el Ateneo la última representación de La Barraca, en la primavera de 1936.
Juana no fue artista, pero cuidaba el arte
“Juana no fue artista, pero cuidaba el arte”, como bien descubrió Secun de la Rosa. Un injusto olvido vino para ser recordado, pues hay historias que no se pueden borrar. En aquellos libros, esos que tanto cuidó y organizó Juana, todavía quedan impactos de bala, ya que sirvieron de parapetos a las Brigadas Internacionales para protegerse de los disparos, cuando Ciudad Universitaria se convirtió en frente de guerra.
Con su chal y su sombrero se paseaba Natalie Pinot por el escenario, narrando la historia de Juana, sus conferencias sobre pedagogía sexual, su labor en el servicio circulante de lectura en el Hospital Clínico, la implementación de un sistema que contribuyó al avance de las bibliotecas españolas. Con su vestido, que no era verde, pero hacía sonar los cascabeles, nos recordaba que Juana Capdvielle fue ante todo, defensora del conocimiento y del arte como fuerza activa de transformación social.
Bien sabía Juana que los libros y la cultura debían ser accesibles a todo el mundo, pues a través de ellos se podía vencer al miedo y a la ignorancia. Fue símbolo de una generación de mujeres que estaban a punto de transformar el país antes de que todo se detuviera.
Entonces, el piano detuvo el tiempo. En ese preciso instante, Pablo Méndez sentenciaba las pulsaciones que partían el escenario en dos. La música rompía el alma, para después armarla de nuevo. Cuando el dolor de la injusticia no se podía decir con palabras, Juanita callaba y la sala retumbaba. En esta obra, la música no solo acompañaba la historia, la atravesaba, como el fuego a los libros y como las balas a la vida. La tarara, entre el murmullo de las personas allí sentadas, nos recuerda que la memoria sigue presente y que es necesaria.
En el público había, entre otras gentes, estudiantes de esta misma facultad, bibliotecarias y bibliotecarios. Tras la obra, una mujer llamada Mª Cristina Gállego se levantó animada por sus compañeras y, tirando del hilo, siguió tejiendo la memoria de Juana. Nos contaba que una de las pocas fotografías que quedan de Juana y que aquí mostramos, rodeada de estanterías y con libros en mano, fue tomada allí, en esa facultad, cuando en 1934 le encargaron traspasar los fondos que tenían en el Instituto de San Isidro a la recién inaugurada Facultad de Filosofía y Letras en Ciudad Universitaria, donde empezaron las clases aún sin estar terminadas las obras. Juana fue la encargada de organizar desde cero ese espacio, un refugio de papel y pensamiento que en apenas dos años pasaría a convertirse en la primera línea de fuego.
Qué justo recordarla allí, en su misma universidad, donde los libros también ardieron. La asociación de Aulas de Memoria Democrática de la UCM nos trajo el pasado jueves la obra de Secun de la Rosa, gracias a la cual se conversó y se trajo al presente su memoria. Cada vez que busquéis un libro en la estantería de una biblioteca, su legado estará ahí, en el sistema que los ordena. Aunque ella pase desapercibida, ya podréis decir que se trataba de Juana Capdevielle, asesinada la misma madrugada que Federico García Lorca, y silenciada como tantas otras. Que esta obra sirva de testigo y que el recuerdo de Juana “suba a los montes, baje a la tierra y truene”, para que sigamos escuchando los silencios.
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